Acabo de ver Pose, la serie creada por Ryan Murphy, Brad Falchuky y Steven Canals, actualmente en el catalogo de Netflix. La misma historiza aquel modo frecuentemente olvidado de relacionamiento homosexual, que ocurriera desde los margenes de la sociedad y más allá de esa fijación actual por concebir nuestras interacciones como limitadas al ‘shade’ -es decir, a criticarnos y a ser ‘bitchy’- y antes de que el SIDA fuese manipulado para dispersarnos. Esa época era, desde ya, anterior al momento en el que la tecnología acabara cumpliendo la profecía de atomización transformándonos en un conjunto desarticulado de moléculas creyendo ser libres a en la privacidad de nuestros domicilios. ‘Pose’ muestra como en la NY de mediados de esa década terrible para los homosexuales -y no solo para nosotros- que fue la decada del ochenta, los valores de la familia eran reapropiados y queerizados para contrarrestar la devastación agravada no solo por una sociedad  negadora y discriminatoria sino tambien por una enfermedad devastadora. La familia elegida era el modo de contrarrestar el rechazo de la familia biologica y en el seno de estos grupos de amigos que se cuidaban y apoyaban entre si estaba: ‘la madre’, casi siempre, sin vagina.

Como Ustedes saben estoy presentando mi libro en un par de meses pero ya estoy trabajando en mi próximo proyecto que tiene que ver precisamente con esta necesidad de mirar, desde el arte, los modos de creatividad que tuvieron lugar despues de que los artistas recibíeran su diagnóstico de HIV cuando esto equivalía a una sentencia de muerte. La atención de ‘Pose’ se detiene en cómo la certeza de la muerte no transforma al arte y a la comunidad en un modo de distracción sino, muy por el contrario, en un modo de conocer la realidad a partir de un sentido de vitalidad y madurez prematura que permite al arte y a los artistas repensar su relación con el mundo y con esa sociedad negadora desde los márgenes no sólo de clase y género sino también de la salud.

En ‘Pose’ los personajes son casi sin excepción marginales y por esto me refiero a ser negro y latino en la era Reagan; al tiempo que pone el foco en los travestis y transexuales -osea, en las ‘locas’- como contrapartida del gay masculino cuya homofobia internalizada lo hacia y hace rechazar aquellos más cómodos en habitar una concepción fluída de la sexualidad. Como es sabido, el terror del SIDA creó las condiciones para que este último tipo de homosexualidad se impusiera como ‘lo gay’ en tanto normalización desde el mercado y a partir de alli, como ‘orgulloso’ sujeto de derechos. Ser libre dejaba de significar pertenecer a una comunidad para desde ella ejercer el derecho a vivir una vida distinta lo que implicaba el rechazo a entender a la libertad como el libre albedrío de consumo en la asimilación a un modelo de vida impuesto desde afuera.

En nuestro país este tipo de postura tuvo sus pioneros. En el Centro Rojas, Jorge Gumier Maier y antes que el, Nestor Perlongher enarbolaron a la ‘loca’ como alternativa de ese gay normalizado que hoy se ha transformado en canon en los medios de comunicacion adquiriendo bebes diseñados, pasando sus horas en el gimnasio, obsesionandose con su look o en terminos directamente vinculados con lo planteado por ‘Pose’, limitando su vida a una conflación de espiritualidad mal entendida y ‘shading’ permanente. Hoy mismo, el diario La Nación le dedica un articulo a Nelson Castro quien insiste en no ser gay para afirmar que una vez tuvo la oportunidad de casarse -con una mujer- pero que esa oportunidad se le pasó. Esto plantea varios problemas porque, en principio, el casamiento como oportunidad perdida es un concepto del siglo XIX. Hoy, uno se puede casar y divorciar tanto a los ochenta como a los treinta años ya que la vida ha sido considerablemente extendida y el matrimonio no tiene las mismas implicancias de trágica irreversibilidad que tenia hace decadas. Lo que resulta interesante a esta altura del siglo XXI son las motivaciones de publicar un articulo de ese tipo en donde lo que se esta promoviendo no solo es la negacion de la propia felicidad como valor moral sino tambien la aceptación de la oportunidad perdida como modo de vivir la vida. Nelson Castro deberia aprender de aquellos que como Feliciano Centurion o Omar Schiliro aún frente a la certeza de la muerte nunca pensaban en términos de ‘oportunidad perdida’ sino de la construcción del presente para proyectarse más allá de su muerte. Y si de proyección más allá de su muerte hablamos, en la America’s Society de NYC esta semana se está inaugurando una muestra dedicada a la obra de Centurión.

Creo que lo que diferencia a los ochentas de la actualidad es el modo en el que hemos dejado que la tecnologia tome las riendas de nuestras vidas. Durante la decada del noventa, los lugares de encuentro gay desaparecieron; al principio, por ser percibidos por la sociedad heterosexual como centros de cultivo de perversión y enfermedad y más tarde, porque con la llegada de Grindr, los gays aceptamos como libertad y goce el encerrarnos en nuestros cada vez más precarizados domicilios para salir una vez por año a desfilar en el Pride como si del carnaval se tratara -es decir, como una forma aceptada de subversión para reafirmar el orden imperante y cuyo ‘descontrol’ es aceptable sólo por un día. La falta de socialidad de la rave reemplazaba así a la comunidad del under y la previa era una oportunidad para dejar de ser conscientes. En la Argentina, en la década del ochenta hubo una generación entera de artistas que dinamizaron la escena y que vieron a sus compañeros morir para, casi sin solución de continuidad, ver que la sociedad parecía olvidar de lo que venia saliendo -la dictadura- para volver a votar a Menem por un par de pasajes al extranjero.

Una de las cosas que ‘Pose’ en tanto historización queer del pasado ya no tan reciente de la historia homosexual pone sobre la mesa es el modo particular en el que aquellos que padecieron HIV antes de lo cocktails retrovirales pudieron concebir su lugar en el mundo fuera del mercado y de la necesidad de diseñar su vida de acuerdo a una idea impuesta desde afuera. Creo, que, al menos, desde el punto de vista del arte, tenemos que prestar particular atencion a los ochenta y a los tempranos noventas como los período en los que se sentaron las bases si bien no de lo que somos, al menos de lo que pudimos ser. Antes de celebrar acriticamente al gay normalizado y procesado por Tinelli como Lizardo o Flavio Mendoza, debemos tomar conciencia de que estamos parados sobre un Holocausto que, como todo Holocausto, nos acecha y esta bien que lo haga. Estar vivos para muchos de nosotros es un milagro y el modo de vincularnos con ese pasado no es monumentalizando sino integrando la memoria de aquellos que murieron de manera no melancolica sino vital. Los gays tenemos que comenzar a repensar nuestra historia no con el orgullo automatico del Pride sino en el reconocimiento de que habia algo previo al paradigma impuesto por el mercado con el que se podia ser feliz aun a minutos de una muerte segura. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA MEGHAN Y HARRY