ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ‘GABRIEL AGATINO’:

Estamos en la víspera de la peor elección de la democracia, dicen algunos. Pero… ¿es la peor, realmente, o por el contrario vamos en camino de hacer un descubrimiento asombroso?

He aquí mi tesis: el enfrentamiento, grieta, polarización o como se llame, vale decir la partición de la sociedad argentina en dos facciones opuestas, puede resultar un tiro por la culata para aquellos que la promueven. ¿Por qué? Porque tanto machacar con la grieta, los enemigos, y los modelos antitéticos de país, podría disparar la pregunta sobre si, al fin de cuentas, no hay algo positivo en la coexistencia de estas antinomias. Podría revelársenos así, y acá está la epifanía a la que alude el título, que la famosa grieta o polarización es en realidad una fortaleza de nuestra sociedad, de la que podemos sacar provecho, y no una debilidad de la que debemos sentirnos avergonzados.

¿Me volví loco acaso?

Para comprender lo que quiero decir es imperativo meditar más allá de la mascarada de los “modelos opuestos de país” y del show mediático de políticos que saltan de un barco hacia el otro antes de las elecciones. Seamos pues más específicos.

La polarización no nació con este gobierno, empezó mucho antes. Cristina la perfeccionó y se aprovechó de ella como herramienta política, y lo mismo hace Macri ahora. Los artífices de la polarización, y ambos candidatos son socios en esto, quieren convencer a la ciudadanía que hay sólo dos modelos irreconciliables de país en pugna, que no es posible integrar al país sin erradicar definitivamente uno de esos dos modelos. Para lograrlo, solicitan al pueblo que les otorgue un poder absoluto y prolongado.

Debemos comprender que esta pretensión, aparte de falsa, es profundamente antidemocrática, venga del lado que venga.

Los ciudadanos debemos ir más allá de este juego perverso que se nos plantea, abriendo nuestras mentes a una realidad más amplia: la que nos incluye a todos los argentinos como comunidad solidaria de trabajadores y creadores. Y entonces nos damos cuenta que lo que claramente nos beneficia a nosotros, los ciudadanos de a pie, es la alternancia de los mandatarios en el gobierno, y el ejercicio de un poder provisorio, fraccionado y limitado en el tiempo.

O sea, todo lo contrario de lo que pretenden los profetas de la polarización.

Cuando Macri derrotó al kirchnerismo, muchos progresistas K, llevados por la paranoia polarizante que en ese momento fogoneaba Cristina, pensaron que se acababa el mundo, que caíamos en las fauces del neoliberalismo salvaje, en las garras del gorilaje exasperado; no pocos clamaban que se repetía el escenario antiperonista del 55. Esto, sin embargo, no ocurrió. Nunca se vuelve al pasado, sencillamente porque no es posible. En su lugar, lo que hubo fue una gestión tibia, con algunos aciertos en la modernización del Estado, la seguridad y el combate al narcotráfico y a las mafias, y el planteamiento de algunas obras públicas de infraestructura, que la calamitosa política económica se encargó y se sigue encargando de obstaculizar. Desacreditado por una serie de desatinos económicos: bicicleta financiera, tasas por el cielo, inflación, caída de la producción y el consumo y endeudamiento, el Gobierno llega a esta elección debilitado. Y temeroso de ser derrotado, hace lo mismo que hiciera su predecesora: alienta la idea de que si ganan los peronistas el país va a “volver al pasado, al atraso, a un modelo de país inviable”. El único atenuante que puede concederse a Macri es que sólo tuvo cuatro años para mejorar la calidad de vida de la gente y fallar en el intento, mientras los peronistas lo intentaron durante veintiseis años sin mejores resultados. Visto desde ese punto de vista, el fracaso de Macri no parece mucho peor que el de sus detractores.

No se puede esperar que la clase política nos saque de este atasco. La ciudadanía debe salir por sí misma, y la manera de hacerlo es no creer en las amenazas catastróficas, ni de un lado ni del otro, y mantener firmes todas las cartas sobre la mesa.

