ESTE TEXTO ES DE NUESTRA COLUMNISTA CATU

Aprovecho que estoy por el barrio y me encuentro a ensaladear con Z., después de su segunda neumonía del año.

Se acaba de enterar de que tiene las defensas por el piso porque –si no le entiendo mal– el oncólogo no le dio gammaglobulina cuando correspondía (al parecer, para ahorrarle unos pesos al CEMIC). Mirá qué considerado.

Resumo lo que me explica: Cuando hay un tratamiento contra la leucemia, se impone la prescripción de gammaglobulina.

Y luego me cuenta su triunfo de la semana: Luego de andar de acá para allá con sus 70 pirulos a cuestas, acaba de conseguir que CEMIC se haga cargo de su vacunación, bajo amenaza de iniciar acciones por mala praxis.

Una vez más, mi amiga exhibe orgullosa su sempiterna perseverancia. “Y de un bienvenido y saludable espíritu extorsionador”, pienso yo con alegría, mientras le doy la razón.

Aunque geminiana, Z. es ultra leonina, así que también festejo su alarde orgulloso como una prueba de su recuperación.

¿Que cómo llegamos a la leucemia?

Bueno, parece que el clínico de Z., el de toda la vida, omitió revisar los análisis de sangre de mi amiga durante los últimos cuatro años.

Menos mal que el año pasado, del laboratorio le advirtieron al muy distraído que los parámetros de Z. eran cada vez peores.

Cuando terminamos de almorzar, me ofrezco a acompañarla a visitar un residencial pituco en un barrio ídem, para adultos mayores.

Ocurre que la mamá de Z. tiene 102 años y mi amiga no está convencida de que siga en el lugar donde está ahora.

Tiene la teoría de que muchísimos ancianos viven o sobreviven bajo los efectos de sustancias que los mantienen endrogados para que no molesten a sus cuidadores.

Como además de leonina, Z. puede llegar a parecer medio pisciana (para bien y para mal), me permito dudar. Yo tengo recuerdos de que la atmósfera no era tan mala la única vez que entré en un residencial, pero como eso fue a principios de los 90, le doy el beneficio de la duda.
“Lo bueno de estar más grande es que tengo el cuero más curtido”, intento darme ánimos mientras traspasamos la puerta del residencial.

La construcción debe de tener unos 25 años, se ve actualizada y en buen estado. La fachada está bien retirada de la vereda, y tiene un frente de más 12 metros.

Al entrar, el ambiente se siente ventilado, calefaccionado y todo es pulcritud. (De tanto en tanto, he pasado temprano por allí, así que me consta que reciben pan francés fresco, que abren los postigos. También se adivina buen trato entre el personal de enfermería. O se alcanza a escuchar a alguien con guitarra, tocando para los ancianos).

Amablemente, nos invitan a recorrer cuartos con dos o tres camas. Los baños son inmensos.
En una muy amplia sala principal, una docena de sillas están dispuestas contra las paredes. Saludo sonriendo y con voz deliberadamente alta. Pero creo que solo responde la cocinera. Sentados en las sillas, los ancianos ni siquiera parecen curiosos ante la presencia de dos extrañas.

La tele está prendida.

(Mi amigo Dan, que es pintor y es mi ídolo, siempre se ha jactado de entender la luz. Después de más de 20 años de hinchar con eso de “entender la luz”, reconozco que su tesón y técnica empezaron a obrar alguna suerte de milagro en mí…).

Cuestión que, en esta sala, me desconcierta no poder entender la luz, extrañamente gélida, como si perteneciera a un mundo que no conozco, pero que tal vez aparezca en los interiores canadienses de una peli de Cronenberg, en una que quizás aún no se filmó.

A la salida, Z. me dirá: “¿Te diste cuenta de que la energía no circulaba?” y es posible que, después de todo, esa sea la sencilla –y correcta– respuesta a mi desconcierto perceptivo.
De una población de 16 gerontes, hay unos cuatro durmiendo la siesta. El resto son los actitud zombi que vimos petrificados en la sala.

A calzón suelto, mi amiga pregunta por los remedios y, con amabilidad y naturalidad, la encargada nos confirma que todos consumen quetiapina y memantina.

Mi amiga me mira con cara de ¿qué-te-dije? y otra vez saca a relucir su justificado orgullo.

LA QUETIAPINA

A la noche, intrigada, consulto a M., quien me dice:

La quetiapina “es cara y es una poronga. De costo sale dos mangos. Debo de haber hecho 20 quetiapinas, en toda mi vida, para varios laboratorios. ¡Imaginate cómo será que se vende esa mierda…! Después hay que tomar fura para volver. Y así te tienen dopado”.

Y finalmente y como dato curioso (y tal vez algo menor, cuando uno se pone a leer los interminables prospectos), siempre me termino preguntando sobre cuánta gente medicada con psicótropicos / psicofármacos, sigue conduciendo a diario en el respetuoso y amable tránsito porteño.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA EL MINDFULNESS COMO HERRAMIENTA DE AUTODISCIPLINAMIENTO NEOLIBERAL

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