Debo confesar haber disfrutado el reality de Artemis en Netflix más de lo esperado pero no por lo intencionalmente representado como narrativa sino por lo implicado. La serie presenta la versión autóctona, en el sentido más literal, de documentales como el de Raf Simons al hacerse cargo de la dirección creativa de Dior quien aparece en cámara llorando de stress antes de su primer show para la celebre casa parisina. Otro guiño es a personajes como Nigel de The Devil Wears Prada quien paga bastante cara su vocación de diseñador/stylist que, según la pelicula, no es otra cosa que la elaboración del trauma del gay rechazado en su pueblo rural de orígen antes de llegar a la gran ciudad. En esta traducción Netflixiana al ‘neo-lunfardo’ Macrista aquellas historias de normalización gay devienen en la gesta del ‘wunderkind‘ que se hace desde la periferia.

El énfasis en la autosuperación es evidente desde el primer episodio y es lo único verosímil de la narrativa ya que Artemis literalmente desde la nada se ha hecho un lugar pero en la definición de ese lugar o, mejor dicho, en las dificultades para definirlo es donde el show se vuelve peculiar. En principio, su ‘éxito’ es medido en términos de fama -lo reconocen por la calle- o followers pero no en money o excelencia. Cuando presenta su colección en el punto culminante que organiza toda la narrativa de la serie, aquellos que supuestamente hacen dos cuadras de cola para verla no son compradores sino estudiantes que ven en él algo así como una inspiración o una esperanza en un mercado laboral estancado. En otro momento, en el que decide mostrar su coleccion a un ‘selecto grupo de clientas’ no lo hace en su atelier porque no hay espacio aislado y tranquilo para hacerlo -ya que es un patio de oficinas alquiladas- sino que tiene que hacerlo en un austero espacio del Melia. Lo mismo ocurre con sus clientas que, casi sin excepcion son feuchas, poco glamorosas y no parecen tener el poder adquisitivo que nos permitan afirmar que este diseñador de alta costura es un éxito. Sin embargo, es en el modo en el que el documental y Artemis, en particular, intentan barrer dicha realidad debajo de la alfombra o, mejor dicho, tergiversar la realidad donde radica el entretenimiento en el programa de Netflix.

Digo esto porque todo, absolutamente todo, está atado con alhambres y cuando digo atado con alhambres no digo que lo que se ve es maravilloso pero no hay demasiado que lo sostenga sino que, por el contrario, lo que se muestra está, ya de por sí, atado con alhambres. Uno vé constantemente los alhambres y la inteligencia de Artemis es estetizar el fracaso de la suspension del descreimiento. En el primer capítulo, por ejemplo, llegan con su novio -al que despues acusa de no poder siquiera invitarle un té- de Japón de comprar telas que luego quedan retenidas en aduana por lo que tiene que ir a Once a comprar más, ocasion que aprovecha para aclarar que ‘la gente cree que las telas del Once son baratas pero no lo son’. De vuelta de Japón, afuera del aeropuerto lo espera su amigo chofer -o mejor dicho, no los espera sino que se retrasa porque estaba usando el auto como Uber mientras intenta establecer algun tipo de dialogo con su melancolico novio. Al llegar a su atelier, de un vuelo de treinta y seis horas, sin tiempo que perder y para ponerse a trabajar, lo que encontramos es un espacio tipo patio en la planta baja de uno de esos desarrollos palermitanos con oficinas en los pisos superiores. Dicho de otro modo, no es un local sino un galpón alquilado con gente constantemente mirando hacia abajo.

