Mi reseña de ayer sobre ‘el contradictorio rol del colectivo de Actrices Argentinas y la participación de Flor de la V como un travesti integrado a los sectores conservadores’ provocó dos tipos de reacciones. Por un lado, estuvieron aquellos que como la lectora Janie dijeron: ‘El feminismo quiere que todes seamos libres, que un hombre venga a decir que fulana o mengana es menos feminista porque se quiere casar (o posar como madre, argentina y patriota con los dos hijos arios al ladod el altar – el comentario es mío) es rídiculo. En todo caso deberiamos ser nosotras quienes ‘juzguemos’ eso y tampoco. De última, los mandatos patriarcales van a caer por sí sólos con toda esta lucha que se está dando’. Del otro lado tuvimos a Matias que repitió sin cesar que este debate era más una cuestión de ‘perversión semántica’ que otra cosa, al decir: ‘Me asombra la incapacidad que tienen los posmodernos para ver la realidad objetiva. A ver, Florencia de la V es hombre porque el sexo es innato e inalterable. Lo que llaman ‘género’ no son más que los estereotipos asociados a cada sexo, por lo cua es un concepto inverosímil e innecesario que se usó sólo con el fin de minimizar el rol de la biología en la sexualidad. La realidad es que ser mujer es tener el sexo femenino (o sea, ser hembra), y ser hombre es tener el masculino (ser macho), sin importar si uno esté dentro de los estereotipos asociados a dicho sexo en su propia sociedad, o no. Hombre y mujer simplemente son los sinónimos de macho y hembra usados en nuestra especie’. Cómo discutir el feminismo entre una posición individualista y otra biologicista. Al menos, intentémoslo…

Creo que la tarea del feminismo es precisamente la de seguir desarmando y rearmando críticamente las condiciones de uso del término ‘género’, para desmarcarse de sus aplicaciones conformistas o restauradoras, es decir, para exigir algo más que la asimilación institucional de la problemática de la Mujer a neutras políticas de Estado y, también, para denunciar la integración del ‘género’ a un modelo neoliberal de sociedad que aborda la igualdad entre los sexos como simple mejoramiento de las competencias individuales de las mujeres.

Como muchos advirtieron, gran parte de lo por mí formulado está fuertemente influido por el pensamiento de, por ejemplo, Judith Butler a quien se le atribuyen decisivos aportes teóricos que partieron cuestionando el modo en el que el feminismo había separado el ‘género’ (formación social y cultural) del ‘sexo’, remitiendo el ‘sexo’ a la precedencia del cuerpo y la naturaleza aun no transitados por la cultura. J. Butler problematiza la equivalencia sexo=naturaleza y género=cultura por considerar que este dualismo conceptual asimila el cuerpo a lo dado por el nacimiento como si se tratara de una tábula rasa privándonos, por lo tanto, de la comprensión teórica y política de que el cuerpo es un soporte escrito desde siempre por múltiples aparatos de significación que conforman una narrativa del género, es decir, un sistema de clasificación, un conjunto de reglas y un dispositivo de actuación que se mueven incesantemente, de ida y vuelta, entre la corporalidad y los distintos regímenes de signos con los que dicha corporalidad interactúa material y discursivamente. La ‘subversión de la identidad’ a la que llama el feminismo de Butler parte del desmontaje crítico del aparato de normatividad sexual que reparte el sentido haciéndonos creer que lo dado por naturaleza (cuerpo) es absoluto y definitivo en su marcación de ‘hombre’ o ‘mujer’ para inhibir así las categorías otras que no calzan con el binarismo masculino-femenino que sólo produce y reproduce identificaciones de género hechas para calzar, sin problemas, con el sexo natural. La incitación de Butler a transgredir las categorias de la ideología sexual dominante para liberar creativamente vectores de sexualidad disidente, fue la razón principal de las agresiones dirigidas contra ella por las fuerzas conservadoras de Brasil en noviembre del 2017 en camino a la consagración de Bolsonaro como Presidente. En dicha ocasión su esfinge fue quemada como si se tratara de una bruja. La organización detrás de esto era CitizenGo, una comunidad de ciudadanos con sede en España cuyo lobby internacional, desde posiciones ultra conservadoras, defiende el protagonismo de los padres de familia en la educación integral de sus hijos contra el intervencionismo -o según, ‘adoctrinamiento’- estatal en materia de educación sexual ademas de oponerse tajantemente al matrimonio homosexual. La discusión hoy instalada por las fuerzas conservadoras (familia, moral, nación), tras la derrota del proyecto de legalizacion del aborto se desplazó del area del lenguaje al de la ideología.

