ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE VICTOR

en culturas que van mucho más allá en la práctica de relaciones homosexuales y sigue vivas, como los etoro y los simbari (nombre “doblado” a “sambia” por Gilbert Herdt, uno de los antropólogos que más los estudió), ambas de Papúa Nueva Guinea.

En varias culturas de Melanesia existe la creencia de que se nace sin semen, y que éste contiene la fuerza vital masculina.

Los simbari que nombré antes creen que el semen (el cual es responsable del desarrollo físico masculino y de la fuerza y valentía de los guerreros) se obtiene a través de “inseminaciones” que se dan desde la niñez y que forman parte de una etapa de la transformación de los niños en hombres.

Entre los siete y nueve años, los niños son retirados de sus madres (por las buenas o por las malas) para primeramente ser golpeados y atravesados en la nariz con palos para hacerlos sangrar (ya que creen que así se liberan de la presencia materna) y después ser azotados con ortigas. Después los visten con ropas rituales y se los fuerza a chupar flautas, tras lo cual son llevados a una casa de culto donde adolescentes bailan frente a ellos haciendo gestos sexuales, y una vez que oscurece, son forzados a realizar felaciones y tragar el semen. Las felaciones para ingesta de semen pasan a ser cotidianas y continúan hasta la adolescencia, donde los iniciados dejan de ser inseminados para convertirse en inseminadores de la nueva camada de niños que inicia su camino hacia la adultez.

Aquí también aprenden sobre los roles de género y a tener relaciones sexuales con mujeres, para luego (ya en la adolescencia tardía) buscar una para casarse y mantener relaciones sexuales. Una vez que llega el primer hijo, finaliza su transición y pueden considerarse hombres adultos, etapa en la que solo mantienen relaciones sexuales con sus esposas.

Sin embargo, desde mitad del siglo XX los simbari vivieron una revolución sexual debido a la influencia de la globalización, principalmente debido a la merma de conflictos tribales y al ingreso a la cultura del trabajo, la cual hizo migrar a muchos hombres desde sus aldeas en la selva a tierras agrícolas o ciudades para trabajar, con lo cual entraron en contacto con la cultura papú “mainstream”. El hombre pasó de ser guerrero a trabajador, y al abandonar sus creencias en el poder del semen, las prácticas homosexuales (y ritos violentos) pasaron a estar prácticamente extintos desde los ’80.

Los etoro van más lejos todavía y mantienen relaciones homosexuales (las cuales consisten en felaciones) no solo durante la juventud sino toda la vida, ya que el intercambio de semen es fundamental. Las relaciones sexuales de los adultos con sus esposas están permitidas solo durante 100 días al año, fuera de las aldeas y principalmente con fines reproductivos, ya que ellos creen que demasiado sexo heterosexual (en el cual pierden semen pero no lo recuperan de su pareja) les puede provocar la pérdida de su fuerza y una muerte joven. El sexo heterosexual también se da con la finalidad de darle energía vital a las mujeres, quienes no la poseen (ya que está concentrada en el semen), pero si una mujer no queda embarazada tras muchos intentos, es acusada de robar la fuerza vital de su marido, tildada de bruja y castigada. De la misma forma, los guerreros que tienen hijas mujeres tienen baja reputación. Debido a la baja natalidad de éste pueblo y a su alta mortandad por guerras intertribales y malas condiciones sanitarias, a veces se ven forzados a secuestrar mujeres de tribus vecinas para embarazarlas, de igual manera que niños para inseminar y convertirlos en guerreros etoro. Sin embargo las relaciones homosexuales no pueden tampoco darse de forma demasiado frecuente por la creencia de que el semen es limitado, por ello los niños y púberes que crecen con rapidez son acusados de ingerir demasiado semen y son forzados a bajar las dosis.

A diferencia de los simbari, los etoro continúan con sus tradiciones y mantienen un contacto casi nulo con el mundo moderno.

Otro pueblo de esa región, los kaluli, tienen creencias y rituales similares, pero inseminan a los niños iniciados no por vía oral, sino anal…

Además de las relaciones homosexuales, un punto en común de todas éstas culturas es que la mujer tiene un estatus social muy bajo.

 

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