FUENTE: LA NAZION

Trabajo infantil. ¿Es mejor que un niño trabaje, a que robe o se drogue?

Con solo 8 años, Griselda Quispe ya había aprendido a hacer fideo y arroz. Su mamá le había enseñado a ponerle sal al agua y a tener cuidado de no quemarse con el fuego ni la olla. “Yo me quedaba cuidando a mis hermanitos cuando mi mamá salía a trabajar. Los bañaba, los cambiaba, les daba de comer. Soy como su segunda mamá”, cuenta Griselda, sabiendo que de esa forma podía aliviar a sus padres de las tareas domésticas. Pero eso no fue todo. También de chica ayudó en las cosechas y en los hornos de ladrillos. Cuando la vulnerabilidad es tan grande y el hambre acecha, los chicos son las principales víctimas.

Según las últimas cifras oficiales, son 763.544 los niños y niñas de 5 a 15 años (10%) que realizan actividades productivas, con mayor incidencia en las áreas rurales (19,8%), y en las regiones del NOA y NEA (13,6% y 13,1%, respectivamente). En el caso de los adolescentes de 16 y 17 años, el número asciende a 428.581 (31,9%).

“Entendemos por trabajo infantil toda actividad económica o estrategia de supervivencia realizada por niños, sea o no remunerada. En la Argentina está penado para menores de 16 años, edad mínima de admisión al empleo, y tiene algunas condiciones para adolescentes de 16 y 17 años, enmarcadas en la Ley 26.390, para no ser considerado trabajo peligroso”, Martín De Nicola, Coordinador de Políticas de Erradicación del Trabajo Infantil y Protección del Trabajo Adolescente del Ministerio de Producción y Trabajo.

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En el sector primario, el trabajo infantil se presenta bajo la modalidad agrícola, en tareas de cosecha donde usualmente se incorporan familias completas impulsadas por la lógica de pago a destajo.

Esta modalidad de pago favorece la aparición del trabajo infantil, ya que en las cosechas las familias necesitan de todos sus miembros para “juntar” una producción que logre un margen de remuneración adecuado que les permita sostenerse en las épocas en que merma la demanda de trabajo.

En el caso de Griselda, este incentivo estuvo presente. “Yo me ocupaba de cortar los racimos de las uvas o de apilar los ladrillos. Con mis hermanos íbamos a ayudar a mis papás con lo que se pudiera”, cuenta Griselda.

Griselda en los hornos, donde apilaba los ladrillos cuando era niña

Uno de los principales problemas del trabajo infantil es que se lo confunde con la ayuda en la casa o con “dar una mano” en la economía familiar. Por eso es tan difícil combatirlo.

“Para que sea considerado trabajo infantil, tienen que ser actividades realizadas por niños, reemplazando o acompañando a los adultos, asumiendo la responsabilidad de esas tareas no acordes con su edad o desarrollo”, dice Di Nicola.

También tienen que ser tareas que los pongan en riesgo de sufrir lesiones físicas o estrés por carga emocional y que les impide el descanso, la recreación, la concurrencia y el aprovechamiento de los aprendizajes escolares.

“En las zonas en las que el trabajo infantil está naturalizado es muy difícil trabajar porque tenés que llegar con un mensaje diferente a los que las familias tienen incorporado como algo cotidiano. Actualmente estamos tratando de desnaturalizar el trabajo infantil en el agro, en el ambiente artístico y en el ámbito urbano”, agrega De Nicola.

El trabajo doméstico es el que está más invisibilizado para las propias familias y también en la sociedad en general. Como sucede puertas adentro y en el marco de la consigna de “colaborar en casa”, tienden a no verse los riesgos que conlleva.

“Muchas situaciones de trabajo infantil se dan en lo doméstico y es difícil de registrarlo. Son tareas que están súper incorporadas y en algún punto, ocultas. Esto está muy asociado a las tareas de cuidado que es algo en lo que estamos trabajando”, explica Di Nicola.

