Al menos para mí, la espera se acabó y la tercer temporada de mi telenovela favorita llegó a Netflix. Por supuesto, me refiero a The Crown, la creación de Peter Morgan. Durante las dos primeras temporadas pudimos disfrutar la personificación de Isabel II por Claire Foy acompañada por Matt Smith, la impresionante Vanessa Kirby y Matthew Goode como Philip, Princess Margaret y el ‘pervertido’ fotografo Antony Armstrong-Jones, respectivamente. El placer de la primer temporada radicaba en hacernos testigos del proceso de transformación de la princesa Lilibet de fresca, joven y llena de vida en una reina estoica que intenta definir su rol en un mundo en constante cambio en el que las monarquías son empujadas hacia el extremo de lo meramente ornamental. En la primer temporada, una princesa Elizabeth con enormes ojos que competían con las joyas que muy pronto iba a comenzar a usar, se entera de la muerte de su padre en un cabaña en la copa de un arbol en una reserva de animales salvajes en el medio de la sabana de Kenia, al lado de su marido, semidesnuda y con piel tostada. El silencio imperante en el vuelo que la trae de vuelta a Londres marca un cambio de temporalidad del presente historico a un presente sacramental en el que nada cambia ni se expresa. Desde ese momento, nada será lo mismo. Es por esto que The Crown es una serie entrópica que va de la frescura a la muerte y de la vitalidad a la paralisis. The Crown es la historia de la progresiva perdida de la frescura, belleza y humanidad de una mujer que se encuentra en un lugar de privilegio y que no deja de lamentarse, aunque no lo parezca, de eso. La expectativa por la tercer temporada radica en ver cómo logran mantener el mismo interes en personajes que se cierran y marchitan.

Para representar a Elizabeth II en su mediana edad se convocó a Olivia Colman, una gloria británica y reciente ganadora del Oscar por The Favourite en donde personificaba a la Reina Anna y su relacion con lesbica con Sarah Churchill quien ironicamente es ancestro directo de Winston Churchill. La cuestion con el modo de actuación de Colman es que todo personaje que hace e hizo en su carrera suele tener un grotesco lado B que tiende a producir risa y cuya efectividad depende de que sea evidente a primera vista. Es tal vez por esto que se la ha convocado para darle vida a una reina sin emociones pero que, al mismo tiempo, tiene que dar cuenta de cierta humanidad para hacer que la telenovela se mueva en alguna dirección. Las dificultades de este cometido se van a hacer evidentes en el episodio tres. Por su parte, la tragica belleza de Vanessa Kirby como Princess Margaret es reemplazada en la mediana edad por una regordeta, exageradamente maquillada, glamorosa y patetica Helena Bonham Carter.

‘Olding’ es el título del primer episodio y establece el tono de aquello por venir. El guión gira entorno de la imágen en tanto representación y encuentra en la doble identidad de Anthony Blunt, director del Courtauld Institute en el que este blogger estudió historia del arte durante casi diez años, el eje para que estos cuestionamientos sobre lo que es real y lo que no lo es se desplieguen. El comienzo del episodio es frío como esta reina y la encuentra en un salón de Buckingham Palace supervisando los bocetos de las estampillas que llevarán su esfigie ‘imperial’ de la mediana edad en reemplazo de su representacion anterior. Oficialmente, es el momento en el que en la serie se pasa la antorcha de Foy a Colman. De entrada, Isabel es confrontada con su propia mortalidad y su sentido del humor ya no tiene la frescura del de Foy sino que es mas amargo y… británico… al referirse a ella misma como ‘un viejo murciélago’. Desde ya, preferible al modo en el que la califica uno de sus aduladores cortesanos como ‘madre de cuatro hijos y soberana establecida’.

