ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ‘ERIKA KOHUT’:

Sin “app” pero con el mismo cinismo en Argentina ya se VENDE basura a comedores. Un extracto del libro Mala leche de Soledad Barruti:

“Los Bancos de Alimentos son un éxito en permanente expansión. En Chile, llegan a más de ciento ochenta mil personas. En México, a cuatrocientas mil. En la Argentina, a casi ciento veinte mil. Y uno podría pensar que para toda esa gran cantidad de gente, en ese contexto de inseguridad alimentaria, no son más que una bendición. Pero no.

—La relación que tenemos con el Banco es compleja —dice una mujer a la que llamaré Valeria.
Valeria tiene un albergue con más de veinte niños y niñas en forma permanente y sostiene a otros doscientos cincuenta con desayunos, almuerzos, meriendas, apoyo escolar, educación en oficios, biblioteca y hasta consultorio odontológico desde hace unos cuarenta años.

—No es que no quiera explicarte, pero tampoco puedo meterme en problemas.

—¿Y contar sobre su relación del Banco sería eso? ¿Meterse en problemas?

—No los queremos pero los necesitamos, y entonces nos vendría muy mal que tomaran alguna represalia como no seguir vendiéndonos — responde Valeria rompiendo el primer mito que aparece con este lugar: que el Banco de Alimentos ofrece comida gratis.

—Gratis no es nada —dice Valeria que habla bajito como si no quisiera que nadie a su alrededor fuera a escuchar lo que va a decir en la próxima hora de charla—. El Banco es como un mayorista, pagás a esos precios: más bajos que en un supermercado cualquiera pero no regalado.

La transacción, me explica, se renueva con cada compra:

—Llaman del Banco y ofrecen lo que tienen esa semana. Budines, fideos, galletas, snacks. Hamburguesas o salchichas, una vez al año. Y muy pocas veces verdura o fruta.

—¿Y ustedes suelen comprar frutas y verduras?

—No, porque casi siempre llegan en mal estado —dice Valeria y continúa explicando el funcionamiento—. El Banco ofrece y nosotros elegimos. En total, cada organización tiene habilitados unos quinientos kilos de productos, por un valor de cinco mil quinientos pesos. A ese valor hay que agregarle el costo del flete. Y al final la cuenta nos queda en unos ocho mil pesos
(cuatrocientos dólares en el momento de esta entrevista).

—Mucho.

—Muchísimo —dice Valeria—. Por eso, porque es caro, aprendí a afilar el lápiz. Y de todos modos hay veces que nos sale mal. El viernes, sin ir más lejos, compramos yogures y nos los trajo el flete el lunes, ¿sabés cuándo vencían? Ese mismo día. Pero como no nos avisaron, se los tuvimos que dar a los chicos de comer a la mañana y a la tarde para no perder la inversión.
Sin espacio para los que levantan quejas, los Bancos de Alimentos gozan de pura buena prensa. Al dinero que pone la organización de Valeria en cada envío lo llaman “colaboración”, a la mercadería que necesitan sacar del centro de distribución con urgencia, “regalos”, y a la falta de información clara ni falta que le pongan nombre porque es obvio: son las reglas del juego.

—Y yo me la paso pidiendo información. Porque, por ejemplo, no es lo mismo que te digan “hoy tenemos fideos” a que te digan “son fideos de marca”. Hay fideos que cuando los querés cocinar se deshacen y otros que no y acá los chicos tienen derecho a comer los que una vez cocinados siguen
pareciendo fideos. […] “Hacia adentro de las empresas, el sentido más importante de los Bancos de Alimentos es otro. Con grandes estudios de abogados, las empresas vinculadas libran sus batallas por acceder a descuentos impositivos, obtener créditos fiscales sobre las donaciones, deducir el valor de la mercadería sobrante de sus ganancias, y la eximición de cualquier responsabilidad civil y penal ante algún problema que pudiera ocasionar el consumo de sus productos desperdiciados y ahora donados.

Finalmente superproducir y reincorporar los excedentes a la ecuación, vendiéndolos más barato a los desafortunados hace que los precios se mantengan estables y accesibles.

—Los Bancos calman la conciencia de los supermercadistas que antes tiraban toneladas de comida en buen estado e inflan el sistema caritativo del capitalismo. Pero de yapa, las empresas siguen ganando —dice Valeria, que hizo de su capacidad de observación su propia escuela—. Lo que están
haciendo las marcas es sacarse de encima lo que necesitan fabricar pero no les conviene vender, y varios costos más.

—¿Por ejemplo?

—El tiempo de algunos repositores. Porque entre lo que podemos comprar están las misceláneas de los súper e hipermercados: lo que la gente deja en la línea de caja porque se arrepiente o no le alcanzó el dinero para comprar. Antes alguien tenía que acomodarlo otra vez en la góndola. Ahora todo eso nos lo ofrecen a nosotros. Una lata de palmitos, una mostaza de Dijon, aceitunas griegas. La lista de misceláneas que recibió el comedor de Valeria tiene cosas insólitas pero sobre todo subraya lo que para ella hace rato es evidente: ante el problema de falta de acceso a una alimentación adecuada, terciarizar las soluciones dejándolas en manos de algunos de sus principales responsables es una idea tan perversa como absurda.”

 

 

 

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA MARCELO BRODSKY Y LA MANIPULACION DE LA MEMORIA

 

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