‘Homecoming’, el documental de Beyoncé que puede verse en Netflix registra su monumental presentación en la edición 2018 del festival Coachella que la contó como la primer mujer negra en encabezarlo. Citas de reconocidas voces negras como WEB DuBois, Toni Morrison y Nina Simone son intercaladas a lo largo del mismo convirtiéndolo en algo más que el habitual ejercicio de automonumentalización de toda estrella pop mostrándonos su backstage. Entre esas citas, hay dos que, según entiendo, definen su vocación un tanto mesiánica. La primera es de Audre Lorde y es muy relevante en épocas de atomización neoliberal, diciendo que ‘sin comunidad, no hay liberación’. La segunda es de Maya Angelou cuando dice (y en esto Beyoncé parece parafrasearla): ‘Lo que realmente quiero es representar a mi raza y sé que cuando termine de hacer lo que fui enviada a hacer aquí, podré volver a casa’.

Desde Lemonade, se ha hecho cada vez más evidente que el objetivo de Beyoncé no es solamente ser la más grande pop star negra sino que sus álbums y presentaciones son fragmentos que apuntan a la proyección de una identidad negra y femenina. En Lemonade esto era logrado a traves de una estética ‘gótica sureña’ con un feminismo dark que giraba entorno de la narrativa de la mujer engañada mientras que Homecoming da un paso en una dirección posiblemente más productiva (para los fines que ella misma se propone alcanzar) con una serie de alusiones a la cultura negra norteamericana que evita el lugar esencializado y estático de la víctima.

En los 137 minutos de Homecoming, Beyoncé nos recuerda de su increíble capacidad para controlar la atención del espectador aún en tiempos de atención dispersa en donde Youtube e Instagram generan contenidos que espejan esa fragmentación tardocapitalista. Esto está de algún modo tematizado en el formato mismo del escenario que es una mezcla de coro de gospel y gradas de estadio de futbol de college norteamericano. Allí, las docenas de performers son alentados a integrar su propia individualidad en un orden colectivo evitando que todo acabe siendo caótico. Si se compara esta puesta en escena con cualquiera de Madonna. por ejemplo, la diferencia radica en el modo en el que Beyoncé permite la individualidad y no teme que cualquier rasgo secundario no sólo la opaquen sino que hagan que el espectador pierda el foco frente a tanta actividad en escena. En este sentido, el concierto en sí es novedoso y desafía los modos tradicionales de la puesta en escena. Hay momentos en los que lo único que guía nuestra mirada hacia ella es su enorme pelo, su posición centralizada y la luz posada sobre ella pero todo el resto es un remolino de actividad. Ver su presentación en Coachella es como ver una orquesta en la que los bailarines y los músicos representan fragmentos de identidades y todos juntos generan una comunidad y al hacer esto, Beyoncé hace verosímil el intento de traducción del concierto en algo así como un ‘movimiento cultural’, algo que, de todos modos, me parece exagerado.

Otra cosa interesante de este documental es que no promete al espectador ningún acceso a su vida privada. A diferencia de Madonna (en ‘Truth or Daré’), Beyoncé no interactúa con los bailarines como si fuera su ‘mejor amiga’. Recordemos que en el caso de Madonna esto luego probó ser pura actuación ya que esos mismos bailarines terminaron demandándolas por daños y perjuicios (Ver ‘Strike a Pose’ también en Netflix). Beyoncé tampoco simula sexo oral con una botella de Evian ni nos lleva a visitar a su abuela como Lady Gaga en su propio documental. Beyonce sólo llega a mostrarnos a sus hijos muy tangencialmente y nos permite ver la intimidad de su estrellato debiendo someterse a una cruenta dieta y régimen de ejercicios para estar en forma después de haber dado a luz mellizos. Si bien hay algunos momentos de cinema verité, lo que se ve es el paso de los ensayos al escenario y nada más que eso. La intimidad con la artista se da a partir de su relato en off que acecha como un fantasma autoral todo el documental contándonos algunos momentos de vulnerabilidad como los referidos a las dificultades de compatibilizar la maternidad con tamaño nivel de estrellato.

Pero hay un segundo nivel de intimidad vinculado a la relación entre el titulo Homecoming y la estética de las universidades para negros en Estados Unidos aludidos en los hoodies rosas y amarillos lucidos por ella y sus bailarines. El año pasado, tras la performance en Coachella, su madre salió en Instagram a explicar por qué la representación de la cultura negra es tan importante para su hija y cómo su responsabilidad era la de hacer lo que era mejor para el mundo y no lo más popular. Por otro lado, ella acaba de decir que no pudo ir a la universidad y que su universidad fue ‘Destiny Child’ con lo cual hay algo de imposibilidad en la estética de este Homecoming, tambien.

Pero habiendo dicho todo esto, hay algo que podría considerar como de latente violencia en todo este documental y tiene que ver con los aspectos actitudinales de hip hop de algunas de las letras de Beyoncé que ponen demasiado acento en el sueño capitalista como cuando dice, refiriéndose a su relación con Jay Z: ‘esto pasa cuando un billón de dólares están en un ascensor’. Cabe preguntarse cuál es la relación entre la industria de la moda, del lujo, la noción del éxito capitalista y un tipo de estrellato que pretende presentarse como un ‘movimiento cultural’. Esto, desde ya, nos lleva al modo en el que el discurso contestatario se ha venido convirtiendo en una opción del mercado y hoy, un negro siguiendo a Beyoncé puede creer que está haciendo algo por tener un mejor lugar en un sistema de clases más y más polarizado. Ese mismo tipo de violencia siento con el libro y las charlas ‘inspiradoras’ de Michelle Obama quien, dicho sea de paso, ha manifestado su fascinación con el documental de Beyoncé.

Sin embargo, esto nos lleva a hablar del elefante blanco en el living de LANP que es que cada vez que se menciona algún artista mainstream este sea descartado inmediatamente por ser un ‘producto’. La reacción a mi lanpodcast de Bilie Eilish fue exactamente esa. Es como si no se pudiera ver la importancia de un proyecto cultural desde el punto de vista del espectador o desde el de su circulación sino sólamente como el vértice de una conspiración tardocapitalista que siempre tiene a las corporaciones como los malos de la película lo que, en definitiva, excluye al espectador como impotente y limita al artista al lugar romantizado del que hace las cosas sólo y aislado sin que nadie lo llegue jamás a escuchar. Cuál es el lugar del arte en este contexto? No sé. Digo. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA BILLIE EILISH

 

 

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