La reacción de Pablo Avelluto tras lo acontecido durante su discurso de apertura de la Feria del Libro ha sido sintomática. Como es de público conocimiento y al igual que el año pasado, Avelluto fue, nuevamente, interrumpido por silbidos y por la decisión de un grupo de ‘manifestantes’ de darle la espalda. Tras el evento y, diría yo, la performance (ya que la acción de darle la espalda tuvo un componente estético que me habilita para calificarla así), Avelluto se paseó por los medios y acabó plasmando su opinión en el diario La Nación. Sus dichos son prácticamente idénticos a los esgrimidos por su ex colega y ex Ministro de Cultura de la Ciudad, Darío Loperfido cuando se quejaba del ‘fascismo de aquellos que no dejan hablar’ (a los que parecen tener el monopolio mediático de la palabra). Por mi parte, en dos ocasiones pedí charlar en Cañechat tanto con Avogadro como con Avelluto y en el primero de los casos, su secretaria manifestó que el Ministro no quería ‘porque estamos en bandos separados’ (lo que sea que esto quiera decir) y en el caso del segundo, se nos informó tajantemente que el secretario no daba entrevistas o, mejor dicho, da solo entrevistas cuando sabe que no lo van a incomodar con las preguntas en un medio no ‘amigo’. Esto puso en evidencia que para Avelluto la democracia, igualdad y libertad de expresión sólo existen cuando es él quien define los términos de la conversación. Lo que subyace a esto es el convencimiento, supongo yo, de que él ha sido designado por un gobierno que contó en su momento con el voto popular y esto es suficiente como para no prestarse a ningún debate, voz disidente o no amiga. Dicho de otro modo, para Avelluto debate y libertad de expresión no serían necesariamente compatibles. Con esto su argumento en favor de la libertad de expresión debe, por lo menos, ser puesto en duda.

Además, Avelluto es Secretario de Cultura de una Nación en la que la cultura de la protesta y la manifestación pública ha sido inherente a nuestro modo de expresión desde la década del sesenta. Esto fue violentamente reprimido por el gobierno militar y emergió nuevamente durante la transición democrática hasta el día de hoy.  Los gobiernos neoliberales han tendido en todo el mundo a o bien privatizar la disconformidad o a transformar a la protesta en otra opción de mercado. Esto, en la Argentina, no ha podido ser logrado por el constante tira y afloje entre los diferentes gobiernos y los sectores excluidos cada vez menos representados por las estructuras corporativas y sindicales. Si bien es cierto que desde un comienzo, el Macrismo se quiso perfilar como  una versión cultural alternativa a la cultura de la manifestación y la protesta, el secretario de cultura no puede borrarla de un plumazo y negar su existencia. Sin ir más lejos, el arte que se ha venido desarrollando desde Tucuman Arde pasando por Diego Bianchi, Belleza y Felicidad y muchos otros, está directamente vinculado a esto. Además a esta altura, una gestión como la de Avelluto no puede esperar que en las condiciones presentes el sector cultural reaccione en respetuoso silencio frente a sus discursos optimistas de empoderamiento de la industria cultural y las economías creativas por la sencilla razón de que eso es, a todas luces, una ficción. Y es en la actitud respecto de esa ficción en donde se dividen las aguas y emerge el debate aunque el mismo no tenga lugar con palabras ya que uno de los sectores se niega a seguir escuchando al que se limita a monologar. Con esto quiero decir que salvo que dicho discurso sea una provocación calculada para luego ser editorializada (as in ‘put a spin’) por los medios afines (Feinmann y La Nación, por ejemplo) para reclamar la autoridad  moral de aleccionar a un población a la que acusa de carecer de una cultura democrática, esta actitud oficial tiene rasgos de fanatismo que resultan preocupantes por su incapacidad de ver el contexto en el que está operando.

Digo esto porque la diferencia entre el arte y el fanatismo es que aquel es consciente de manipular ficciones mientras que este, no. El preocupante modo en el que nuestros Secretarios de Cultura vienen reclamando el derecho a no ser conscientes de sus propias ficciones nos debe llevar a una reflexión entorno del lugar que ese cargo viene teniendo en los gobiernos de derecha en tanto variables de aleccionamiento social como si el lugar de un Ministro de Cultura fuera el de advertirnos que no sabemos comportarnos en democracia. Avelluto pretende decirnos que su ‘buena educación’ es más moral que el sector cultural que, por la evidencia, lo rechaza?  La combinación entre el monólogo y este complejo de superioridad moral es lo contrario a la libertad de expresión ya que genera una ficción darwinista en una mentalidad ignorante. Este tipo de inconsciencia sólo es posible en personas sin la formación suficiente como para establecer una interacción productiva con un sector cultural históricamente formado como el Argentino. Recordemos que Loperfido no terminó el secundario, Avogadro sólo tiene como antecedente unas charlas Ted y Avelluto saltó de ser un ejecutivo en una editorial al cargo de Ministro. Ninguno de los tres tiene el ‘insight’ intelectual como para definir adecuadamente el lugar de su cargo en una sociedad tan en crisis como la Argentina.

