Podría decirse que el colectivo de Actrices Argentinas se ha transformado en un boomerang y lo que, en principio, parecía ser una marea de acusaciones de mujeres ’empoderadas’ y de ex machirulos como Tinelli, Feinmann y Rial no queriendo perderse la oportunidad de usarlas como agua bendita para lavar sus reputaciones, acabó siendo algo más opaco, asociado a cierto ‘carrierismo’ (perdón el anglicismo) despreocupado por la causa feminista y más orientado a llenar espacios televisivos de bajo costo de producción con un nuevo tipo de drama y, posiblemente, de ficción.

Uno de los problemas que presentó desde el primer momento el #MeToo argentino y mucho más especificamente, el colectivo de Actrices Argentinas fue su tendencia hacia el binarismo esencialista y esto puso en blanco sobre negro, el dilema semántico que se esconde tras el discurso oficial en favor de ‘la mujer y la equidad de género’. Cuando a Jazmin Stuart le preguntaron por qué no había hombres entre sus filas, ella respondió que el colectivo era sólo de mujeres. Sin embargo, entre ellas, se encontraba Flor de la V a quien, evidentemente, el mencionado colectivo ve o quiere ver como una mujer. Sin embargo, según argumento aquí, Flor de la V es un hombre vestido de mujer que representa un conservadurismo de grado en un extraño lugar entre una derecha conservadora que denuncia la ‘ideologia del género’ como la culpable de haber pervertido el mandato divino de lo femenino-materno y la derecha liberal que concede hablar de ‘género’ (de ‘equidad de género’) pero lo hace negando el trazado del feminismo como horizonte emancipador.

Dicho de otro modo, Flor de la V y el colectivo de Actrices Argentinas encarnan las contradicciones del feminismo ‘oficialista’ desde el gobieno de Cristina Kirchner hasta el de Mauricio Macri. El que Flor de la V se quiera presentar como mujer y se haya constituído en uno de los ejemplos del matrimonio homosexual confirma lo funcional que es a la derecha liberal y reconfirma lo que ya sabemos: el reclamo gay por el derecho a casarse habla un lenguaje pro-familia en la medida en que sacramenta a la pareja como eje normalizador de la vida en sociedad. Es por eso que el matrimonio homosexual suena mucho menos amenazante socialmente que la despenalizacion del aborto que tiene como radical trasfondo una rebeldia feminista y que precisamente por eso ni Cristina Kirchner ni Mauricio Macri en uso de sus facultades presidenciales, lo apoyaron.

Es por esto que las contradicciones del colectivo de Actrices Argentinas al rechazar hombres (posiblemente por, al tener un pene, ser todos potenciales violadores) pero incorporar a alguien que, como Flor de la V (quien aún tiene un pene) y quien representa una idea de la mujer definida a partir de valores patriarcales de la familia como compuesta por madre, padre e hijos, paradójicamente blancos y exitosos, pone en evidencia una aplicación conformista o restauradora del término ‘género’ reduciéndolo a la asimilación institucional de la problematica de la Mujer a ciertas políticas de estado que abordan la igualdad entre los sexos como simple mejoramiento de las competencias individuales de las mujeres. En una sociedad liberal y conservadora como la Argentina, Flor de la V es funcional desde el momento que renuncia a los aspectos grotescos y desestabilizantes del travestismo al tiempo que se coloca al lado del altar, en cuanta oportunidad de mercado se le presenta, para afirmar que para ella ser mujeres es ser madre por más que la biología se lo impida. Esto la acerca, a modo de síndrome de Estocolmo a los ideales de familia católica promovidos, por ejemplo, por la dictatura militar argentina, al menos, hasta la aprobación de la ley de divorcio conyugal de 1987 durante el gobierno de Alfonsin, para quien, la mujer es un conflación de madre y Patria. Desde ya, sería injusto acusar al colectivo de Actrices Argentinas de esto lo que, sin embargo, pone en evidencia el problema que las atraviesa al esencializar su reclamo y responder a criterios de mayorías en sus mecanismos de toma de decision ‘democráticas’.

Es por esto que en los últimos días un desafīo al corazón de este colectivo pasó casi desapercibido por una prensa que, como dije antes, oscila entre el conservadurismo (La Nación y Clarín) y el liberalismo (Página 12) y fue la grotesca denuncia de ‘abuso sexual’ presentada por Oriana Junco tras que un hombre la drogara (en la copa de champagne) para luego robarle (también aparentemente) 15 mil dolares aunque, algo inconsistentemente, apareciera luego desmayado al lado de ella con su portaligas puesto. Desde un punto de vista, estrictamente metafórico, el ladrón desmayado en portaligas es una proyección del tipo de deshonestidad representada por Flor de la V quien usa el maquillaje, relojes caros, ropas de diseñador y contactos del establishment del mundo del espectáculo para disimular el hecho de que es un hombre en lugar de ponerlo en evidencia y así remarcar, a modo de accion política, que el género es algo que se representa. Con esto no quiero decir que Flor de la V crea, realmente, que es una mujer sino que en tanto símbolo marca el punto menos intolerable para el orden patriarcal convirtiendose en todo lo que se espera de una mujer.

Oriana Junco, por su parte, invita extraños a su casa, que según ella confiesa, usa como ‘sex toys’ y afirma que es capaz de tomar mucho alcohol sin que nada le ocurra aunque, esta vez, algo ocurrió y la prueba fue que aparecieron preservativos usados sin que ella los recuerde dentro de su propio cuerpo. Esto se da de frente contra el ‘confesionalismo’ promovido por Flor de la V quien se persigna con sus niños arios y su marido como ‘madre y argentina’. Junco, sin embargo, no emerge en esta historia como desafiando las estructuras patriarcales sino reafirmandolas al usar al colectivo de Actrices Argentinas como plataforma para llamar la atencion de la prensa y el público, en general, para poder así mantenerse vigente en una definanciada industria del entretenimiento que parece haberla descartado. Su problema es y ha sido económico: ‘me robaron aunque ese dinero no lo necesito’. De este modo, Thelma Fardín, Oriana Junco y Flor de la V tienen en común el disimulo en tanto la representación verosímil de una fachada. La hiperproducción del video de Thelma Fardín, el maquillaje como la conducta de derechas usada por Flor de la V o el grotesco no como denuncia social sino como sometimiento a las reglas del mercado de la televisión de chimentos de bajo costo en Junco son diferentes tipos de disimulación patriarcal. Recordemos que los travestis disruptivos son aquellos que como Batato Barea, por ejemplo, nunca se propusieron oculatar su condición de hombres ni sometieron la presentación de sí mismos a las reglas del patriarcal sistema del entretenimiento. Mientras tanto el colectivo Actrices Argentinas ya debe estar preguntándose cómo hacer para desaparecer sin que nadie se de cuenta de lo lamentable de haber sido funcionales a un sistema al que nunca se animaron a atacar. J A T

 

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