FUENTE: VOGUE

El museo Thyssen de Madrid acogerá en junio del próximo año una muestra que quiere poner en diálogo las obras del modisto con el arte que más le inspiró

Si hubo una combinación vibrante de los tópicos españoles en la moda, esa fue la de Cristóbal Balenciaga. El diseñador André Courrèges, quien fue su pupilo durante once años, afirmaba de él que “casaba un contraste de materiales con una gran violencia española. Encuentras a Velázquez, a Goya, al amor y la sangre. A menudo he pensado que buscó el camino a la muerte como un torero en el ruedo”. Una acertadísima frase que resume gran parte del imaginario cultural del que bebían los diseños del modisto. Una frase que anticipa, casi sin pretenderlo, una de las exposiciones de moda más esperadas del próximo año.

A partir del 17 de junio de 2019, el museo Thyssen de Madrid acogerá una muestra muy, muy especial. Casi 70 vestidos de Balenciaga se pondrán en diálogo con más de 60 obras pictóricas de distintas épocas artísticas en un proyecto que lleva gestándose casi cinco años. ¿Por qué en Madrid? El comisario responsable de la exposición, Eloy Martínez de la Pera, comenta para Vogue que la gestión era “muy complicada” si no se hacía en la capital por “ ser el epicentro de los mejores museos de pintura española ”. El Prado, el museo Lázaro Galliano o el Cerralbo son tan solo algunos de los centros que cederán algunas de sus pinturas para ponerlas en contraste con Balenciaga.

Ampliando la mirada al panorama internacional, no es la primera vez que se trata de poner en relieve al modisto con la cultura española. La primera retrospectiva tras su muerte se hizo en el MET de Nueva York en 1973, con Diana Vreeland como principal responsable. Tras su etapa en Vogue, se dedicó a organizar muestras mastodónticas como esta en la que profundizó en las raíces españolas de Balenciaga. Hamish Bowles lo haría también en 2010 con la exposición Balenciaga: Spanish Master, en el Queen Sofia Spanish Institute de Nueva York.

En cuanto a España, ya se hizo en 2014 una exposición en el Museo Balenciaga de Getaria (País Vasco, donde nació el modisto), profundizando en sus influencias pictóricas. En Madrid, explica Martínez de la Pera, esta será la primera exposición sobre él “desde que se hizo aquella muestra en la Biblioteca Nacional, en homenaje tras su fallecimiento, hace más de 45 años”.

Los reiterativos tributos son una respuesta lógica al profundo conocimiento que tenía Cristóbal Balenciaga sobre el arte español. Su primera toma de contacto tuvo lugar en su infancia, cuando acompañaba a su madre, que trabajaba como costurera, a Vista Ona, la casa que los marqueses de Casa Torres tenían en Getaria. Muy aficionados al arte, los marqueses acumularon una colección muy importante de obras de Velázquez, Pantoja de la Cruz o Goya. En la biografía que escribió Miren Arzalluz, una de las mayores expertas en el diseñador español, esta historiadora recoge que entre las adquisciones a las que el marqués hace referencia en algunos de sus libros de cuentas en Getaria destacan un retrato a Felipe II de Pantoja de la Cruz o La Cucaña, de Goya.

Gracias a este privilegiado contacto a Balenciaga se le abrió la puerta a un fascinante mundo que sería clave en su trayectoria. Además, por supuesto, del hecho de que la marquesa ejerciese como su mecenas, costeando su formación. Varios fueron los pintores que influyeron en él, sobre todo entre los s. XVI y XIX. Pero si existe una influencia rotunda, esa fue la de Velázquez, Goya y Zurbarán, que contarán prácticamente con salas propias a lo largo de la exposición. Estos son sus principales referentes.

“La España más devota”

Bettina Ballard, la entonces editora de moda de Vogue USA, fue una de las pocas privilegiadas que vivió de cerca la España de Cristóbal Balenciaga. Gracias a ella, entre otras figuras, podemos conocer de cerca el ambiente casi religioso que impregnaba el mundo del modisto: “ Su casa de costura en la Avenue Georges V [París] tiene una atmósfera como de convento, presidida por mademoiselle Renée, la directora, como la madre superiora ”, dejó constancia en sus memorias. La devoción de Balenciaga trascendió su vida privada para influir, obviamente, en su trabajo. Y varios fueron los artistas que contribuyeron a ello.

Uno de ellos fue sin duda El Greco, cuyas pinturas respiran un misticismo especial. En la muestra tendrá un papel muy protagonista, precisamente por su paleta tonal. Eloy Martínez de la Pera nos explica que será “ una explosión de color brutal ” en la que podremos ver fucsias, verdes limas o amarillos contrastando obras del autor con algunos diseños que vienen del museo Balenciaga.