Lo que la figura de Avelluto viene toscamente poniendo en evidencia es lo inconsciente que es de la ficción a la que esconde bajo la cortina de humo liberal de la supuesta libertad de expresión. Tengamos en cuenta que esta es una gestión que se ha limitado a violentar la autonomía del Fondo Nacional de las Artes (ver Cañechat con Juan Javier Negri) y a recortar drásticamente los fondos de todas las área competentes a los fines del cumplimiento de los requerimientos del Fondo Monetario Internacional para poder controlar el dólar y permitir que las aspiraciones reeleccionarias de Macri no se evaporen. Desde ya cuando digo que Avelluto es inconsciente de su propia ficción no quiero decir que no sea consciente y esté manipulando dicha ficción sino que esa consciencia no es problematizada como parte de sus programas y políticas culturales. Dicho de otro modo, Avelluto, a esta altura, no debería creer que por su cargo tiene la prerrogativa del silencio de un auditorio. Muy por el contrario, ya tuvo suficiente silencio. De hecho ese silencio duró dos años. En el tercero y en el cuarto, el cansancio de la audiencia se hace más que evidente. Avelluto debería saber que hay una diferencia entre ostentar un cargo y tener poder y esa diferencia se funda en la legitimidad  y lo que en este caso es evidente que eso está en duda.

La prueba del fanatismo y la desesperación es que Eduardo Feinmann salió a defender a un Secretario de Cultura. Esto debería ser considerado como un insulto para cualquiera que ostente el cargo.La otra cara de la moneda del reclamo por la ficción de la libertad de expresión es el violento artículo de Pablo Gianera para La Nación que, precisamente, supone denunciar la violencia de aquellos que quieren expresar su disidencia. En ese articulo titulado ‘La Feria del Libro rompió la palabra y fue tribuna política’, Gianera dice lo siguiente:

‘La primera vez puede haber sido un accidente; la segunda fue una imprevisión. Igual que el año pasado, los discursos de la apertura de la Feria del Libro quedaron interrumpidos por silbidos y acciones premeditadas: los asistentes con pancartas preparadas le dieron la espalda al orador Pablo Avelluto . Resulta inconcebible que el secretario de Cultura de la Nación tenga dificultades para pronunciar su discurso dos años seguidos. La crisis de la industria editorial es incuestionable, pero ninguna crisis se arregla con otra crisis. Es claro que la Feria volvió a incurrir en una ingenuidad que no se puede disimular: la de convertirse en una tribuna política. Tan claro como que no hay democracia cuando no hay diálogo. Y no hay diálogo cuando una parte silencia a la otra. La repetición del episodio sienta un precedente alarmante: por un lado, la ilusión de que cualquiera que esté en desacuerdo con la opinión de un ministro o secretario tiene la potestad de hacérselo saber privándolo del uso de la palabra. Por otro, se termina dando legitimidad a una metodología fascistoide de protestas.

Cuando se lo piensa detenidamente, el fascismo se reduce después de todo a lo siguiente: silenciar a quien no está de acuerdo con uno. Que este episodio haya sucedido en la Feria es particularmente penoso. Tal vez por una superstición, creemos que el ámbito del libro, el ámbito intelectual, es civilizado, ilustrado. Anteayer fue al revés: no hubo más que sectarismo e intolerancia.

La elección de la prestigiosa antropóloga Rita Segato no queda al margen del escándalo. La cuestión no es objetar a Segato. La refutación o la adhesión a sus posiciones, sumamente objetables, queda fuera del linde esta discusión. Lo que importa en este caso es subrayar el inusitado error de cálculo político de la organización de la Feria del Libro cuando las autoridades eligieron a esta intelectual argentina para pronunciar el discurso inaugural’

Como puede observarse, Gianera acusa a los organizadores de la Feria del Libro de o bien armarle a uno de los suyos (recordemos que Avelluto viene de la industria editorial) una emboscada o bien ser incapaces de organizar el evento. El argumento de que los manifestantes rompieron el diálogo insiste en ignorar el hecho de que Avelluto ha venido monologando desde hace años. El problema con esto es que su audiencia afín se ha reducido, tal vez más rápidamente, que el porcentaje de personas que apoya a este gobierno.  Sin embargo, lo mas preocupante de lo planteado por Gianera y Avelluto es el pensar que un evento cultural no debe ser un espacio en el que se expresan ideas políticas. Esta contraposición de cultura y política es parte del mainstream del arte desde Documenta 11 por dar sólo un ejemplo. Qué es la cultura para Gianera? Un ámbito en el que se consagran objetos estetizados y estrategias estetizantes para ser observados por un espectador pasivo y contemplativo? Si creen esto es porque creen estar gobernando el país en otra época, más concretamente entre 1880 y 1930. Lo anacrónica de la posición de La Nación puede ser considerada como Bolsonarista ya que no atrasa veinte años sino más de un siglo. Un Secretario de Cultura que piensa así no merece ser Secretario de Cultura. J A T

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