ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ‘KAFKAS’:

– La Nación Trabajadora http://lanaciontrabajadora.com.ar/coto-de-caza/

La empresa Coto es noticia por un episodio brutalmente trágico: dos trabajadores (un empleado de caja y un custodio de seguridad) mataron a golpes a Vicente Ferrer, un hombre de 68 años, en una sucursal ubicada en el barrio porteño de San Telmo. Lo golpearon porque se llevaba, ocultos bajo la ropa, unos alimentos. Los hechos, espeluznantes, no son una composición de circunstancias inusuales, ni tienen estrictamente elemento de azar alguno.

Nos preguntamos: ¿cómo se llega a una escena tan extrema? Trabajadores que matan a una persona por llevarse sin pagar unos productos de la cadena de supermercados, de capital nacional, más grande del país. Podríamos agregar más características: trabajadores precarizados y mal remunerados que golpean y lastiman en nombre de una empresa que tiene hoy 36 hipermercados, 77 supermercados y una decena de minimercados, fundamentalmente concentrados en Ciudad y Provincia de Buenos Aires.

No dejan de inquietar algunos datos sobre quiénes están a cargo de la seguridad en las empresas. Porque después de todo, esta no es una cuestión exclusiva entre la sociedad y Alfredo Coto. A mediados de los años 2000 el responsable de Seguridad de Walmart Argentina era Alfredo Oscar Saint Jean: un militar retirado, egresado del Colegio Militar de la Nación en 1975, destinado a Tucumán, entonces bajo las órdenes de Bussi, y luego a Bahía Blanca, Tandil y Azul. Su padre fue ministro del Interior de Galtieri y presidente de facto por cinco días. También sobrino de Ibérico Saint-Jean, el gobernador de la dictadura que anunció que matarían incluso “a los tímidos”. El nombre del encargado de garantizar la seguridad de Walmart se conoció cuando la empresa despidió a varios delegados sindicales. En aquel entonces notas de Mariana Carbajal y de Carlos Rodríguez, publicadas en Página 12, registraron la lucha por la reincorporación que llevaron adelante los delegados despedidos de Walmart Avellaneda.

Volvamos a Coto cuyo leitmotiv es: Yo te Conozco. Hace unos años, cuando era presidente, Néstor Kirchner lo pronunció con otra entonación para decirle a Coto, y a otras grandes cadenas de supermercados, que el Estado social podía llegar a resurgir de sus cenizas si continuaban aumentando los precios, “cartelizándose y atentando contra el bolsillo de los argentinos”. Incrementaban sus ganancias y su rentabilidad al costo de degradar la vida. Era el año 2005 y el país aún tenía humo en el aire.

Quienes firmamos esta nota compartimos investigaciones periodísticas y académicas y así fuimos conociendo, justamente, “las cosas que pasaron” en la cadena. Entre ellas, el trasfondo del blanqueo multimillonario ofrendado por el gobierno de Cambiemos a Alfredo y Gloria Coto. Supimos también que hay más muertes puertas adentro, como la del trabajador despedido que se suicidó en otra sucursal de la empresa en pleno 2001. Y la más reciente de un trabajador que murió al caer por el hueco de un montacargas. Vimos, porque vivimos el 2001 inmersos en la realidad, la trinchera que instaló Coto en Ciudadela transformando a los que estaban del lado de adentro (decenas de repositores y cajeros) en ejército propio para enfrentar a los que, desde afuera, pedían comida. Conocemos en detalle la composición del arsenal que fue hallado en Caballito y para qué se había usado, más allá de lo obvio: un arsenal es siempre muerte proyectada. Investigamos y nos entrevistamos con repositores y cajeros, con jefes de sector, con ascendidos y descendidos por Coto, con empleados y despedidos, con los sancionados. Conocimos qué significa la explotación laboral en esta empresa. Sabemos que es descomunal el sufrimiento que se inflige en Coto y que las muertes, irremediables, no llegan a expresar su magnitud. Supimos qué es la indefensión para los trabajadores cuando dicen “no podés ser un bicho tan grande y que nadie te vea”. Nos contagiaron la bronca con la que los escuchamos decir “Coto nunca pierde y nunca va a perder”, frente a la evidencia de que ellos mismos costeaban con sus magros salarios cada milímetro de “pérdida” de la empresa. Las pérdidas de Coto, entonces, en detrimento de los bolsillos de los trabajadores. Justo ahí se inscribe y se comprende el asesinato de Vicente Ferrer como un hecho producido por un dispositivo empresarial. Porque termina impulsando una acción de amedrentamiento ilimitado sobre “las mecheras que se llevan un queso que tengo que terminar pagando yo”, como lo expresó un ex jerárquico con macabros detalles de la operatoria (que transcribimos más abajo). Entendemos por qué la empresa es el orden de la ilegalidad, un orden que se ensancha cuando gobiernan unos como los de hoy. También sabemos que a las espaldas de este modelo empresario las cuida un modelo sindical.

Y es esto lo que vamos a compartir durante las próximas horas – en Revista Crisis y en La Nación Trabajadora-, corriendo desde atrás la velocidad de una noticia antes de que alguna otra corrida bancaria y alguna otra fuga masiva eliminen nuestra posibilidad de ver en la escena de quienes mataron y quien murió un mundo que cambiar.