Ni Macri fue nunca el cuco neoliberal que nos quisieron hacer creer (más bien parece un populismo de derechas) ni Cristina fue nunca verdaderamente peronista. Lo cierto, y lo positivo del caso, es que más allá de los rótulos que se le puedan colgar a cada cual, en la Argentina jamás se pudo imponer por completo y de manera definitiva ninguna ideología de corte absoluto, como ocurre por ejemplo con la dictadura venezolana, porque afortunadamente la sociedad argentina no es 100% neoliberal, ni 100% comunista; ni 100% peronista ni 100% gorila; ni 100% atea ni 100% religiosa; ni 100% patriarcal ni 100% feminazi, ni nada en fin al 100%: es precisamente esa heterogeneidad balanceada, representada por la grieta, la que le otorga esa increíble estabilidad, y la que le ha permitido adquirir la fortaleza necesaria para resistir cualquier intento de copamiento unilateral. Cada vez que un argentino trata de totalizar para un lado, se topa con otro que quiere totalizar para el otro, y las fuerzas se equilibran. Por eso fracasó la guerrilla comunista en los años sesenta y setenta, y por lo mismo fracasaron los intentos totalitarios del Proceso.

Paradójicamente, vemos a la grieta como un problema en vez de como un recurso. Mientras nos lamentamos porque no podemos tirar por la borda a la mitad del país y tomar un UNICO camino, las lágrimas nos impiden ver que disfrutamos de una notable inmunidad contra los extremismos de cualquier signo, lo que es muy bueno; y que estamos condenados al consenso como único camino de salida, lo que es aún mejor. Estos beneficios, he aquí la sorpresa, se los debemos a la famosa grieta; pero por no comprender esto, la denostamos en vez de aprovecharla para apalancar nuestro futuro. Perdemos el tiempo insultándonos por las redes en vez de sentarnos en una mesa a consensuar; recelamos de los otros y nos sentimos frágiles si no podemos imponer una visión única e incondicional, sin darnos cuenta que las diferencias que tenemos constituyen precisamente el cimiento de nuestra fortaleza.
La sociedad clama a gritos por sus diferencias, es cierto, pero no reniega de ellas: éstas diferencias están tramadas en el mismo cuerpo social, hechas carne, y sería un absurdo pretender negarlas, además de imposible. La sociedad espera que los políticos integren y superen las diferencias, no que tomen partido por una facción y llamen a la sociedad a negar a la facción contraria. Lo que vemos en cambio es que los políticos reclaman que la ciudadanía les vote un gobierno monolítico mientras alientan la división en el pueblo. Esta es una actitud como mínimo irresponsable.
Es falso, y la sociedad lo sabe, que haya que elegir un único modelo y enterrar definitivamente al otro, sea el que sea. Es falso que las propuestas de Macri sean todas nefastas, o que las propuestas del peronismo sean todas nefastas. La ciudadanía, sobre todo la más joven, harta de que se la envenene con estas falsas antinomias, empieza a comprenderlo. Y demanda de sus gobernantes que dejen de repetir como loros consignas vacías de hace cincuenta años, o demonicen a sus adversarios. La ciudadanía clama a gritos que los políticos se sienten a consensuar, que reconozcan los valores positivos presentes en las propuestas de sus adversarios, y solucionen de una vez por todas los problemas concretos que tiene la población.

Lo importante para el ciudadano que va a una elección como ésta es: gane o pierda cualquiera de las dos facciones, la democracia saldrá fortalecida si obtenemos como resultado un poder distribuido y acotado.
La polarización, que es un factor de estabilidad y autodefensa en la sociedad, debe reflejarse también en el seno del gobierno si es que queremos tener un gobierno fuerte y representativo.

Debemos votar entonces para forzar la constitución de un gobierno plural, un gobierno mestizo, donde el poder se encuentre ampliamente distribuido entre los diferentes actores. Sólo así se dará cumplimiento a la demanda que suscribimos todos los argentinos, y que todavía sigue insatisfecha: la construcción de un verdadero consenso nacional.

 

EL LANPODCAST #56 SOBRE CÓMO EL MINDFULNESS, LA MEDITACIÓN Y EL YOGA SE HAN CONVERTIDO EN INSTRUMENTOS DE AUTODISCIPLINAMIENTO PARA AGUANTAR LAS INJUSTICIAS DEL SISTEMA:

 

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