ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE AMELIE P

Hoy pensaba en vos, Rodrigo, y en lo especialmente movilizadores que me están resultando tus últimos posts en coincidencia con las clases de los lunes y con estos días que me tocan en Buenos Aires. Este mediodía, fortuitamente o no, terminé en casa de mi profesora de Literatura de la secundaria pública, alguien con un compromiso semejante al tuyo en lo que atañe a la docencia y al arte, con todo lo que esto implica, claro. En los 70, una noche Astiz se le sentó al lado en el Mitre pero, sin saber ella -en ese entonces- quién era él, fue tan cortante que ni bien el tren llegó a la estación de Belgrano, él -descolocado- se bajó raudamente… Cuando me contó esta historia, me dijo que si pudo identificarlo, muchos años después, fue por lo deslumbrante que era físicamente Astiz).

Mi profesora aún se sonríe pícara recordando el humor de su maestro Borges y no se sorprende cuando le cuento que acompañaba a la María Kodama a una taberna griega de Montevideo y Córdoba y se quedaba sentado en la oscuridad, escuchando la música y conversando con mi hermanito con Asperger.
Mi profesora ha sido madrina de infinidad de escuelas rurales, de proyectos ecológicos, y aún hoy recordaba el viaje de egresados con mis compañeros de división (el ómnibus se descompuso en la ruta en La Pampa y todos terminaron en un prostíbulo, conversando amorosamente con las chicas). Todos los años algún grupo se la llevaba al viaje de egresados, y eso que era bra-ví-si-ma. Se comprometió en casos de violencia familiar, de abusos… Se enfrentó más de una vez a las autoridades frente a las injusticias.

A mí me gusta pensar en ella como alguien que logró que 46 adolescentes leyeran íntegro el Quijote, sin haber tenido nunca que tomar una prueba. Complementábamos con bibliografía de la facultad.
En los 90 dio talleres gratuitos de Literatura Universal y allí estaba el ministro Axel, entusiasmado también él -de un modo profundo y sincero- con Shakespeare, García Lorca, Flaubert o Malraux.

Pero volviendo al día de hoy, una depresión la ha ido aniquilando en los últimos quince años, aun cuando se ha tratado bastante sostenidamente con psiquiatras, psicólogos y neurólogos.

Si hoy me preocupé fue porque no tiene hijos y su contacto con el mundo exterior, su teléfono de línea, no tenía puesto el contestador, y como la tienen recontramedicada, sentí que tenía que ir a ver qué onda.

Por suerte, la encontré recién amanecida, a las dos de la tarde (como no consigue despertarse antes, dejó de ir al psicólogo, porque según dijo: “me daba turno a las tres de la tarde y tan temprano yo no llego…”).

La acompañé en su desayuno y observé algo que no había visto la última vez que estuve con ella, hará unos dos meses: un notable deterioro cognitivo (que ya no sé si atribuir a sus años… o a tanta medicación). Su memoria de corto plazo se volvió frágil, su pulso está peor que nunca, y sin embargo no tiene Parkinson.

Me preguntó cómo seguían mis planes, que sí los recuerda perfectamente, me ofreció ayuda que agradecí con el alma pero no acepté, y antes de que me acompañara a la estación, alcancé a fotografiar una de sus amadas rosas y pensé en Ed Wood, y en el maravilloso Martin Landau haciendo de Bela Lugosi al final de su vida, cortando una rosa de su jardín para sentir su perfume. Ese gesto último, ese instante en que la huele.

Y cuando la tarde parecía llegar a su fin, terminamos golpeando la puerta en casa de un vecino de ella, septuagenario también, que no tuvo educación formal, salvo una suerte de tutora rusa que vio en él esa chispa que yo siempre he creído que todos traemos y, a fuerza de Dostoievski, Chejov, Tolstoi, lo despabiló.

Al principio, el hombre me miró -más de una vez- con evidente dureza, con tal desconfianza que, lo que nunca, me dolió. Creo que nunca nadie me había mirado así, por lo que me sentí realmente incómoda, pero nos hizo pasar y, por pedido de mi profesora, me fue mostrando su casa. Y se fue mostrando él.

