ESTE ARTÍCULO FUE ESCRITO POR MÍ EN EL MES DE DICIEMBRE DE 2017

Anoche mi pareja lloró. Un amigo de una amiga desapareció durante el concierto de Daniela Mercury de Noche Vieja en Salvador, Bahia y desde entonces nada se supo de él. Mientras me contaba esto, su amigo Walney, quien se hospedaba con nosotros, intentó, sin palabras y sólo con mímica, echar un poco de humor sobre el asunto, abriendo la boca en forma de ‘O’ simulando realizar sexo oral sobre el miembro de un interlocutor imaginario, inclinando el torso en un angulo de noventa grados con la cabeza perpendicular al vector delineado por ese imaginario pene. Lo industrialmente serial y lo promiscuo colapasaban en un acto que a mi no me quedaban dudas, estaba siendo invitado a condenar. Fue ahí cuando Walney sentenció: ‘Ele gostaba muito de beber e dos homens”. La homofobia internalizada de la sentencia dejaban bien en claro que el desaparecido, en cuestión, era gay y adicto al ‘cottaging’ (osea a tener sexo anónimo en baños públicos) en una sociedad con altos niveles de inseguridad como la brasilera lo que, con las eventuales parejas sexuales no indicadas podría terminar en alguna desgracia. Frente a la brutal realidad del olor a pis como portal comunicante del crimen y del pecado decidí aportar un poco de optimismo dando mi testimonio de haber desaparecido durante dias en mis epocas de adiccion a las drogas y al sexo. Cruzando los dedos pregunté si se drogaba con la esperanza de que mi testimonio fuer un espejo en el que su espectro pudiera, finalmente, restituirselo… al amigo de mi pareja en pena.

Los instersticios de la homofobia son, como todo proceso del odio, profundamente contradictorios. Un mes atrás, comentaba en mi blog un artículo publicado en el suplemento gay de uno de los periodicos de tirada nacional escrito por un cuarentón de clase media argentina quien habiendo sido un esbelto y delgado galerista en un contexto de alta frivolidad pasó a añorar la proximidad física a otros seres humanos que la construcción de una montaña de músculos le podría brindar. Todo este proceso fue acompañado por la mirada de miles de consumidores de Instagram que, como él, buscaban construir sus precarias identidades atraves de un atajo. En su articulo, el autor adopta un tono militante para transformar el consumo combinados de sexo y drogas no sólo en un derecho sino tambien en un bastión de la resistencia gay. Sin hacer un inventario moral de sí mismo, lo único que reflejaba era alguien adicto si no a las drogas por lo menos a sí mismo.

La anecdota del cottaging del desaparecido se refiere a alguien que necesita ficcionalizar al deseo o, mejor dicho, desear lo que esta ficcionalizado como ‘marginal’ o ‘peligroso’ Siempre me incomodó en el sexo el ‘juego de roles’ porque tiene que ver con ese tipo de desplazamiento de la propia identidad para, en definitiva, no conectar en tanto seres humanos. El problema de esa ficcionalización es que ocurre Brechteanamente en la vida real y la erosion de los limites puede imponerse con la violencia democratica inherente a la muerte. Por su parte, la solitaria vanidad del cuarentón tardíamente musculoso demanda algo que lo libere de su exagerada conciencia de sí para, finalmente y de una vez, poder sentir algo cuando desnudo. Tanto para el desaparecido cottagero como para el musculoso drogón, el deseo logra dispararse cuando son separadas las cosas de la idea que uno tiene de las cosas. El problema de mi generación (y las colindantes) es no poder hacer lo que pensamos que hacemos y no poder reflexionar sobre lo que hacemos. Les doy un ejemplo, hace un mes, tras haber estado juntos un mes, tuve que viajar y estuve lejos de mi novio y fue durante ese periodo percibi, con cierta preocupacion, que mi deseo por él crecía exponencialmente. Un romantico podria decir que esto tiene que ver con extrañar al ser amado pero lo que este artificial romanticismo revela es algo más complejo. Al separarnos, el miedo y la ansiedad de compartir (osea, de la cosa en sí) había sido postergado hasta nuestro encuentro lo que generó el espacio suficiente par que el deseo ocurriera. Durante ese lapso pensaba en besarlo sólo para darme cuenta de que si lo besaba, probablemente, me aferraría a la idea de él que me da la certeza de que lo quiero pero cuando él, en tanto persona real, se hacen presente esta certeza tambalea para bien o para mal. Lo bueno de mi caso es que, aún, es para bien y ese ‘jetlag’ entre lo que se quiere lo que se tiene no llega a la decepción. Sin embargo, sospecho que la felicidad, si es posible, radica en la posibilidad de poner un fin a esta dinamica. El problema es que ser adulto depende del manejo de conceptos y simbolos que no son otra cosa que la capacidad de separar la cosa de la idea. Esa es la parte infantil del ser adulto que podria ser descripta como un castillo de naipes y que uno puede superar sólo haciendose cargo de que la decepción es parte de la cosa y que no dura para siempre.

Si el problema de mi generacion ha sido esta insistencia en divorciar la idea de las cosas de la realidad de la cosas, la cocaína ha sido nuestro principal medicina. Y como cada persona es un mundo, sólo puedo hablar de lo que mi cerebro percibe cuando la consumo. El efecto en mi no es social sino todo lo contrario. Mi paraiso es el aislamiento y me vuelvo mezquino. Si estoy compartiendo alguien y ese alguien se da vuelta, le saco un poco de lo que tiene en frente. Sexualmente, se me destapan las represiones del sexo ‘sucio’ que, he aquí la paradoja, no es el sexo que me gusta. Podria decir que la cocaina refuerza la ficcionalizacion de esa idea solo para convencerme de que es lo que necesito cuando, en realidad, no lo es. Hay pocas cosas que me hacen tan mal como la cocaina aunque muchas veces, la extraño. Mi antidoto para ella es el respeto por mí mismo y el amor que no usa al otro como un objeto sino el que lo reconoce como una persona. Punto y aparte.

CARAVAGGIO, MI PAPÁ OSVALDO Y EL ARTE SUTIL DEL BOXEADOR QUE SABE ESPERAR

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!