2001, la resistencia
En la crisis se ven los pingos. Corrían los últimos días del primer año del siglo y vastos sectores de la población afrontaban las fiestas con poquísimos recursos. Muchos decidieron ir a los supermercados a procurar comida. El 21 de diciembre el diario La Nación entrevista a Alfredo Coto:
Periodista: Una de las imágenes más fuertes de los saqueos fue la de los empleados de la cadena defendiendo un supermercado de Ciudadela armados con palos. ¿Fue una decisión espontánea de los trabajadores?
Alfredo Coto: Sin que existiera ningún pedido de la empresa, los propios empleados decidieron defender su fuente de trabajo. La gente se puso la camiseta porque fue consciente de que estaba en juego su futuro. La verdad que es un gesto que nos conmovió a todos. La colaboración que tuvimos de parte de los trabajadores fue impresionante. El centro comercial de Ciudadela recién lo habíamos abierto hace unos meses, pero igual los empleados de esa sucursal no dudaron en salir a defender su trabajo. Acá hubo gente que se quedó a dormir e incluso algunos empleados que viven en las villas cercanas a los locales nos informaban sobre cuándo podían producirse los saqueos.

El entrenamiento
Un ex-encargado de sector cuenta cómo evitaban que los clientes roben mercadería: “¿Sabes qué pasa? Que uno termina haciéndolo, llega hasta esa bajeza porque tenés toda la autoridad y el poder; estás en un cuartito donde tenés tres tipos te avalan para delirar a una persona; está bien, robó y está mal, pero ellos pueden llegar a delirar a esa persona y nadie te dice nada. Te hacés o te hacen así, tomalo o dejalo. Llega un momento que vos decís: yo no quiero perder, no quiero que me falte plata; y así es como te vas uniendo a todo eso. Después te terminás riendo, lo contás como una hazaña o como algo gracioso. Yo no tenía la costumbre de pegarles ni de mandarles a pegar, pero sí de hacerlos encerrar en una cámara de frío a -21º, y les apagaba las luces. Si me avisaba la gente de seguridad que estaban robando, por ejemplo una mechera que haya robado media horma de queso, yo me acercaba, los pasaba a la trastienda, ordenaba que los lleven a la cámara, les cerraba la puerta y les apagaba la luz. La gente puede abrir la puerta desde adentro pero no lo hacen porque está oscuro, tienen miedo y frío. Ese tipo no vuelve más. Uno se arrepiente, mirá si al tipo le agarra un bombazo del susto, vos no sabés qué puede pasar…”.

Enseñar a robar
La política sistemática de sanciones monetarias a los encargados cuando las cuentas no cierran acentúa las presiones hacia los trabajadores de línea. En el límite, la necesidad de los primeros de proteger sus salarios los lleva al maltrato y a la humillación de sus subordinados. Para evitar las pérdidas los trabajadores recurren a mecanismos como los narrados por este jefe de sector de la empresa: “Te enseñan a robar. Yo me acuerdo que en una merma me faltaban 10 kilos de salamines… ¿y sabés qué hacíamos? ¿Viste las bandejitas donde está el fiambre, esas de telgopor? Las poníamos arriba de las balanzas, pesan 10 gramos, y arriba pesaba el salamín, o sea robaba 10 gramos por salamín… Es que no te quedaba otra, te enseñan a robar, tenés tanta presión que tenés que defender lo tuyo […] Tenés que apretar y apretás, y llega un momento en que vos decidís sacar un queso que está tres días en góndola y vos ves los hongos bien y hacés que le pasen el cuchillo y vuelve a aparecer al otro día y así. Es todo una cadena. Te enseñan a robar”.

Preocupación por el trabajo
En febrero de 2016, el presidente Macri inauguró una sucursal en Ciudadela de la cadena de supemercados. Ese día, Gloria Coto argumentó en favor de la reforma laboral que por aquel entonces Cambiemos imaginaba que se aprobaría sin mayores trámites. Todo eran promesas en el amanecer del gobierno amarillo. El presidente estaba envalentonado: «un gobierno que se administra mal, lo peor que hace es abusar de la inflación, que es el peor impuesto que se le puede cobrar a la gente», dijo. La cofundadora de los supermercados estaba preocupada por la «falta de cultura del trabajo» que se había perdido, afirmó, «productos de los planes que arruinaron a mucha gente”.

El blanqueo
Coto fue uno de los máximos beneficiarios del blanqueo de capitales que instrumentó Macri apenas asumió, que tuvo la peculiaridad de no exigir la repatriación de los activos no declarados que exteriorizaron en ese acto sus propietarios. Según la investigación que publicó a mediados de 2017 Horacio Verbitsky, el supermercadista blanqueó 7.000 millones de pesos, casi 500 millones de dólares de entonces. Sus ventas proyectadas para ese mismo año rondaban los 60.000 millones de pesos. «Blanquear capitales» implica haber mantenido ese dinero sin declarar al menos durante un año fiscal. Si bien las cadenas de super e hipermercados tienen controladores fiscales en todas sus cajas, su manejo de efectivo en tiempos de altas tasas de interés y alta inflación les permite maniobrar fiscalmente para eludir el pago de ciertos tributos.

