ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ALEJO GOLDSTEIN

DECÁLOGO DE LA MADRE BASURA

1. Cierra los ojos. Sé ciega, mamá. Niega a toda costa lo mucho que sufriste en tu infancia. Tu padre fue una buena persona o quizá un canalla, pero convéncete de que tu madre fue una santa. Y, si no lo fue, simula que no te afectó, o que ya lo superaste (y perdonaste) todo, o pregúntate qué tendrán que ver estas bobadas, “tonterías de psicólogos”, con ese bebé que tanto ansías. ¿No es cierto que vas a sacrificarte al máximo por él? ¿No hay un instinto maternal (se dice) que va a iluminarte todo el tiempo? Convéncete de tu omnipotencia. Si sufres cualquier problema grave (alcoholismo, depresión, trastorno de personalidad…), ni se te ocurra pedir ayuda psicológica antes de tu maternidad. El mundo entero está de tu parte. Todas las madres aman a sus hijos (eso dicen) y tú, no siendo menos que ellas, no tienes nada que sanar, ni nada que aprender.

2. Búscate un hombre. Elige un hombre débil como “padre de tu hijo” y que, absolutamente sumiso o indiferente, te deje vía libre para todo. Donde mandes tú, que no mande nadie más. O también puedes buscarte un dictador violento para depender insanamente de él y defenderos juntos de ese hijo que pronto maltrataréis.

3. Congélate. Ya tienes tu bebé. Pero ese muñequito del que tanto esperabas, cuanto más crece, resulta que más te pide, más te agobia, más te irrita, pues necesita de ti sin descanso todo aquello que tú nunca recibiste de nadie (respeto, aliento, paciencia, ternura, libertad…). Así que enfádate y aléjate de él. Sé fría y desapegada. Trátalo con indiferencia. Déjalo que llore o rabie (ya se cansará). No le dediques ningún tiempo libre (mejor disfrútalo con la vecina). Nunca le escuches ni lo ampares. Ni se te ocurra acariciarlo o abrazarlo. Más bien grítale. Castígalo. Frústralo sin piedad. Decepciónalo sin miramientos. Olvida a menudo su nombre. Lánzalo a las fauces de su padre y/o jamás lo defiendas de los posibles abusos sexuales o violentos de éste (o súmate a ellos)… También puedes dimitir como madre entregándote a prolongadas depresiones, o a tus delirios o extravangancias, o a una hipocrondría que te haga ser el permanente centro de atención… Pero todo esto no una sola vez, ni dos, ni tres, sino siempre. Continuamente. Durante años.

4. Mutila en modo A (que otros llaman sobreprotección). Es crucial que parezcas una buena madre, así que debes sobreactuar, “proteger” compulsivamente a tu hijo de toda clase de peligros imaginarios. Imponle sin cesar tus miedos, tus advertencias, tus obsesiones, tus prejuicios, tus deseos, tu voluntad sobre todo lo que él debe sentir, pensar y hacer. Todo “por su bien”, naturalmente. O críalo entre algodones. Satisface todos sus caprichos. Asume tú las responsabilidades que le corresponden a él. No le enseñes nada ni lo coartes jamás. Tenle miedo. Conviértete en su criada o su dueña. O, mejor aún, en su parásita. Absórbelo como una araña para que “tu chiquitín” no sienta ni piense ni decida ni crezca ni se aleje un milímetro de ti… Y no sólo una vez, ni dos, ni tres, sino todo el tiempo. Así lograrás impedir el más mínimo desarrollo de sus alas. Crearás un ser perpetuamente débil y asustado, vacío, un mero clon de tus miedos, carencias y frustraciones. Gracias a ello le será muy difícil vivir por sí mismo el resto de sus días.

5. Mutila en modo B (el de toda la vida). También puedes ser dominante, controladora, asfixiante. Que las cosas se hagan sin cesar a tu manera. Gana siempre. Sé autoritaria e inflexible. Ponle normas estrictas y prohíbele casi todo. Jamás pidas ni respetes su opinión. No le dejes disfrutar de sus juegos, amigos, libertades. Reprime sus emociones. Castígalo injusta o desproporcionadamente. Pégale a menudo. Aterrorízalo con gritos furiosos (mejor esgrimiendo algún cuchillo o tijeras). Insúltalo (ya sabes: imbécil, hijo de puta, saco de mierda…). Repítele lo inútil que es. Ponte tú misma como ideal de todo. Ensalza a sus hermanos. Avergüénzalo en público y en privado. Nunca te conformes con sus notas escolares. Cuestiona todo lo que hace. Minimiza sus logros. Búrlate de sus fracasos. Intimídalo con amenazas y chantajes… Puedes hacerlo personalmente o permitir que lo haga tu socio, el “padre de tu hijo”, ese experto en toqueteos, voyeurismos, bofetones, golpes, patadas, estrangulamientos y palizas… Pero recuerda: no basta con hacerlo una, dos, tres veces. Hacedlo siempre. ¡Con entusiasmo!