El lector Matías parafrasea a Jorge Scala, uno de los autores mayormente responsables de la odiosidad dirigida en América Latina en contra de la teoría feminista del género, al dejar muy en claro que, según él, es precisamente la ‘manipulación del lenguaje’ la que ha permitido que, insidiosamente, la ‘ideologia del genero’ se apoderara de la sociedad: “Esta ideología tiene varias locuciones que utiliza para manipular hábilmente el lenguaje. La principal es la palabra que la denomina, es decir, género. Además, en una compleja articulación, utiliza otros términos que le resultan convenientes para completar la argumentación ideológica. Entre ellos, destaco los siguientes: opción sexual, igualdad sexual, derechos sexuales y reproductivos, igualdad y desigualdad de género, empoderamiento de la mujer, patriarcado, sexismo, ciudadanía, derecho al aborto, embarazo no deseado, ‘tipos’ de familia, androcentrismo, ‘matrimonio’ homosexual, sexualidad polimorfa, ‘parentalidad’, ‘heterosexualidad obligatoria’ y homofobia”.

Querer imponer a los cuerpos sexuados el dictamen de la anatomía como único destino revela una posición claramente ‘ideológica’ (por mucho que el conservadurismo moral nos quiera convencer de que es la fe cristiana la que ilumina los fundamentos de su metafísica del ser humano) al articular un determinado conjunto de valores y creencias, una visión del mundo y un sistema de representaciones que operan del mismo modo que lo hacen todas las ‘ideologias’ denunciadas como tales por esta misma derecha. En todo caso, lo que practica Butler no es ‘ideología (de género)’ sino teoría crítica, es decir, crítica de la ideología. Para esto, la autora recurre, entre otras herramientas, a la teoría del discurso que desnaturaliza las cadenas de verdades supuestamente inmutables que el sentido común modelado por las ideologías culturales asocia a la naturaleza para esconder su condición -variable- de construcciones significantes. La teoría crítica de Butler explica cómo valores, significaciones y poderes se van anudando en tramas de intereses y dominaciones que las ideologías mantienen inconfesas para hacernos creer que la realidad y la naturaleza hablan por sí mismas, sin intermediaciones.

El debate y posterior rechazo de la ley de legalización del aborto puso esto en blanco sobre negro. En dicho debate se impuso la posición de los sectores conservadores de que resulta criminal matar a aquel ser indefenso que, a diferencia de las mujeres que claman por la ‘libertad de decidir’ en materia de sexualidad reproductiva, no tiene voz para reclamar su irrenunciable derecho a la vida. Pero no es cierto que este ser supuestamente indefenso no tenga quien lo defienda, que carece de voz y representación por no haber nacido todavía. Hablan ‘ideológicamente’ en nombre del feto, el integrismo del derecho natural y el conservadurismo moral de hombres y… mujeres. Habla a favor del feto todo aquello que se manifiesta de modo ‘explícito’ (doctrinas, instituciones) o ‘implícito’ (lo sedimentado en valores y creencias) para aplicarle a la maternidad sus criterios de universalidad y trascendencia en función de ideales religiosos que un estado laico no tiene por qué obedecer. Nada más patriarcal -ideológico- que pronunciarse universalmente sobre cuál derecho es absoluto y cuál es relativo, dándole preferencia incuestionada al derecho del feto (no individualizable) por sobre el derecho (individualizado) de la mujer. Nada más ideológico -patriarcal- que obligar a la mujer a abdicar del derecho sobre su cuerpo siempre a favor de un Otro (comenzando por el feto) para que lo femenino-materno cumpla el rol de sacrificio y abnegación que se proyecta sobre su esencia desde la maternidad. Todo aquello que no deje esta separación entre patriarcado naturalizador y feminismo antipatriarcal en evidencia le hace el juego a los sectores que queman esfinges de academicos como si fueran brujas. J A T

MI RESEÑA DE LA DENUNCIA DE ‘ABUSO SEXUAL Y ROBO’ DE ORIANA JUNCO ANTE ‘ACTRICES ARGENTINAS’

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