ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE CATU

Justo ayer pensaba en que, de niño, mi hijo nunca me preguntó qué era casarse, o por qué la gente se casaba y esas cosas… Y en qué le hubiera contestado en ese caso.

Yo puedo llegar a entender que –si estás muy bien con alguien (ponele)– quieras alguna vez hacer una celebración especial con tus seres queridos (esa soy yo amaneciendo, entre melanco y cursi, un domingo de noviembre). Pero de ahí a celebrar que vas a una oficina a hacer un trámite y, después, salir a tirar la casa por la ventana… Qué sé yo.

Para empezar, no me queda claro qué puede motivar a alguien, en 2019, a pasar por el Registro Civil. ¿Cuál es el sentido de hacerlo? ¿O cuál puede ser la relación, por ejemplo, entre el amor y las oficinas desangeladas de Uruguay al 700? Y así sucesivamente.

Nunca se me ocurriría salir a celebrar que renové el documento y quizás por eso no comprenda a quienes pasan por el Registro Civil –posiblemente para lograr algún tipo de exoneración o beneficio tributario (?), suponiendo que ése sea el tipo de cuestiones que puedan mover -por ejemplo a algunos porteños contemporáneos- a casarse en este siglo XXI occidental…– y luego esa cosa de mandarse la gran festichola gran.

Hace un par de años, uno de mis mejores amigos tuvo un episodio muy serio de salud. El hecho no pasó a mayores pero me imaginé que algo de todo cuanto atravesó fue lo que los llevó a él y a su mujer a decidirse a visitar el registro civil de Villa del Parque.

Me acuerdo que, de modo inesperado, a mí me pidieron que supervisara a los dos críos, por entonces preocupante y divertidamente agrestes. Opté por dejarlos trepar por el alambrado (en tanto y en cuanto no representaran un peligro para sí mismos ni para los demás), mientras que algún viejo amor se acercó a saludarme cariñosamente. Recuerdo que me reconfortó el gesto y me alegró verlo bien, aunque en ese sentimiento no me quedara más remedio que reconocerme como una persona irremediablemente adulta casi a su pesar.

Cuando el juez de paz (o como se llame) terminó sus palabras, mi amigo se emocionó como nunca antes y los cuatro se abrazaron.

De ahí fuimos a almorzar al salón de un club de barrio, con sus amigos también del barrio y de toda la vida, y los de la facultad, donde aún ambos hoy trabajan.

A diferencia de otros casorios a los que me invitaron, a éste quise y pude ir, y no me costó vestirme o elegirles el regalo (después de unos quince años de convivencia, confié en que una de esas buenas ediciones del Kamasutra tal vez los haría reír un rato).

Pero hubo otras bodas que tardé bastante en llegar a comprender (por ejemplo, durante cierto tiempo me causó asombro la seriedad con que mi amigo pintor encaró su casorio gay en Alemania, sobre todo porque –de nosotros dos– el desestructurado siempre había sido él). Y hubo otras bodas a las que ni siquiera logré ir.

Sí fui a la boda con misa de esponsales de otro de mis amigos históricos. Influyó que –por ser tan histórico mi amigo– él recordara bien lo que me pasaba con estas convenciones sociales e hiciera especial hincapié en la invitación. No tuve corazón para pegar el faltazo.

Los preparativos de su boda no fueron la excepción en cuanto a esmero organizativo de los anfitriones, anhelos de originalidad o preocupación por los imprevistos (por el descuido o infidencia de alguien del juzgado en que se desempeñaba la novia, los detalles de la celebración llegaron a oídos de un grupo piquetero que amenazó con ir a plantarse frente al altar de San Martín de Tours, si la prometida no les sacaba una resolución favorable, a más tardar el mismo viernes de la boda).

La misa de esponsales se me hizo larguísima, igual de tediosa que las anónimas ceremonias en hebreo que alguna vez me tocó presenciar de niña (increíble pero real, mi abuelo había sido un judío moderno y más bien de izquierdas, cero practicante, pero mi padre terminó convertido en vocal suplente, o algo así, de la comisión directiva derechosa de una sinagoga, y se ve que algunos viernes no había planes mejores en casa).

Por entonces se hablaba mucho del boato de las ceremonias judías pero yo apenas si recuerdo que la única gracia era lograr ver –un instante y desde arriba– los pomposos vestidos setentosos de las novias de la cole (por ser féminas, nos confinaban al primer piso con mi abuela la austrohúngara… Curiosamente, en eso al menos, era más piola la iglesia de mi abuela la ibérica).

También recuerdo que una vez tuvimos una boda y un funeral: Un roedor empezó a trepar por la pared junto al órgano y lo ajusticiaron los del coro en el primer piso. ¡PAF!, sonó mientras algo entonaba Leibele Schwartz.

Pero volviendo a la misa de esponsales, supongo que –aunque feligresa del dios de los agnósticos– nunca dejé de tomarme muy en serio (y medio a mi pesar) las religiones ajenas y ese afán de casarse de blanco: En el caso de mi amigo histórico, la novia –que ya era mamá de un preadolescente– terminó resolviendo gastar una pequeña fortuna porque tenía la ilusión de que Adot le diseñara el vestido.

Y al cura que les dio el curso prematrimonial o como se llame, se cuidaron de no comentarle que ya llevaban –por lo menos– un año de convivencia.

You’re fooling yourself

You ain’t fooling me

…cantaba Phil, y a mí siempre me daban ganas de preguntarles qué era eso de casarse de blanco candor, blanco pureza, blanco inocencia, y mentirle burdamente a su dios que, como bien sabemos todos acá, es omnisciente.

(En fin… Cambiando de tema, acá en la mesa me dejaron una muestra de un perfume nuevo de la firma Rapsodia: “Una chispeante sensualidad de las notas de salida, gracias al frescor de los cítricos italianos…” y me quedo pensando en el adjetivo “chispeante” y en qué estaba pensando quien lo acompañó con el sustantivo “sensualidad”. Y en lo ocurrente que estuvo quien acuñó lo de notas “de salida”. Y en por qué habrán usado letras cursivas para escribir “cítricos italianos”. Y en por qué pusieron “esencia”, “absoluto de rosa” y “jazmín absoluto” también en mayúscula. Y en qué cuernos será el Absoluto de Rosa. Y en mi conocida que todas las temporadas le tiene que inventar nombres a los colores del catálogo de la tintorería industrial o en mi ex novio que escribió durante algún tiempo horóscopos para el Bazooka).

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA ESTANISLAO FERNANDEZ

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!