Otra de las mayores influencias fue sin duda el arte religioso de Francisco de Zurbarán. El pintor, como Balenciaga, tenía un conocimiento profundísimo de los tejidos : si el padre del artista era comerciante de telas, el modisto comenzó su carrera vendiéndolas. Fue el primero, además, en inspirarse en los diseños de Zurbarán. Y con motivos de sobra: al pintor se le conoce como el maestro del pliegue, y sus pinturas le sirvieron a Balenciaga para profundizar en sus experimentos al respecto. Lucina Llorente, especialista en tejidos del Museo del Traje de Madrid, nos explica que la estrella de esos experimentos fue el gazar, la tela que diseñó para él la casa suiza Abraham : “Con el gazar consigue esa idea del pliegue a la espalda, como las santas de Zurbarán. Luego le seguirán el supergazar y el zagar. Las telas son cada vez más tupidas, con un efecto escultórico más pronunciado ”.

Los coloridos tejidos de las santas de Zurbarán influyeron en las telas vibrantes que usó Balenciaga, quien junto al “rojo cochinilla” o al “negro palo de Campeche”, recurre a menudo a los morados que fascinaron a Diana Vreeland y esos fucsias que toma de la indumentaria litúrgica (más claro en los 50 y más chicle en los 60, según Llorente).

Sin embargo, en esta ocasión le veremos haciendo más hincapié en una de las habilidades especiales del pintor: el blanco de sus frailes. El artista hace alarde de su maestría para la pintura de los paños y el enorme dominio de los blancos. Este tono, junto con la sencillez y simpleza del patrón y costura de los hábitos, son la conjunción perfecta para contrastar con una prenda muy particular de Balenciaga: sus vestidos de novia. “Encontraremos un diálogo en lo blanco cromático y la sencillez formal de los hábitos de los monjes carmelitas que retrató Zurbarán ”, explica Martínez de la Pera. Nos anticipa dos ejemplos: el vestido de novia de la reina Fabiola de Bélgica, y el vestido con el que se casó Carmen Martínez Bordiú.

“La España que exportó moda”

Antes de que París se convirtiese en el epicentro de la moda, España fue un referente mundial que dictó las tendencias que se impusieron en el resto de países. Se trató de un momento histórico muy puntual: l a corte de Felipe II, que tiñó de riguroso negro el resto de cortes europeas. Un detalle que puede verse fácilmente en grandes maestros del momento como Juan Pantoja de la Cruz, Sánchez Coello, Carreño de Miranda y por supuesto, Diego Velázquez.

En plena corriente historicista que estaba marcando la pauta entre las colecciones parisinas a finales de los años 30, la exposición Obras Maestras del Museo del Prado que se celebró en Ginebra en agosto de 1939 fue el marco perfecto para la consagración de Balenciaga. En ese mismo año el diseñador presentó con éxito la silueta Infanta, la influencia más obvia que tuvo Velázquez sobre el couturier.

Sin embargo, las referencias van mucho más allá. Martínez de la Pera comenta que los retratos de Felipe II marcan dos elementos peculiares en Balenciaga: su “exquisita simplicidad en el patronaje” y sobre todo el color, con “unos trajes de noche también en negro” que veremos en la muestra. De esta época es por ejemplo el satén con tramas de lana, un tejido que une en el tiempo al monarca con el modisto : “es un tejido que brilla como si fuese un raso finito, pero que en realidad tiene mucho cuerpo. De esta tela estaba elaborada la capa corta de Felipe II y esas faldas de Balenciaga que parece que se quedan de pie”, explica Lucina Llorente.

En esta parte de la muestra también encontraremos un homenaje a lo floral, con bodegones barrocos e italianos que “Balenciaga plasmó en muchas de las telas que le hicieron grandes bordadores como Lesage”, expone el comisario. Entre las referencias en este campo veremos a artistas como Gabriel de la Corte. Los bordados que nombra Martínez de la Pera merecen una mención especial. En los retratos eran un indicativo del poderío real que tenía su protagonista, y Balenciaga se inspira en muchos de esos bordados dorados y plateados que él mismo recrea con hilos bañados en estos materiales. Según Llorente, tuvieron un desarrollo importante en el s. XVII y XIX.

