La muestra de William Blake en Tate Britain esta a punto de terminar y llega en el momento indicado. Un momento en el que Inglaterra oscila entre la fantasía mesiánica del obsoleto destino imperial y la realidad de su irrelevancia post-victoriana, en la que, ademas, ya viene viviendo desde hace casi un siglo. El particular interés que genera este show, sin embargo, es que no está centrado en la obra de Blake en sí misma sino en lo que la rodeó sin caer en contextualismos. Dicho de otra manera, lo que importa son las condiciones en las que la obra fue producida, fue puesta en circulación y en el modo en el que fueron miradas. La muestra deconstruye a Blake al posicionarlo como una encrucijada cultural en un momento en el que Inglaterra necesitaba repensarse o, mejor dicho, pensar un futuro desde la negación de su presente. Esto hace que la muestra tenga un tipo de honestidad poco común en muestras de los grandes campeones de la cultura nacional en Europa. Por momentos, resiste la tentación de canonizar al tesoro nacional que es Blake.  En este sentido, el modo en el que Blake es presentado como alegoría de Gran Bretaña lo revela como inseguro, aislado y a veces, desconectado de la realidad.

La muestra está organizada cronológicamente y nos lleva por los éxitos y fracasos profesionales de este artista sin caer en la monumentalizacion por la monumentalizacion misma. La decision de incluir al final del recorrido una reconstrucción arquitectónica en tamaño real de la sala en la que organizó la mítica muestra individual de 1809 permite al espectador posicionarse como el espectador original para quien los ‘delirios megaloganíacos’ de las construcciones míticas de Blake contrastaban con la realidad de una vida al margen de las instituciones y bajo la protección de su familia. Vale decir que esa primera muestra tuvo lugar en el piso superior de un local comercial de venta de medias en el Soho Londinense. Mientras que sus obras hablaban del lugar mítico de Inglaterra en le mundo y de su destino imperial, la sala era un cuarto al que los visitantes accedían atravesando las medias. Pero esa muestra sacudiría -si bien no en su momento en el que pasó sin pena ni gloria – los cimientos del arte ingles. De hecho, hubo una sola reseña periodística que lo calificó como ‘un lunático desafortunado’.

Algo interesantísimo en la muestra de la Tate es que los curadores agregaron a la reconstrucción de la sala de Soho, un sistema de luces de tipo holograma que permite apreciar las pinturas con la vivacidad de sus colores originales como se veían en 1809  al tiempo que el espectador oye los poemas de Blake recitados por el actor Kevin Eldon. La decision de prestar relativamente poca atencion a las figuras mitológicas por el creadas en sus acuarelas y grabados para, en cambio, poner el foco en sus condiciones de producción y comisión nos permiten poner luz sobre el modo en que Blake rechazó la pintura académica -de historia, de tamaño gigante y al oleo-  y el chiaroscuro barroco para crear un nuevo tipo de imagen que, tal y como ocurrió se volvió rápidamente ocultista y espiritualista. En algunas imagenes, las figuras tiene la consistencia del cristal y se entrecruzan como si fueran partes de una tracería gótica. La estrecha relación entre arquitectura y la obra de Blake es evidente y pasa a tomar un lugar fundamental en la experiencia física del espectador en la muestra. Por su parte, el modo en el que la luz tenue es dirigida sobre las acuarelas permite resaltar las figuras que parecen como si fueran de cristal y a través de las cuales la luz es descompuesta como un prisma lo que puede alegóricamente ser leído como la preconfiguración de un futuro postcolonial en un Blake que venia en el imperio la posibilidad de albergar al mundo de manera productiva.  Su critica del proyecto imperial queda clara en sus dibujos de esclavos torturados pero la redención siempre queda como una prerrogativa británica. En este sentido la apologia del imperio va de la mano de la denuncia de su barbarismo. Es tal vez esta paradoja lo que lo convierte en un personaje muy conveniente en tiempos en los que Inglaterra como sociedad multicultural tiene que pedir perdón por las atrocidades de su pasado. La decision de colocar su celebre Albion en la entrada misma de la muestra enfrentando al espectador es una acto de afirmación nacionalista pero tambien un cuestionamiento del  lugar de Inglaterra en el proceso de toma de decisiones que importan en materia internacional.

Hay algo en la muestra y desde ya en Blake que tiene que ver con la necesidad del arte ingles de volverse sobre si mismo y sobre su propio pasado. Esto, desde ya, devendría moda en épocas victorianas como lo atestigua la arquitectura de Pugin como, por ejemplo, the House of Parliament. En Blake, esta vuelta al pasado ocurre a nivel de su  medio artístico preferido, esdecir: los manuscritos iluminados Neo-Góticos. Los mismos están presentados a lo largo de la muestra y refuerzan simbólicamente una y otra vez el carácter insular de una Nación como la británica cuyo pasado mítico medieval era comunitario, utópico y virtuoso. Un ejemplo de este pasado de virtud aislada puede verse en la Biblia Lindisfarne  hecha por un monje solitario en Northumbria en el siglo XII  tras que la iglesia irlandesa decidiera, al menos, por el momento permanecer bajo la órbita del Papado. Como sabemos, esto se acabaría tres siglos mas tarde con la llegada de Enrique VIII y hoy el Brexit debe ser inserto en esa saga. Creo que la maravilla de esta muestra es como logra negociar el presente a través de una reflexion sobre el pasado no solamente con Blake sino a través de el. J A T

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