FUENTE: CLARIN

Dejan el barrio privado para ir a la universidad. Nacidos en los 90, se criaron y estudiaron en urbanizaciones cerradas. Enfrentarse a la ciudad les trae complicaciones porque no manejan bien sus códigos: les cuesta moverse y se sienten discriminados.

Durante la década del 90, miles de familias se mudaron a urbanizaciones cerradas –barrios privados, countries– en busca de mayor seguridad y persiguiendo un eslogan: “Mejor calidad de vida”. En muchos casos, el cierre social fue tan radical que sus hijos se socializaron con normas muy diferentes a las del “afuera”: autos que circulan a 20 kilómetros por hora, escuelas dentro de sus propias fronteras, “otros” que rara vez eran peligrosos o diferentes. Esos niños que se criaron y educaron en estos microcosmos ahora son jóvenes que están aprendiendo a salir –así lo llaman quienes estudian el fenómeno– de la “metáfora de la burbuja”.

¿Conquista de la independencia? ¿Choque de frente contra la realidad? “Vimos que los adultos que viven en estas urbanizaciones construyen un ‘nosotros’ homogéneo pensado para ocultar los conflictos que hay en todo grupo social. Se mueven en círculos cerrados y arman un discurso del tipo ‘acá todos tenemos un estilo de vida similar’, ‘acá todos tenemos los mismos valores’. Eso que se estudió como ‘mito de comunidad’ lo que hizo fue privilegiar el valor ‘seguridad’ versus el valor ‘libertad’”, arranca Cecilia Arizaga, directora de Sociología de la UCES y autora de una tesis post-doctoral en el Conicet sobre el tema. “ Pero este discurso paterno se quiebra cuando se enfrenta a los jóvenes.

Para muchos, la ciudad es vista más desde las posibilidades que se les abren que desde el miedo que les sembraron. Así, cambian el discurso paterno de la ‘seguridad’ por el de la ‘libertad’ que significa dejar de moverse en el ‘entre nos’”.

Para los jóvenes de la “generación country” el primer paso firme extramuros no suele ser laboral sino académico. Se ve en la película “Una semana solos”, cuando el hermano adolescente de la mucama llega de visita al country: si hay algo que lo distancia del resto es que trabaja.

Es cierto que muchos eligen la universidad pública. Pero muchos otros terminan reproduciendo “afuera” el mismo circuito cerrado en el que crecieron: “En general, son jóvenes que se movilizan en transfer o en autos propios, no usan el transporte público y concurren a un grupo selecto de universidades privadas. Así se produce una prolongación de pertenencia a grupos de semejantes”, describe Sandra Ziegler, investigadora de Educación de Flacso y coautora de “La educación de las elites”. Un circuito que Ariel, un joven que creció en el Golf Club Argentino, describe como “una burbuja paralela” donde la salida es una “ilusión” porque “el piquete se esquiva, no existe el amasijo del subte, la facultad está en Puerto Madero y los amigos siguen moviéndose en clanes”.

Pero la estigmatización no los excluye. Cuando se mezclan con grupos sociales muy diferentes, muchos ocultan dónde viven para que no los encasillen como “niños bien sin calle”. Eso le pasó a Mili Villasuso: “Estaba viajando en micro a visitar a una virgen de Salta con chicos de San Justo y el coordinador de la parroquia dijo: ‘En los countries, viven los magnates. No tienen idea a lo que van a tener que enfrentarse después”. Mili se paralizó. Nunca les contó donde vivía. “Muchos fueron criados con temor a la gente común, por eso algunos discriminan tanto y a la vez se sienten discriminados”, opina la periodista Carla Castelo, autora del libro “Vida perfectas. Los countries por dentro”.

Esa distancia hace que muchos no sepan cómo acercarse al resto. “Es que ‘los otros’ entraron a sus vidas travestidos de servicio, como empleadas de limpieza o de mantenimiento de la pileta. El ‘otro peligroso’ aparece sólo a través de la televisión. Por eso, muchos de los que se criaron allí reproducen los itinerarios de ‘adentro’ en la ciudad: terminan creando su propio lugar donde ese encuentro es más difícil”, profundiza la antropóloga del Conicet Mónica Lacarrieu.

Así, los investigadores detectaron que muchos se sienten “ faltos de competencias : por un lado, de las más básicas, como aprender a moverse”, dice Arizaga. Como Antonella, que se ríe y cuenta que tiene “miedo de cruzar la calle” y que “cuando el hombrecito empieza a titilar”, corre. “Pero también –sigue Arizaga –, de otras más profundas, como aprender a salir del ‘entre nos’. Ahí parece que la educación que se ofrece en estos barrios –idiomas y computación con toques pintorescos, como la huerta y la vida verde– hace eclosión y les queda chica”. Consecuencias de un contexto. Competencias que, para no quedar en desventaja, deberán ir incorporando.

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