Y ahí comenzó el sueño, porque la casa resultó ser una suerte de villa de más de 100 años, una joyita de esas que no abundan, con una construcción posterior (concebida por él), que pretendió ser moderna en los 90, y en la que conviven lucarnas para ver una araucaria centenaria (que algún infeliz voló para hacer un edificio de ocho pisos, lo único lamentable de todo el entorno) con ampelopsis que cuelgan del techo doble (o triple) altura, con la parte superior de una casa que supo ser la aduana.

Cuando nos quisimos acordar, estábamos los tres sentados junto a la salamandra, tomando té verde y comiendo cremona recién tostada con brie y/o miel, leyendo (él) Lo bello y lo triste, en voz alta.

Anochecía. Y anochecíamos.

Lo curioso es que teniendo esa casa gigante, el hombre vive en una parte diminuta, que me recordó la (abandonada) casa de peones donde supe alojarme en la Patagonia, de una simpleza y sencillez trascendentales. Su cuarto era la nada misma pero, otra vez, una lucarna en un rincón, una ventana estratégica al Este, una mezzanine, todo lo completaban.

Sentados los tres con nuestras antiguas tacitas de porcelana azul, en la casita de la peonada, de la nada el vecino sacó a cuento el tema de la depresión. Lo preocupaba deprimirse, estar atravesando una depresión. Creía que, por no tener hijos -como mi profe- el porvenir sería inexorablemente más aciago. (Acá añado que el vecino, como muchos contemporáneos suyos, se refiere a su última pareja como su “socio”. El vecino, en sus algo más de 70, sigue siendo un hombre hermoso. Me contó cómo amanece comiendo frutas, que se inventó unos ejercicios de yoga y meditación, luego de los cuales se vuelve a dormir un par de horas. Eso sí, perdió bastante audición. Mi profe tampoco está mal, aunque la última vez le dije que tenía que cambiar el tono de la tintura, pero me parece que se olvidó. A diferencia de otros adultos mayores con los que trato, ninguno de los dos tiene siquiera un celular o una compu).

Rápida de reflejos, y porque es algo en lo que creo, le dije al vecino que tanto él como mi profesora habían logrado trascender en sus obras (por pedido de mi profe, no había tenido más remedio que mostrarme ciertas revistas alemanas, francesas y uruguayas, donde se habían publicado algunas de las casas que diseñó). Ahora me recuerdo con vehemencia, mientras le decía que mi hijo es alguien a quien he tenido la felicidad de acompañar unos años, mientras le crecen las alitas. Ni más ni menos. Creería que lo convencí. Mi profe está convencida de eso desde siempre. También traté de enumerar, lo mejor que pude, algunas de las bondades que había encontrado yo en el hecho de no tener pareja (manifestando tácitamente, que cierto modo de vida tampoco es exclusivo de los gays). Contó que lo tienen que operar, y que cuando el médico se lo anunció, recordó que alguna vez alguien le dejó un dedal con cianuro, y le preguntó al doc si el cianuro tenía fecha de vencimiento.

Y allí estábamos los tres, riéndonos a carcajadas, como nos reímos también cuando sacó un cuaderno donde ha estado escribiendo reflexiones en letra cursiva. Llegado cierto punto, empecé a preguntarme seriamente si el vecino no sería uno de tus lectores, estos desconocidos con quienes, a veces, consigo alcanzar algo así como una comunión, una epifanía, tal vez un milagro. Pero recordé que no tenía compu.

En un momento pensé en Las ballenas de agosto, de Lindsay Anderson,y eso me llevó a mi novio de fines de los 80, que me llevó otra vez a Lugosi, y a Vicent Price, y así volví a las hermosas ballenas… Me costó regresar del sueño agridulce con esos dos seres humanos profundos, tan dignos y, de alguna forma, desamparados.

Sin dudar, los dos se ofrecieron a acompañarme a la estación, y cuando corría el riesgo de empezar a rememorar tiempos mejores del río Tigre, el vecino le pidió a mi profesora que lo tomara del brazo, de un modo caballeroso, pero natural y amoroso a la vez, tan fácil, tan inequívoco que yo pude volver a saber que no estamos solos.

COCAINA Y FICCIÓN

 

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