‘Olding’ comienza en Octubre de 1964 cuando, por primera vez, durante su reinado, Elizabeth ve a la vieja guardia del Partido Conservador ser eyectados del gobierno y luego morirse. Churchill se muere inmediatamente despues de que ella se viera forzada a invitar al Laborismo a formar un nuevo gobierno. Esto, desde ya, no sorprendió a nadie dadas las devastadoras consecuencias del escándalo Profumo, clave en el final de la temporada dos. De entrada, Elizabeth está visiblemente nerviosa al tener que trabajar con un Primer Ministro como Harold Wilson que no viene de su círculo social y que para peor, según dicen los rumores, es un espía de la KGB. Todos parecen estar seguros de esto: Prince Phillip -Tobias Menzies- y Winston Churchill -John Lithgow, para empezar. Sin embargo, en una escena en la que Colman representa a una Elizabeth patéticamente confundida, el jefe del MI5 le asegura que hay un doble agente en lo más alto del establishment inglés pero no en Downing Street sino en Buckingham Palace. Y este doble agente no ha llegado recien como el Primer Ministro sino que ha estado pasando informacion por más de diez años. Esa figura es ni más ni menos que Sir Anthony Blunt -Samuel West-, curador en jefe de la colección real y director del Courtauld Institute of Art durante casi veinte años. Blunt era parte de un exclusivo club de gentlemen homosexuales de la Universidad de Cambridge que fueron reclutados allí, entre fiesta y fiesta, por la KGB para, a través de ellos, infiltrarse en los estamentos más elevados del establishment británico. Lo interesante del caso es cómo la historia es contada a través de la puesta en abismo del barroco en el que Blunt era uno de los máximos expertos.

En principio, la presencia de un espía en su palacio da la pauta de lo patéticamente impotente de la monarquía a mediados del siglo XX y de la carcasa putrefacta a la que el imperio en pocos años había sido reducido. Si bien el MI5 obtuvo una confesión de Blunt, decide que es mejor no condenarlo ya que hacerlo equivaldría a reconocer todo lo anterior, es decir, que el Reino Unido es el espectro del imperio que alguna vez fue poniendo en peligro su relación con su principal aliado, los Estados Unidos. A partir de allí, la narrativa pasa a contarse como análisis de historia del arte antes de la muestra que Blunt cura con obras de Annibale Carracci, Lorenzo Lotto, Rubens y Rembrandt. Como Blunt plantea, la imagen es siempre evasiva y el medio para su analisis es la alegoría, un mecanismo retórico de desplazamiento que parte de un fracaso, el de la exactitud de la representacion. En otras palabras, en el arte como en la vida, nada es lo que parece y un retrato puede contener varias versiones de la misma persona. Depende desde donde se la mire. Por eso cuando el Primer Ministro responde la pregunta de la reina de si le gusta el arte, él le responde que prefiere los números que son más confiables.

La maravilla de este episodio es la hipótesis -que debo admitir me sorprendió- de que como experto en imágenes, Blunt tuvo acceso a los retratos que supuestamente habrían sido hechos por Stephen Ward, el osteópata/proxeneta del escándalo Profumo en una de las varias ocasiones en las que el el Duque de Edimburgo supuestamente asistió a una de las fiestas sexuales allí organizadas. El conocimiento de ese material le da el suficiente poder aún despues de haber sido descubierto como un doble agente para rechazar el maltrato de Philip durante la apertura de la muestra quien le pide que renuncie y no los obligue a vivir bajo el mismo techo. Tengamos en cuenta que Blunt como curador en jefe de los cuadros de la reina vive en Buckingham Palace. Blunt rechaza esas amenazas diciendo que, en todo caso, él no es el único mentiroso cerca de la reina. De pronto, su analisis de lo alegorico en Rembrandt y Lotto salta de la tela y se transforma en la realidad de la vida palaciega. Esto reafirma la patética impotencia de una monarquía que ni siquiera se puede deshacer de un doble agente soviético sino que muy posiblemente le tuvo que conseguir otro tipo de honores como, por ejemplo, la direccion del Cortauld Institute para que no hablara. De hecho me sorprendió saber tras leer la biografia de Blunt que se le habilitó el piso superior del Courtauld para vivir y alli hizo sus famosas fiestas gay aun despues de ser descubierto como espía soviético. Evidentemente el nivel de chantaje al que sometió a la familia real alcanzo niveles insospechados.

Es la imposibilidad de Elizabeth lo que rige este primer episodio. Cuando se encuentra con Winston Churchill en su lecho de enfermo este le habla de la inminente elección y ella deja en evidencia su preferencia conservadora pero aclara que su opinión no modifica nada porque ni siquiera puede votar. Tampoco puede echar a un traidor a la patria que vive bajo su propio techo. Es como si su trabajo consistiera en cultivar esa impotencia y en transforamarse en una estatua. Para parafrasear a la almohada bordada en la cama de Princess Margaret: ‘It’s not easy being a queen’. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA ESTANISLAO FERNANDEZ Y LA QUEERIDAD BANAL DEL HIJO DEL FUTURO PRESIDENTE

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