ESTE TEXTO ES DE NICOLAS

Ayer terminó la cuarta edición del Festival Perfuch, en UV estudios (Villa Crespo). El festival contó con un gran número de espacios, actuaciones y personajes heterogéneos: una “tatuería” (un lugar para hacerte tatuajes gestionado por dos personas disfrazadas de hormiga), espectáculos musicales, proyecciones de caricaturas, lecturas de poesía, a Sergio de Loof firmando una remera y un cuaderno (“100$ el autógrafo”; negocio auténtico o no, De Loof genuinamente se pregunta: “¿Vos podés creer a lo que llegué? Soy un monito tití”), una mujer cocinando unas galletitas con huevo, el paseo de un ratón gigante con una mujer en silla de ruedas cantando ¿ópera?, entre otras “intervenciones”. La pregunta sigue siendo cómo abordar tanto la forma como el contenido de esta –llamémosla– disciplina artística, cuando hace todo lo posible por borrar los límites de lo definible. Ya su propio nombre es muy amplio y generalista: una performance es, justamente, una actuación. No se habla ni del cómo ni del qué. Esto le da la ventaja de que, en principio, la crítica no sería sencilla en tanto el objeto en sí representa un problema de definición. Pero supone también el razonamiento lógico de que si un objeto no tiene definición, entonces todo (y nada) lo es. En ese sentido, arma su escudo ante la crítica y la posible indiferencia generalizada. Y a su propia indefinición se le suma el otro elemento clave de los performers y de la disciplina: su inagotable autocomplacencia.

 

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Villa Crespo, Buenos Aires @FranVisconti @mariano.blatt

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Uno de los primeros “números” de Perfuch presentaba un conjunto de heterogeneidades que sirve de ejemplo a las posibilidades de una “perfo”: medio un espectáculo de títeres, medio una proyección, medio una obra de teatro experimental, medio una videoinstalación… pero exactamente eso, y no otra cosa: un tipo queriendo hacer medio todo y, por eso, no haciendo nada. Otro era un grupo de personas medio desvestidas y medio vestidas con cuero y cadenas, pintados con heridas medio a la indio del litoral, y representando una especie de ritual callejero con música electrónica y luego con reggaetón; la gente que estaba mirando ahí fue entrando tímidamente en este círculo-ritual y la intervención tuvo entonces más elementos de indefinición. O más elementos de complacencia: si entre todos participan y se muestran conmovidos, el festival funciona. Diversión impostada: ahora por ti, en un rato por mí. Así, mientras que se propone disruptivo, no hace sino reafirmarse en la tradición (contra la que supuestamente discute) juntando un poco de acá y otro tanto de allá. Y todo en un marco de relativa seguridad: en Villa Crespo, en calles no muy transitadas y entre amigos disfrazados de feria americana.

Puede pensarse también si no hay, en realidad, una frustración en estos artistas que los impulsa a expresarse de esta manera medio así nomás, medio exagerando, medio haciendo cualquier cosa. Como decía, el factor autocomplaciente evita la comparación. Esto es: si yo pinto un cuadro “a lo impresionista” mi medida siguen siendo los impresionistas. La performance quiere evitar la comparación y, en ello, intenta dotar de unicidad al acto. Pero eso no implica que sea bueno ni especial. Sin embargo, además de una pose lograron armar un discurso y hasta su propia frase hecha: “poner el cuerpo”. Más autocomplacencia, sobre todo, cuando viene remarcada con el sujeto que importa: “yo pongo el cuerpo”. Pero es más de lo mismo: pensar una historia del arte en la que se hace a un lado lo que no conviene y se deja aquello contra lo que se opone; en este caso, el arte institucionalizado. Otra de las performances, la de “Rodri & Lenny” (un humano y su perro), era justamente una cita a La Creación de Adán de Miguel Ángel. Era una proyección de un cielo sobre una pared con telas blancas que servían al efecto de texturas de las nubes, y dos sillas. En una el perro, en la otra… él, en pelotas, chupándose el dedo para que el perro se lo chupara y lograran ese momento instantáneo característico de la pintura. Nada que no se podría haber resuelto con una fotografía, en cualquier otro lado; pero justamente el espíritu de la performance pretende “transgredir el orden” presentando personas desnudas. Parece haber una excusa siempre válida para ponerse en pelotas. Eso está claro; lo que no termina de quedar claro es el contenido, la idea detrás, la autenticidad del gesto. 

 

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Linea B, Villa Crespo, Buenos Aires

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El auge de esta nueva ola de performance se da en un contexto de redsocialización y del fenómeno –tampoco nuevo– del DIY (do it yourself). Con esto quiero decir que, mientras que hay una aceptación de un sinfín de material –instantáneo y sin mayores “cuidados”– compartible en redes sociales, hay también espíritu de que hacer “medio cualquier cosa” implica un cierto gesto artístico, una determinada estética (los memes son un ejemplo de esto) o que simplemente “está bien”. Como el foco está en el hacer, eso mismo cuaja en ese todo heterogéneo que es el mundo mismo. El tema es que si todos realizamos y compartimos nuestras producciones “así nomás”, entonces cuesta ver cuál de ellas implica un gesto auténtico y pensado, y cuál no. Lo que en tal caso evidencian es la falta de algún tipo de talento artístico específico compensado con muchas ganas de figurar en cierto circuito del arte y, desde ahí, en lo institucional; es decir, en el mercado y en el circuito del dinero. Eso es, al menos, lo que se ve con probablemente una de las mayores y más exitosas exponentes de la performance: Marina Abramovic (es decir, la mentora de Dignity Rivero). El problema es reclamar un nombre –“artista”– y un lugar –el arte– que está tradicionalmente vinculado con otro tipo de concepción de obra, de artista, de materialidad, de técnica, etc. Pero también con lo profesional. Es llamativo y paradigmático que en un determinado momento del festival De Loof le pregunta a una organizadora: “¿Qué es PERFUCH?”. Y luego de firmarle la pollera a una piba, ella habla de la obra que ahora posee: “Esto enmarcado, un millón de dólares”. Por eso más que ser un territorio inseguro, la performance es justamente la “disciplina” más segura de todas en tanto nos hace ingresar en el gran territorio de lo indefinido: ahí donde podemos sentir que estamos haciendo algo, pero con el resguardo necesario para que si a alguien no le interesa, sintamos que son ellos quienes no comprenden.

MI OPINIÓN SOBRE PERFUCH EN MI CHARLA CON NICOLÁS EN EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA