ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ‘MOVAX’:

La lucha del hombre con la bestia.

¿A quién representa esta, como para denominarla así? Pues al más perseguido y atacado de todos los tiempos, desde que el hombre es hombre: al Ego.
En la alegoría del toro a lo largo de las distintas culturas, se entremezcla una concepción de corte mítico y sagrado con una representación de la bestia bramadora o ego, personificando todos nuestros defectos psicológicos.
Ejemplos de ambas representaciones los encontramos por doquier. Desde el toro alado de los babilónicos, que adornaban las puertas de sus templos, hasta el de los persas, que formaba parte de los ejércitos de la luz de Ahura Mazda, el Cristo para ellos, pasando por los sumerios, que representaban al dios Ishkur con un toro.

En la historia de Mitra, este dios, montado sobre un toro que lleva un cuchillo clavado en el lomo, tras la transformación por el sacrificio del ego iba regalando al mundo flores, con la sangre que emanaba de él. Sobre el 200 a.C., en la península ibérica se introdujo su culto y se sacrificaba a un toro, bautizando a los fieles con su sangre.

Es gracias a toda esta simbología que nos ha acompañado a través de los siglos, que hemos podido seguir transitando este duro camino de ascendencia humana, puesto que radica en el hombre un ansia de regresar a su origen, al hogar, una aspiración de evolucionar, de crecer y ennoblecerse internamente.

¿Y el Maestro? En esta obra de teatro que nos ocupa, ¿quién tendría atribuido este símbolo? Ya lo habréis averiguado: no es otro que el torero. Él es el Maestro que, blandiendo su espada, culmina el proceso de la lucha con el dominio y muerte del toro.

Así, el torero sale al ruedo —que significa la rueda de la vida, donde antiguamente estaban representados los doce signos estelares del zodíaco—, envuelto en la capa de la ilusión, de maia, y provisto de la espada de la voluntad, aquella que será la que acabe con la existencia de la bestia del ego. Él es el único que puede realizar tal proeza, puesto que es el único que tiene la categoría de Maestro —y así se le sigue llamando—, siendo dueño de su propia voluntad consciente.
Si nos fijamos en el atuendo del maestro torero, lleva un traje de luces: el Maestro es aquel que ha alcanzado la luz de la conciencia, es un ser de luz.

CONOCIMIENTO Y COMPRENSIÓN
Si el taurino pudiese comprenderse a sí mismo y su proceso inconsciente, quizás tomase distancia y descubriese hasta qué punto una enseñanza de tal calibre ha sido manipulada y tergiversada a lo largo de la historia, derivando a un trato nada compasivo hacia sus compañeros de camino, los animales, y que va más allá de la trascendencia vital que los empuja a seguir con el rito.
Es como si los amantes del toreo se empeñasen en llevar a la práctica de forma externa, una simbología que solo puede tener lugar en el interior y en la conciencia de cada uno, que es realmente adonde llega esa información tan potente cuando ven representar una corrida de toros.
Si dejáramos de apoyarnos en la socorrida excusa de permanecer con una tradición, solo porque lo es, igual quitaríamos peso a esta y a otras fiestas patronales que utilizan a los animales como objeto de diversión, solo por el hecho de llevar haciéndolo durante siglos.
Y quizás el antitaurino pudiese así comprender esa pasión visceral tras el taurino, que lo empuja a ir más allá de algo tan elemental y repudiable como el sufrimiento de un animal. El radicalismo en cualquiera de sus vertientes, aunque parta de una base incluso humanista, nunca llegará a buen puerto, puesto que solo provocará eternos enfrentamientos y una lucha irracional y violenta del hombre contra sí mismo.

Gracias Brad!

 

 

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA

 

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