Ayer, la amiga que encontró a mi mamá, desmayada en mi departamento y marcó el comienzo de su partida me llamó para, de algún modo, conmemorarlo. Yo ya sabía que iba a cumplirse un año de su muerte porque ocurrió unos días después de la de la madre de Felipe Noble y lo cierto es que yo, en el fondo, no me quería enterar. Pero estas fueron epocas de madres partiendo. Hace menos de un mes, la madre de mi amigo Daniel partió y tambien la de mi amiga Vanessa. Estuve con ellos pero no todo lo que hubiera querido, tanto por la distancia como porque son un espejamiento de la muerte de la mía. Pero una muerte es como un punto en una linea en la que esa linea particular se detiene y el resto sigue. Todos lo hacemos y cada uno lo hace manejando su dolor como puede pero el dolor no se va sino que permanece, acechándonos. El luto no es tan lineal como anuncian y cuando uno cree que todo pasó, hay está ‘Eso’ mirandonos de frente. Hablo de mirar porque en mi caso el dolor es más visual que otra cosa y está fijado en el último momento que ví a mis dos seres más queridos no vivos sino muertos. En el siglo XV se llamaban ‘phantasmas’ a esas impresiones de lo exterior en nuestro alma que, ademas, eran evocadas mediante imágenes. El arte está, directamente, vinculado con ese tipo de e(o in)vocación. En mi caso, no creo haber tenido mucha suerte en la elección de esas imágenes ya que están relacionadas con el poco cariño con el que aquellos encargados de mostrarme el cuerpo de mi ser querido para su reconocimiento lo hicieron. Primero fue mi papá, con su cara de horror frente a la muerte. Luego fue mi mamá, mucho más tranquila pero apoyada contra un rincón, sin la dignidad que yo hubiera necesitado. Detalles que marcan el alma, para algunos. Customer service, para otros. Mi amiga Gaby estaba conmigo en ese momento y dijo, exactamente, lo que debía decir: ‘Ya no es ella. Ella está en otro lado’. Muy cierto pero tambien yo queria que, al menos, en ese momento todavia lo fuera. El phantasma no es un fantasma sino que está dentro nuestro, directamente, vinculado al amor y a la melancolía.

Es, por eso, que tras su muerte, percibí un abismo que me puso en esa zona de riesgo de aquel que cree que no tiene por qué o por quién volver si consideramos la depresión y su prima, la adicción como un traspaso a otro espacio en el que se disfruta narcisisticamente de un sucidio lento y penoso. Aquel que no entienda lo que es la adicción o la depresión probablemente creerá, como lo hace la feminista individualista frente a una victima de abuso, que el sufriente lo es por elección o, mejor dicho, por no ser lo suficientemente fuerte como para tener la capacidad de esforzarse y atravesar las adversidades. Lo que la depresion hace es quitar la esperanza y es por eso que debe ser diferenciada de la melancolía que conserva algo estético y por lo tanto, optimista. Lo que el depresivo y el adicto, en sus varios bajones y desequilibros serotonínicos no ve es que Dios puede sorprender y el amor puede llegar como un rayo e inclusive ese amor puede ser de una calidad ni siquiera imaginada hasta ese momento. La vida son fases que no se dejan atras sino que merodean y acechan y lo unico que podemos hacer es rezar para que ese equilibrio no sea destruido con un simple suspiro. J A T

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