El motor de la serie es su devoción por su carrera que es presentada en un loop neurótico. Esa obsesión provoca un desdoblamiento, como lo explicita su psicóloga, entre ‘Santiago’ y ‘Artemis’, es decir, entre el jóven de carne y hueso que se hizo desde abajo en Ushuaia y el diseñador más exitoso de su generación, tal y como él mismo se quiere presentar. El primer problema es que, como se ve en la serie, en la Argentina no hay diseño sino ciertas actitudes transformadas en pequeños emprendimientos. Es en la anatomización de esa noción de emprendimiento donde radica el fundamento ideológico y profundamente macrista de la serie. Artemis es difícilmente un creador, mucho menos un artista. Lo que hace es remixar algunos elementos ‘ready made’ como moldería ya preparadas de la revista Burda con algunas ideas -‘ponele hombreras a todo- a lo que, alquímicamente, considera como ‘super total top’ y esto lo combina con un par de ideas de diseño de madrina de quiceañera latinamericana ajustando las costuras. Las ejecutoras de esto son un equipo de costureras o, mejor dicho, modistas de barrio que hacen el trabajo de base sobre el que él luego le pone su performance y todo esto deviene en una supuesta creacion de valor. Como modelo de negocios me cierra pero muy lejos estamos de alta costura o de un empresario de la moda. Lo suyo es, a todas luces, una PYME al servicio de su promoción en tanto personaje Minujinesco. La razon para que esto no termine de consolidarse como negocio es que, alguien debe decirlo, los diseños son muy mediocres y el styling -tanto en el desfile como el de él como personaje deja mucho que desear. Sólo debe verse la cara de Xuxa cuando se ve confrontada con el diseño que él le lleva de regalo.

Sin embargo, es en la precarización y el fracaso disimulado como éxito donde Artemis deviene un modelo de emprendedorismo y lo cierto es que habla con claridad, dirige a aquellos que colaboran con él con dinamismo y sabe vender. Artemis no es ni nunca sera un artista pero es un inteligente hombre de negocios. Desde ya su orígen social, en una sociedad sin movilidad ascendente le impidieron tener la formación suficiente ni el capital para transformar ese talento en potencia empresarial. En lugar de eso, Artemis hace de la necesidad virtud ‘poniendole toda la garra’ que sus veintipico le permiten y esto es lo interesante de ver. A mí, él me cae mejor despues de ver la serie que antes. Sin ir más lejos, la serie tiene algunos pocos momentos en los que el ruido se hace silencio y la reflexión aparece. De pronto, mira a camara y se dice a sí mismo: ‘che, tengo solo veinteiseis años’ y al hacerlo dice una verdad muy obvia pero al hacerlo tambien coadyuva a la conformación de un modelo de ciudadano que hace que los productores de Netflix lo hayan visto como uno de los pocos ejemplos disponibles a ser transformados en modelos generacional de ciudadanos/consumidores. Desde ya, el costo de esta neurosis obsesiva por hacer aquello contra lo que el país y su propias carencias de orígen conspiran son una serie de problemas de cervical, una evidente incapacidad para relacionarse emocionalmente, y la reduccion de su vocabulario a no más de cien vocablos, algunos de ellos compuestos por palabras.

El tercer episodio es el único en el que estos elementos dejan de ser simplemente enunciados una y otra vez para ir en algún tipo de dirección. En él se explora más en detalle esa construcción romántica del mito Evitista del jóven del interior que va a Buenos Aires a seguir sus sueños. Aquella declaración de personalidad destacada de la cultura en Ushuaia de la que el blog en algún momento se ocupó debe entenderse como parte de la producción de este documental y ponen en evidencia el patetismo del intendente de prestarse a semejante juego. En pocas palabras el emprendedorismo de Artemis sigue los lineamientos del proclamado por Richard Florida en el sentido en el que se busca maximizar beneficios con un minimo de inversion y se funda en un excesivo enfasis en la actitud, en la cantidad seguidores en Instagram -aunque a decir verdad este no es su fuerte-, en la gente que lo para en la calle o en la cantidad de ‘invitaciones para eventos’ que consigue y ciertos refritos cosméticos que disimulan la falta de inversión empresarial real o relevancia cultural. El modo en el que esquizoidemente oscila, como si tuviera Turrets, del castellano al inglés constituye el tipo de disrupción del lenguaje que no puede sino leerse como una coraza orientada a prevenir cualquier registro de lo real. Este, al menos, por lo por él expresado en sus televisadas sesiones de psicoanálisis, es el mayor problema de Artemis y desde ya, de la serie. Su necesidad de disimular sus carencias atentan contra su obvia inteligencia empresarial y eso lo condena al limbo de no ser ni Santiago -por sus imposibilidades emocionales- ni Artemis -por la fala de inversion, creatividad y contexto real para el desarrollo de su marca. Un momento clave de la narrativa es el beso que le da a un rubiecito con el que reemplaza a su previo y limitadísimo novio. Debo decir que el beso de Artemis me impresiono por lo tosco ya que no besa sino que escarba con la boca o, mejor dicho, anuncia que no quiere al otro demasiado cerca. Su beso no atrae sino que repele. El beso, de algun modo, funciona como ese constante pasaje del castellano al ingles como signo cómico de ‘fabulosidad’. Son separaciones en lugar de puentes.

