Un año más y otro Gay Pride tiene lugar en Buenos Aires, la capital de un país cuya historia se ha construido a partir del rechazo homofóbico por lo afeminado, entendiendo por esto no sólo el amaneramiento de las formas supuestamente masculinas, sino la exclusión de aquellos que no encajan en el parámetro de lo blanco, europeo y masculino. Es por esto que el Pride porteño no es otra cosa que el espacio en el que se confirma la homogenea diversidad del modelo de aquello a lo que todos suponemos tener que asimilarnos. Con un dolar a setenta y con un consumo restringido por las leyes de la gravedad financiera, la presencia non challant y ‘divertida’ de Novaresio, un verdadero guardián del orden neoliberal en este país, en los mencionados festejos habla tanto de él como de la comunidad que tan tolerantemente lo acoge. Esa presencia, desde ya, no debe entenderse como la expresión individual y tardía de la interioridad de un cincuentón sino como una intervención ideológica en en el espacio publico para actualizar sus credenciales de engranaje de una maquinaria cultural que metaformosea y disimula el limite entre la aceptación y la exclusión. Segun entiendo, el Pride es un ejemplo de travestismo ideológico que confunde el concepto de libertad con el de libertad de mercado lo que no hace otra cosa que perpetuar la falta de libertad.

El Pride, en la Argentina como en el resto del mundo, es la ramificacion de una serie de protestas que tuvieron lugar durante las decadas del setenta y ochenta y que tuvieron como momento fundante a los Stonewall Riots en el Greenwich Village de Nueva York en 1969. Lo que comenzó como una manifestación, se fue convirtiendo, con el devenir  del neoliberalismo en una celebración estructurada en el convencimiento de que el presente es el reino de los gays y el futuro el de los heterosexuales. Al no tener hijos de manera natural, ser gay equivalía a disfrutar, a veces hasta las ultimas consecuencias, lo que el presente tenía para darnos: trabajar, entrenar, convertirnos en nuestra mejor versión de lo que entendemos como erotizante… todo esto para… divertirnos on the dance floor. Si bien a primera vista, la bandera del arco iris, se constituye como símbolo de la diferencia, durante los ultimos veinte años los gays dejamos de ser aquellos que nos reuníamos en bares tras vidrios opacos para formar comunidad sin ser observados por una sociedad opresiva y luego exitarnos en los márgenes de lo legal con encuentros furtivos con lo diferente -entendiendo lo diferente como aquel macho, padre de familia y lleno de testorona que había sido confinado por las instituciones heterosexuales a un modelo de goce que se contradecía con lo que su cuerpo muchas veces le pedía. Durante las pasadas dos décadas,  sin embargo, la tecnología y la normalizacion del modelo de mercado desregulado impulsado en nuestros países primero por dictaduras y luego por modelos neoconservadores, acabó transformando a la idea de lo gay en el paradigma asimilatorio, por definición. Dicho de otro modo, la aceptación de la identidad vino de la mano de rechazar nuestra diferencia para transformar esa negación de uno mismo en… libertad. Cuanto más se gritaba que ser gay era sinónimo de libertad -como ahora un tanto a destiempo lo hace Novaresio-, más esa libertad se iba convirtiendo en su opuesto. Así, en un cuarto de siglo, lo gay pasó de ser definido por el deseo para serlo a partir de la pertenencia a un grupo socio-cultural. Si bien dicha pertenencia abrió una puerta para que el gay pudiera escaparse de una vida sin futuro para hacerlo tuvo que aceptar una idea del futuro ideada por los heterosexuales. Los gays entrabamos al futuro comportándonos como nuestros opresores: pudiendo ser padres e incluso animándonos -y nuevamente malentendiendo- la construcción de un modelo alternativo -gay- de paternidad basado en el modelo del consumo que muchas mujeres inclusive llegaron a ver como apetecibles. Finalmente, nos convencimos que todo tiempo pasado fue peor y que el futuro era el camino a seguir sin darnos cuenta de que nos metíamos en un esquema Ponzi en el que en lugar de dinero lo que invertimos fue nuestra identidad y nuestra diferencia.

Vengo de Irlanda de presentar una ponencia sobre el lugar del arte en el proceso de construcción de nuestro presente y la figura de Jorge Gumier Maier es extremadamente relevante para la historia del movimiento gay en la Argentina. Creador de la Galeria de arte del Centro Cultural Ricardo Rojas y su curador en jefe durante algunos años, desde su militancia en el Grupo de Acción Gay a principios de los ochentas, se diferenció de la incipiente y finalmente triunfante postura asimilacionista del Frente de Liberacion Homosexual que bregaba por la reduccion de la diferencia para, como diria la mujer del Chileno Piñera, ser menos ‘alienígenas’. Según los asimilacionistas, los gays deberíamos integrarnos al resto de las sociedad siendo menos locas y menos… diferentes. Para Gumier, en cambio, la ‘loca’ era pura imágen pero no en un sentido neoliberal sino en el sentido de la necesidad de disolver una agenda politica que siempre, por definicion, nos iba a excluir. A diferencia de lo que suele creerse, su posicion no era a-politica sino que planteaba que el cambio politico deberia ocurrir al nivel del rechazo de la asimilacion y del mercado. El problema es que una postura como la de Gumier acababa siendo tan enemiga del futuro como la de las musculosas drogonas que se divierten hasta que el cuerpo haga que colapsen.

La llegada de Novaresio al Pride es un momento icónico de la hegemonía del asimilacionismo gay. Su salida del closet no fue ni íntegra ni autónoma sino accidentada y oportunista. Este blog analizó varias veces aquella accidentada foto en la que la pantalla de su laptop mostraba el consumo de porno gay. El precio pagado por Novaresio por transformarse en un periodista afín a los intereses de una burguesía del ‘justo punto medio’ fue la del consumo solitario y masturbatorio de los productos que la explotación entre gays ponía a su disposicion. El goce por parte de un excluido de imagenes de otros excluído en el acto de ser explotados frente a camara, es otro episodio de la autoflagelacion masoquista motivada por la culpa de ser quien no se cree que uno  debe ser. Pero algunos años pasaron, y el neoliberalismo transformó a la homosexualidad en un híbrido de un modelo de ciudadanía definido por el consumo y el cambiante estilo de lo que es aceptado como gay.

Novaresio sale del closet sólo para hacer lo que el mercado le pide: mostrarse con alguien con las credenciales que el mercado valora -blanco, masculino, vendedor inmobilitario y instagrammer wannabe- para reforzar la fetichización del deseo como consumo. No hace falta mencionar que como periodista, Novaresio ha sido un guardian del orden que perpetuó la exclusión del diferente y congeló a ese diferente al lugar de aquel que solo puede tener un futuro en los términos del sistema. El es la encarnación de eso. Recién cuando lo gay se transformó en el laboratorio en el que un excluído puede transformarse en un modelo de ciudadanía a través del consumo, es que Novaresio decide pontificar su supuesta lucha contra la ‘clandestinidad’. Esa misma ‘clandestinidad’ diseñada por aquellos que hoy celebran un nuevo capítulo de su vida como títere. Un títere entre los zombies. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA UNA MIRADA QUEER DE LA REVUELTA CHILENA

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