Una porción de paella del restaurante José Luis, de Recoleta, que vale $900 a $500. Una tabla clásica de sushi de Kanu, con un precio de lista de $700, a $400. Una pizza grande de muzzarella con 30% de descuento. Y así: esas son apenas algunas de las ofertas geolocalizadas de Winim, la aplicación móvil que acaban de lanzar estos tres pejertos (por favor, ver las caras) y propone comprar con descuento comida del día que los restaurantes están a punto de tirar.

Creo que ha llegado el momento de dejar de calificar como ‘innovador’ a todo proyecto que involucre la aplicación del mismo principio de precarización en términos de caída de precios y flexibilización laboral mediante el uso de la tecnología. Cada vez es más evidente que este es un terreno que debe ser regulado y en el que el progresismo no ha encontrado ni incentivos ni capacidad para operar a favor de aquellos sectores a los que quiere favorecer. Sin ir más lejos, el hijo de mi amiga artista suiza Angela Lyn está en Silicon Valley con un mega-proyecto de un Uber del trabajo precarizado. Ella está feliz por la creatividad del pendejo pero lo cierto es que es otro capítulo del mismo proceso aplicado a diferentes áreas del mercado. A mí me cuesta responderle los llamados porque ella ve en lo que hace su hijo un uso liberador que, en realidad, es la dinámica del mercado llevada hasta sus ultimas y más aislantes consecuencias.

Por supuesto, en un país en el que no sólo se desperdician 16 millones de toneladas de alimentos por año sino que los restaurantes ya no pueden afrontar sus gastos por falta de comensales, un aplicativo de este tipo es el complemento clase B de los servicios tradicionales de delivery, cuyos precios son cada vez más prohibitivos. Sin embargo, la ‘novedad’ de semejante ‘aplicativo’ pone en evidencia la falta de iniciativa y previsión del Estado en usar a la tecnología para que no sea el mercado el que manipula las sobras sino el Estado y las organizaciones de sectores marginales. Todo esto nos devuelve al debate de Juan Grabois y Marcos Galperín y pone en evidencia el retraso del progresismo al momento de exigir del Estado un uso de la tecnología que favorezca a los sectores menos favorecidos. Creo que hubo un problema en la presentación en sociedad de este aplicativo ya que los tres pejertos pusieron demasiado énfasis en la cuestión de la comida que se tira cuando, en realidad, lo específico de ese aplicativo es la posibilidad de que los restaurantes puedan pagar sus gastos sin tener que tirar la comida. Dicho de otro modo, lo que este aplicativo hace es blanquear la desesperación de un mercado gastronómico sin clientes intentando, sin éxito, transformar la necesidad en virtud. El problema de comunicación puede ser un grave problema para los pejertos quienes debieron presentarlo más como un Ubereats con descuento y no como resolviendo un problema ecológico o genérico como la pobreza. Lo interesante del caso es que ya el personaje de Capussotto había hecho un sketch en el que Miki Vainilla daba las sobras a los pobres. Hace cuatro años parecía ciencia ficción pero hoy es simple articulación de la necesidad extrema mediante la tecnología dentro de los parámetros menos creativos posibles. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA EL ARTE DE LOS HIJOS DE LOS DESAPARECIDOS

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