Lo interesante de Artemis es que cultiva a este personaje como proyecto siendo perfectamente consciente de que la clave radica en la performance de su fracaso en el intento. El que construya su identidad desde el morochito araucano del extremo sur del país preserva su narrativa del narcisismo del pendejo de clase media porteña cansado de no recibir lo que supuestamente se merece. Es en esa pujanza en donde Artemis se vuelve interesante y lo sabe. Prueba de esto es cuando elige a su asistente y decide no optar por el lindo caucasico que habla perfecto francés sino por el morochito peruano inmigrante ‘que le recuerda a él’. En este mismo sentido, el apoyo de Pampita al decidir usar uno de sus diseños no obedece a su talento sino a que ‘llegó desde el interior como ella’. Son los rasgos de ese narcisismo reconocible a traves de la lucha y el esfuerzo por penetrar el sistema desde afuera en donde Artemis potencialmente brilla y en donde se convierte en un modelo de ciudadano neoliberal justificando el pasaje del trabajo esclavo inmigrante al exito en pocos años como un salto alquímico. Vale decir que para que ocurra la alquimia los elementos deben transubstanciarse mientras que en el caso de Artemis lo unico que se hace es esconder los elementos tras una fachada de elementos alquilados atados con alhambre.

Sin embargo, en el tercer episodio hay un momento genuino en el que Artemis se anima a vincularse con su deseo más allá de su compulsiva adicción a la construcción de su propio personaje. Me refiero a su visita a Xuxa, su ídola de la infancia. Uno puede reconocer su amor por Xuxa en sus ‘diseños’ reminiscente de la ochentocidad de la brasileña y sus paquitas. En el episodio en cuestión ocurre el encuentro entre la Diosa lésbica y su ‘hijo gay’ y es el rostro de ella el que refleja la realidad de lo que acontece. Con un manejo emocional a años luz de lo que puede procesar él, ella confiesa a cámara sus nervios al ser consciente de lo que representa para él y no querer decepcionarlo. Ese es un momento tan especial en la vida de un joven en la que, a decir verdad, no hay demasiados momentos ‘reales’ por lo que no sorprende su decisión de salir corriendo a grabarlo en su piel con un tatuaje inmediatamente después.

No podemos terminar un análisis de Artemis sin hacer referencia a la cuestión de género. Lejos de un drag queen, Artemis es un chonguito muy masculino. Esto sumado a su practicidad orientada a los negocios lo hace un personaje muy falico. El uso de la ropa femenina en él funciona como otro nivel de esa coraza que ya, por lo que vimos, tiene varios niveles. La idea es nunca dejar que el interlocutor encuentro un modo de acceder a él. Lo que en Warhol era arte conceptual, en Artemis no me queda claro si es incapacidad emocional, sentido de los negocios o ambos. El hecho de que este miedo a conectar con el otro por miedo a que se descubra que es un impostor es tematizado en la serie en sus sesiones con la psicologa lo que es uno de los buenos momentos de la serie. Sin embargo, esta tematizacion no lo redime. Ver el problema no implica poder cambiarlo.

Para terminar. Artemis aparece como un personaje retro pero no como a él le gustaria serlo sino porque pertenece a un tipo de emprendedorismo ya obsoleto. Lo suyo no es ochentoso sino, como diria él, very 2005. Artemis es lo anti-queer. Lo de él es un pastiche posmoderno cuyos diferentes elementos se anulan entre sí para evitar tener que plantear una posición ideológica más allá de que la única ideologia posible es la de triunfar, ser famoso y ganar dinero. El fálico Artemis es patriarcado ortodoxo buscando sobrevivir. Madonna dos punto cero. Once a mormon always a mormon. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA HIJO SUPUESTAMENTE QUEER DE ALBERTO FERNANDEZ

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