El blindaje
Recién el jueves 22 de agosto, cuando ya el crimen había dado lugar a una protesta en las calles de San Telmo, el diario Clarín publicó la noticia del asesinato de Vicente Ferrer en su página web. Para ese entonces, en las redes sociales ya se había especulado con el interés económico que organizaba el silencio previo. No hace falta caer en ninguna teoría conspirativa porque alcanza con un dato sintético: según el tarifario publicitario del Grupo Clarín, solo el viernes 23 de agosto Coto publicó avisos en papel e internet que acumulan un precio no menor a 7 millones de pesos. Se trata de las publicidades de ofertas que se reiteran cada fin de semana, lo que da una proyección anual más que multimillonaria. Y abre la pregunta: ¿por qué servicio está pagando Alfredo Coto?

El cerrojo
Uno de los abogados de Coto es Marcelo D’Angelo, ex director de Asuntos jurídicos de la Legislatura porteña y defensor de algunos personajes del mundo Boca: líderes de La Doce, como Gustavo “El Oso” Pereyra y Fabián “Topadora” Kruger; y dirigentes que estuvieron presos como Carlos Mechetti, jefe del departamento de socios, quien apareció ligado a Maximiliano Mazzaro en la causa por el asesinato de Enrique Cirino en 2011.
El socio de D’Angelo es Marcelo Rocchetti: director de Seguridad de la Legislatura porteña, amigo del fiscal Stornelli y defensor de otros hinchas famosos como Rafael Di Zeo y Alan Schlenker.

El buen diálogo sindical
El supermercadismo en Argentina se desarrolló cobijado por un tipo de sindicalismo nutrido en estos aforismos: “a veces para avanzar hay que saber retroceder”, “el Che Guevara se murió hace rato”, “hay que elegir el mal menor”, “la inteligencia más que el bardo porque hay que aprender a ceder para ganar”, “falencias hay en todos lados”, “hoy día se trabaja así” y “es la realidad”. Armando Cavalieri, secretario general de la federación sindical por casi tres décadas, lo fundamentaba así el 20 de octubre de 2003 en el canal Todo Noticias:
“hay que sincerar algunos temas, no hay que esconderlos; no hay que hacer progresismo zonzo, sino hay que hacer un progresismo realista. Y hay que tener en cuenta lo que dice Lula cuando viene acá, no le tengan miedo a las mutinacionales, mire que son gente que invierte. Y este caso, este caso, los supermercados son en mi sector gente que invirtió. No vino a timbear, vino a dejar, porque poner, levantar paredes, tomar gente, bueno! no les pagará 2 mil pesos pero 700, 750, pero tienen trabajo todos. Este es el mercado laboral que hay (…) Por eso yo digo hay que privilegiar la inversión y hay que tener un buen diálogo y una seguridad jurídica muy importante”.

El arsenal
El 30 de agosto de 2016, un arsenal de guerra ilegal fue descubierto -a partir de un mensaje anónimo- en la sede principal de Coto, que funciona además como centro de distribución internacional. En la calle Paysandú 1842, en el barrio de La Paternal, Coto ocultaba 227 granadas, 41 proyectiles de gases MM RIOT CS SMOCK, 29 armas -27 fuego y 2 de lanzamiento- 3886 municiones, un revolver doble acción calibre 38 a nombre de Alfredo Coto, 1 ametralladora UZI 9 milímetros a nombre de su hijo Germán, 14 chalecos antibala, 22 cascos tácticos de la Guardia de Infantería de la Policía Federal sin número visible, 1 silenciador y 9 escudos antitumultos. En el acta, no se consignó el “spray de pimienta” marca Cóndor GL 108/OC que mostraron las fotografías sacadas en el lugar.

En octubre de 2018, el juez federal Sebastián Ramos procesó a Coto y a su hijo por la tenencia ilegítima de un arsenal que tenía permisos vencidos, armamentos sin autorización y efectos de uso prohibido. El gran auspiciante aludió en sede judicial al trauma de los saqueos y a los reclamos de comida en la puerta de su supermercado por parte de “agrupaciones piqueteras y organizaciones sociales”. Blindado hasta los dientes, casi como si fuera el Estado, Coto estaba en condiciones de negarse a cualquier entendimiento, en cada diciembre.

En diciembre de 2018, la Sala I de la Cámara Federal integrada por Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi dictó el sobreseimiento de Coto y su familia en una causa de delitos no excarcelables. Según el artículo 189 bis del Código Penal, el acopio de armas de fuego, piezas o municiones, sin la debida autorización, será reprimido con reclusión o prisión de cuatro (4) a diez (10) años”. La adulteración o supresión del número o grabado de un arma de fuego tiene una pena de “prisión de tres (3) a ocho (8) años e inhabilitación especial por el doble de tiempo de la condena”. Coto está por encima de la ley.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES SOBRE MINDFULNESS Y NEOLIBERALISMO

 

 

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