FUENTE: EL PAÍS

Las lágrimas bien vertidas embellecen
Alejandro Roemmers

Su abuela Mary fue el sustento espiritual del niño que fue y del que todavía queda algún resquicio en su interior. Con ella se inició en la poesía.

Gracias porque fuiste abuela en las largas ausencias de mis padres, cuando yo era pequeño y la casa era grande;

porque fuiste ternura, cuando necesité una caricia y un abrazo que valga;

porque fuiste calidez, cuando en la mañana fría me cobijaba en tu cama;

porque fuiste música, mientras practicaba en el piano y tú, en la mecedora, escuchabas;

porque fuiste verano y vacaciones y Navidades, cuando tu casa de piedra nos recibía alegre junto al mar;

porque fuiste dolor, cuando peleaba con mis hermanos, y consuelo con tu palabra sanadora y dulce;

porque también fuiste tristeza, cuando tus pupilas verdes reflejaban mi soledad;

porque fuiste generosa con tu tiempo y tus bienes, y fuiste mi refugio cuando la vida fue dura;

porque fuiste poesía, cuando te escuché con pasión y luego te leí mis primeros poemas;

porque me diste sueños, cuando aún no soñaba, y alas, cuando aún no volaba;

porque me enseñaste que el amor siempre comprende, siempre persiste y siempre perdona, que un día con amor es infinito y una eternidad sin amor no es nada.

Gracias, Oma, porque me diste la serenidad y la calma, y el placer del silencio cuando la mirada acompaña.

Gracias por el niño que fui y el que siempre vivirá en mi interior, y por mostrarme, hoy como ayer, que las lágrimas bien vertidas nos limpian y embellecen el alma.

 

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