ESTE TEXTO ES DE NUESTRO COLUMNISTA IVAN PUNIN

El pasado veintiuno de octubre tuvo lugar la reapertura –expandida– del MoMA. Dos de los principales y más emblemáticos medios culturales de la ciudad, el New Yorker y el New York Times, publicaron algunos artículos celebrando la expansión arquitectónica del museo y el “desentierro de su tesoro”, fenómenos que, se supone, van de la mano. En concreto, la noticia es la exhibición de un patrimonio desconocido hasta entonces, que incluye arte producido por artistas provenientes de sectores no hegemónicos (no-hombres, no-blancos, no-occidentales) en las nuevas salas de los más de 4300 m2 de espacio agregado. Los artículos de estos periódicos señalan la virtud de la curaduría principalmente en dos aspectos. Por un lado, se destaca la coexistencia, en espacios compartidos, de distintas disciplinas: pintura, escultura, fotografía, instalaciones, dibujos e incluso performances. Por el otro, remarcan el haber logrado reorganizar la colección permanente y las exhibiciones temporarias de un modo tal que, a priori, no supongan jerarquías entre los artistas o las obras consagradas y estas nuevas inclusiones. Es decir, las obras canónicas pueden aparecer colgadas junto a obras de artistas marginales con los cuales establecería un nuevo diálogo. Y esto, a su vez, propondría un nuevo modo de leer las producciones artísticas, alejándose de los ismos convencionales (simbolismo, cubismo, expresionismo, etc.). Sin embargo, deben leerse también otros aspectos de este cambio.

 

Si se tiene en cuenta lo estrictamente “práctico”, uno de los propósitos de esta expansión –que se cobró la vida del American Folk Art Museum–, se dice, es convertir al edificio en un lugar más “acogedor físicamente” y solucionar el problema de la congestión de gente. En ese sentido, los artículos se preguntan lo obvio: si esta nueva versión del museo convoca más público, ¿va a ser posible la descongestión o, por el contrario, va a presentar un problema mayor de sobrepoblación? Michael Kimmelman, el especialista en arquitectura del New York Times, señala que ante una mayor capacidad de ocupación se fomenta la intención de la gente en llenar esos espacios libres. De esto se desprende, entonces, que ante más gente circulando, más entradas vendidas (recordemos que ingresar al museo supone un promedio de U$20 por persona). Así, entonces, la expansión permite plantear problemáticas vinculadas al consumo ya no solamente en términos artísticos. Los metros cuadrados agregados no solo presentan más espacio para exhibiciones y nuevas galerías. Deben tenerse en cuenta, además, la creación de nuevos accesos, la inclusión de un área para intercambiar ideas (similar a los espacios de trabajo del estilo de WeWorks), y la expansión de los restaurantes y la tienda del museo, a lo que se suma una ampliación en el horario de visita. En este sentido, la institución parece convertirse un poco en un shopping mall: ofrece entretenimientos de todo tipo y contiene una multiplicidad de espacios para permanecer dentro. No por nada el propio Kimmelman sugiere que al adentrarte en el museo “podés llegar a sentir que estás entrando en una tienda Apple”.

Tras esto podemos pensar el problema de la relación entre la inclusión y el consumo: ¿no se trata una vez más de una posibilidad de, mediante el ardid de la inclusión, mejorar las posibilidades en términos mercantiles? Algo así pudo verse en exhibiciones como We Wanted a Revolution: Black Radical Women, 1965-1985 (Brooklyn Museum, 2017), en la cual el ingreso y egreso al pabellón de exposiciones temporarias coincidía con el despliegue de remeras, bolsas, y accesorios con mensajes feministas de la tienda del museo. La pregunta que subyace a todas, sin embargo, sigue siendo bajo qué parámetros se lleva a cabo la inclusión, y qué diálogos y propuestas supone. Es decir, cómo lograr ser inclusivo de una manera creíble en un contexto de shoppingmallización del museo.

Por último, resulta necesario mencionar y reflexionar sobre una de las expresiones claras de ambigüedad que plantea esta expansión del museo en relación con su voluntad inclusiva. El artículo de Schjeldal destaca una sala que homenajea a Frank O’Hara, poeta y curador del MoMA en los años sesenta. Al respecto, señala que O’Hara “nunca pudo ser reemplazado”. De esta manera, en plena celebración de la inclusión, el museo evidentemente no puede dejar de canonizar al hombre-blanco-burgués. Lo dicho sobre la mercantilización del museo y esta inclusión a medias –o forzada– reclama que nos preguntemos si el proyecto del MoMA no es oportunista y busca responder a las demandas actuales desde el beneficio económico y la corrección política.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA UNA MIRADA QUEER DE LA REVUELTA CHILENA

 

 

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