ESTE TEXTO ES DE CATU

Hace un par de meses tuve que volver a la Argentina cuando mi profesora de Literatura del Pelle tuvo un ACV. Recuerdo haber contado acá que el neurólogo la tenía muy medicada, en principio por una depresión (cómo sería el cuadro que, en seis años, no había venido a conocer mi casa nueva… y eso que me adoraba).

Leía toda la noche y dormía durante el día. A tal punto que dejó de ir al psicólogo, porque el turno de las 15.00 era “muy temprano” para ella.

Hace 15 años que está muy sola, después de una mala separación de su marido. Aún no sé cómo, en octubre obtuve finalmente el teléfono de su mejor amiga (quien encima vive lejos).

Yo, que no soy ni de convocar ni convocante, y con la excusa de su cumpleaños, logré que nos reuniéramos en su casa en Tigre.

Con la presencia de mi mejor amiga (también ex alumna de ella), planteé –angustiada y descarnadamente– que no podía seguir viviendo sola, que corría el riesgo de confundirse con la medicación y despertarse en brazos de su idolatrado Miguel de Cervantes (bueno, no dije “Cervantes” aunque claro que fue un pensamiento recurrente por esos días).

Me prometió esto y aquello, me quedé para acompañarla al neurólogo, a la endocrinóloga, a estudios varios. En ese momento, y por una mera cuestión de falta de experiencia, me sorprendió el nivel de burocracia de IOMA. (En este instante entro en la página de IOMA, a descifrar la sigla, y lo primero que leo es que tienen “valores” o algo así y que uno de ellos es la “cercanía” y pienso en que mi profe terminó internada a 25 km de casa).

Experta como soy en las cuitas tiroideas, también me sorprendió el nivel de las respuestas de la endocrinóloga de San Fernando, frente a cuestiones muy básicas del hipotiroidismo crónico (como la relación entre levotiroxina y osteopenia que, curiosamente y hasta ahora, ningún endocrinólogo me ha expuesto jamás de motu proprio). Antes de emprender el regreso a Uruguay, me ocupé de ponerle en la heladera el riguoroso horario para la toma de los seis medicamentos diarios. Y terminé desistiendo de llamarla a las 10.00, que era la hora a la que tenía que arrancar con la ingesta, porque siempre me atendía el contestador.

Tras resignarme y encomendarnos de algún modo pretendidamente agnóstico, partí con cierta –inocente– tranquilidad, la llamé por teléfono mientras tuve línea, y le mandé fotos del mar que tanto ama al celular de su amiga (los resultados de haberle instalado una línea de celular no son algo de lo que tampoco pueda enorgullecerme).

Lo siguiente que tengo para contar son viajes diarios a acompañarla en un hospital de Martín Coronado. A un hospital donde un guardia te tomaba los datos antes de subir al cuarto, pero donde no había siquiera un timbre para llamar al servicio de enfermería.

(Al llegar un mediodía, en la cama de al lado dormía solitaria una mujer de unos treinta y pico, muy flaquita y posiblemente muy maltratada por la vida. Ni las zapatillas le habían retirado al revolearla. Al rato, se despertó completamente desorientada –me dio la sensación de que ni siquiera me entendía– y empezó a convulsionar). Más allá de la tristeza que me provocaba ver a mi profe con media cabeza rasurada, con pañales en los que se negaba hacer sus cosas (estaba tan boleada que no entendía que las patas no le iban a responder, y que cualquier cosa iba a ser mejor que entrar en su minibaño semipúblico…). Más allá de esos detalles, más allá de la lógica preocupación por su recuperación, le dediqué cierto tiempo a responsabilizarme por no haber estado más atenta a qué obra social tenía.

Pero también recordé cuando, por una (económicamente redituable) estupidez, terminé confinada a un subsuelo de la Trinidad, donde habían tenido la genial idea de paliar la falta de ventanas y luz natural con unos monitores que proyectaban la foto de algún paisaje japonés, como la de los almanaques ochentosos que había en casa de mi madre, o como la que puede aparecer ahora en algún mensaje de autoayuda publicado en Facebook, o en una pantalla exhibida en el Garbarino.

Me descubrí dentro de una suerte de jaula-caja metálica para ratones blancos (aquellos por cuya integridad supo velar concienzudamente mi madre en un bioterio), dentro de un cuento de tristeza apocalíptica de J.G. Ballard. De tristeza absurda y surrealista.

Mientras seguía responsabilizándome por lo de IOMA, recordé mi internación para clase media alta y que, en la jaula de al lado, una anciana alemana dejó de comer y se dispuso a morir.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA EL MINDFULNESS COMO HERRAMIENTA DE AUTODISCIPLINAMIENTO

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