TEXTO DE GRACIELA FERNANDEZ 

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Enfilé esta tarde lluviosa por el archiconocido camino de Av. La Rábida, bordeando la plaza donde, desde que tengo memoria de Buenos Aires, se levantaba el monumento a Cristóbal Colón. Que ya no está, claro. Y en este largo año y medio en que, con empeño digno de mejor causa, destruyeron una obra de arte, hemos visto esparcirse sin orden ni concierto los mármoles del genio alado, la civilización, el océano atlántico, la fe, la justicia, el porvenir. Pero aún en su estado actual, desmembrados, sucios, conservan intacta la belleza que contrasta, de una manera feroz, con la construcción que servirá de asiento al monumento de Juana Azurduy.

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Pobre Juana! Amén del indisimulado gesto de desprecio a la colectividad donante que se desprende de usar la cripta del Colón cercándola con una pared de ladrillos de cemento, todo lo hecho es tan tosco, tan vulgar y pedestre que resulta increíble pretendan convencer a alguien que ha salido ganando con el cambio.

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Eso, en caso de que no  interesara el gesto artero de pretender cambiar la historia a gusto y piacere, la discrepancia entre el mármol tallado por Arnaldo Zocchi y la inclasificable berretez de lo que dejarán a cambio da para el llanto.

Y si no me creen, pasen y vean….

 

 

 

 

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