Sin embargo, las referencias van mucho más allá. Martínez de la Pera comenta que los retratos de Felipe II marcan dos elementos peculiares en Balenciaga: su “exquisita simplicidad en el patronaje” y sobre todo el color, con “unos trajes de noche también en negro” que veremos en la muestra. De esta época es por ejemplo el satén con tramas de lana, un tejido que une en el tiempo al monarca con el modisto : “es un tejido que brilla como si fuese un raso finito, pero que en realidad tiene mucho cuerpo. De esta tela estaba elaborada la capa corta de Felipe II y esas faldas de Balenciaga que parece que se quedan de pie”, explica Lucina Llorente.

En esta parte de la muestra también encontraremos un homenaje a lo floral, con bodegones barrocos e italianos que “Balenciaga plasmó en muchas de las telas que le hicieron grandes bordadores como Lesage”, expone el comisario. Entre las referencias en este campo veremos a artistas como Gabriel de la Corte. Los bordados que nombra Martínez de la Pera merecen una mención especial. En los retratos eran un indicativo del poderío real que tenía su protagonista, y Balenciaga se inspira en muchos de esos bordados dorados y plateados que él mismo recrea con hilos bañados en estos materiales. Según Llorente, tuvieron un desarrollo importante en el s. XVII y XIX.

Precisamente Goya, explica Eloy Martínez de la Pera, tendrá “ un protagonismo radical en la exposición ”. Contará con una sala propia con unos diez cuadros en los que veremos “ esa influencia del elemento de maja, goyesco. Algunos retratos donde la transparencia y el elemento del tul y el bordado está muy presente”, comenta. De estos retratos de época Balenciaga también rescata y actualiza los mantones de manila y sobre todo, las mantillas y su encaje. El modisto tiene una sabiduría textil y un dominio absolutos sobre este material. Recurre a casas como Brivet, Hurel, Marescot o Dognin para sus propósitos, desde los más gruesos que evocan el encaje duquesa hasta los más finos, tipo chantilly, para la noche. “Cuando quiere hacer un vestido que quede pegado al cuerpo, utiliza encajes de seda, pero cuando quiere hacer por ejemplo un traje de cóctel para una joven, utiliza el encaje de poliéster”, expone Lucina Llorente.

Otro universo que también incluye estos elementos es el de la tauromaquia. Una parte muy importante de la obra de Goya recurrió a este imaginario, igual que Ignacio Zuloaga. Paisano y amigo de Balenciaga, el pintor vasco representó el color y el drama de las corridas, y retrató famosos toreros. El propio modisto fue un gran admirador, y según de la Pera, llegó a coleccionar trajes de luces. Una inspiración que se tradujo en esos boleros y chaquetillas cortas que Balenciaga actualizó de la indumentaria masculina para sus clientas. Una adaptación del contraste entre los bordados y borlas y la viveza de los colores que Zuloaga tan bien plasmó en sus pinturas. Su relación fue relativamente estrecha: el modisto vivió a tan solo unos kilómetros del museo dedicado a su compatriota, e incluso la hija de este fue clienta del couturier.

A la hora de hablar de las influencias sobre Balenciaga, Zuloaga es precisamente una de las mayores referencias que comenta Miren Arzalluz en Cristóbal Balenciaga. La forja del maestro (1895-1936). Además de los temas a los que acuden ambos, la historiadora menciona cierta similitud en “la manera en la que se comportan los tejidos “. Si en la obra del pintor hay cierta tendencia a un determinado tipo de curvas (como por ejemplo, el vuelo de una falda) que se resuelve en “ondas paralelas que tienden a cerrarse en dirección descentendente, c omo si sus vestidos estuvieran siempre realizadas en tejidos de cuerpo extraordinario “, los detalles que incluye Balenciaga en los que se inspira, como los volantes, no se comportan de la misma manera al referente original (por ejemplo, los de las batas de cola andaluzas). Y para ello se sirvió de su conocimiento profundo sobre los tejidos y sus experimentaciones antes mencionadas con materiales como el gazar.

Es la amistad entre Balenciaga y Zuloaga es la que ha llevado al comisario de la muestra a poner el broche a la exposición con un cuadro de este artista: “He querido terminar con un pintor donde yo sabía que existían referencias ciertas. Hay un cambio epistolar entre Zuloaga y Balenciaga, no quería entrar en especulaciones de comisario”, puntualiza. No hubo homenaje más bonito a su tierra que el que Balenciaga hizo a través de sus diseños, y ahora el Thyssen le homenajeará precisamente a través del arte que más le inspiró. Solo nos queda el próximo junio rendirle el tributo más personal yendo a la muestra y sucumbir ante ese ingenio insuperable de la aguja.

 

 

 

 

 

 

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