La consecuencia más grave del trabajo infantil, es la vulneración de los derechos de los niños, niñas y adolescentes a la educación, al juego, a la recreación y a la salud.

“Existen muchos impactos en la salud vinculados a hacer un esfuerzo para el cual el cuerpo de un niño no está preparado, accidentes con herramientas o estar expuestos muchas horas al sol y a altas temperaturas”, enumera De Nicola.

Pero sin dudas, los efectos más profundos se producen a largo plazo, en las oportunidades de estos chicos: “Un chico que hoy está trabajando, no se puede educar, y por eso tiene menos chances de conseguir un trabajo. En un futuro, su hijo también va a tener menos chances de desarrollo y seguramente ingrese en el mismo círculo de precariedad que su padre”, agrega Di Nicola.

Existen muchos prejuicios y mitos que reflejan el enorme desconocimiento que gira alrededor del tema. Los más arraigados son los que afirman que “el trabajo favorece la maduración de los chicos”, “que está bien que los chicos tengan dinero para sus gastos” o que “es mejor que un niño trabaje, a que robe o se esté drogando”.

Los especialistas enumeran con preocupación estas ideas tan afianzadas en las sociedad. “Es igual de ilegal que un chico esté robando a que esté trabajando. En el campo, está muy incorporado a nivel familiar y cultural, que un chico esté cosechando. O que estén pidiendo plata en el subte”, dice De Nicola.

Principales mitos a combatir:

“Es importante ayudar en la propia casa”
No es lo mismo que los chicos ayuden en las tareas de la casa a que sean los responsables de llevarlas adelante porque esto les quita horas de juego y de estudio. Hay trabajo infantil doméstico cuando el niño o la niña reemplazan al adulto en la realización de las tareas hogareñas y de cuidado de niños pequeños, personas enfermas o de edad avanzada

“El trabajo infantil templa el carácter y fortalece a la persona.”
La realización de tareas que presentan exigencias físicas similares a las de los adultos impacta y deteriora el crecimiento y desarrollo fisiológico de los niños.

“El trabajo favorece la maduración de los chicos”
El trabajo infantil afecta los procesos de maduración y formación de la personalidad en las áreas de autonomía y toma de decisiones. Las formas de organización del trabajo exponen a niños y niñas a la obligación de seguir determinados comportamientos y normas rígidas, sobre los cuales no tienen ningún poder ni control. Los enfrenta a decisiones y responsabilidades para las cuales no están suficientemente preparados y a tareas que exceden su conocimiento y experiencia.

“Está bien que tengan dinero para sus gastos.”
Muchas veces los niños y adolescentes que trabajan forman parte de familias numerosas o monoparentales, en las cuales los adultos no logran sostener a todo el núcleo familiar. Si bien los niños reciben una paga inferior a la de los adultos por el trabajo, su aporte resulta muchas veces fundamental para el sustento del grupo.

“Es mejor que un niño trabaje, a que robe o se esté drogando.”
Desde un planteo que dimensione los impactos que trabajar causa sobre la salud y la educación de niños y adolescentes, es igualmente peligroso trabajar que abusar de sustancias o delinquir. Este mito es funcional a cierta mirada donde los niños y las niñas de las clases pobres tienen como mejor alternativa el insertarse tempranamente en el mundo del trabajo, para no caer en conductas perjudiciales para sí mismos y para sus entornos.

“Los niños son explotados por sus padres.”
Muchas veces se interpreta la situación de niños trabajando, como producto de conductas de negligencia o “vagancia” de los padres, que prefieren hacer trabajar a sus hijos, antes que trabajar ellos. Esta mirada identifica a un único culpable e invisibiliza las múltiples causas de orden micro y macrosocial que llevan a las familias a optar por tal alternativa. Cuando la familia es víctima de condiciones socioeconómicas que no le permiten tener acceso a un trabajo decente, no habría margen para otra alternativa ya que el grupo familiar también se ve condicionado.

Por: Micaela Urdinez

 

 

 

 

 

 

 

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