6. Invade. Nada de respeto a su intimidad. Ningún miramiento con sus tiempos y espacios privados. Que no haya pestillo en su habitación. Entra siempre sin llamar (la casa es tuya). Remueve secretamente en sus cajones. Entrométete en sus conversaciones. Opina en todos sus asuntos. Toma decisiones por él sin su permiso e incluso sin su conocimiento. Persíguelo por teléfono, facebook, whatsapp… Abrúmalo a todas horas con tus propios problemas, angustias y necesidades. Exhíbele sin pudor tus desdichas con tu socio, vuestras violencias, llantos, actividades sexuales, borracheras, drogas, amantes… Conviértelo por la fuerza en tu pañuelo, tu falso amigo, tu bastón, tu novio incestuoso, tu cómplice de enredos, tu intermediario… Que sea tu objeto, tu opio, tu retrete, tu esclavo… Él se dejará hacer porque depende a vida o muerte de ti, porque se lo comerá la culpa si no lo hace, porque le aterra perder tu amor ilusorio… Y además ya aprendió que la única persona importante del mundo eres tú. ¿Quién osaría dudarlo?

7. Confunde. La mejor forma de volver loco a tu hijo es tratarlo locamente. Sé siempre contradictoria con él. Mímalo por la mañana y pégale por la tarde. Permítele algo hoy pero no mañana. Ordénale cosas que tú no eres capaz de cumplir (¡dar ejemplo te da grima!). Espera de él cualquier cosa y también la contraria. Si hace algo bueno por ti, ríñele. Si hace algo malo, sé incoherente. Sonríe aunque estés enfadada. Enfádate aunque no haya motivo. Sé hipócrita y superficial. Manosea sus genitales. Cúlpale de tus problemas. Háblale mal de su padre, de otros familiares, de sus amigos, de todas las personas que él quiere. Malmete con sus hermanos. Envidia su belleza y juventud y compite con sus talentos mejores que los tuyos. En todo conflicto, elige y ponte de parte de los demás… Y no una vez, ni dos, ni tres, sino habitualmente. Muéstrate siempre incomprensible, imprevisible, desconcertante, incluso peligrosa. Así él sabrá que, haga lo que haga, nunca podrá entenderte, ni complacerte, ni merecer tu amor. Su corazón se irá desmoronando, su mente dejará de comprender todas las cosas y, poco a poco, se irá aislando de la realidad. Excelente para futuros y graves trastornos de personalidad.

8. Niégalo todo. Siempre que tu hijo se atreva a enfrentarse a ti, te cuestione, se enfade contigo, etc., niégalo todo. ¡Siempre! Pase lo que pase, jamás comprendas nada, jamás te disculpes por nada, jamás des tu brazo a torcer. Muy al contrario, muéstrate muy dolida u ofendida, dale una bofetada, llora con desconsuelo, profiere vituperios y amenazas, denúncialo a tu socio, llama al psiquiatra o la policía…. ¡Es tu ego o tu hijo! Si lo haces bien, él volverá a dudar de sí mismo, renegará de sus percepciones y sentimientos, creerá que tú tienes -como siempre- toda la razón y que él es, una vez más, culpable y desagradecido… Un miserable mal hijo. Esto aumentará su desesperación y acelerará la gravedad e inminencia de sus trastornos psíquicos.

9. ¡Acorrálalo! Esforzada mamá, aún te queda un peligro. Tu hijo todavía podría escabullirse por algún resquicio, buscar amor, comprensión y apoyo en algún familiar (un abuelo, una tía, un hermano…) o una persona externa (un amigo, un profesor, una pareja, incluso un terapeuta…). Debes impedirlo a toda costa, o te descubrirán. Para ello, debes lamentarte y manipular cuanto haga falta para poner a tu familia, tu vecindario, la escuela, incluso el terapeuta de tu hijo, de tu parte. Es absolutamente imperioso que la única versión sobre los problemas de tu víctima sea la tuya. No te será difícil, pues hallarás por todas partes sicarios ávidos de darte la razón (parientes, vecinos, amistades, profesionales de la salud mental…). Debéis, pues, perseguir sin descanso a tu hijo, como a una alimaña, hasta acorralarlo en el callejón sin salida del más insoportable aislamiento emocional y social. Sólo así, con la ayuda de todos, sus síntomas se agravarán definitivamente. (6)

10. Lávate las manos. Tu trabajo ya está hecho. Has conseguido devastar a tu hijo, etiquetarlo, empujarlo a terapias interminables e incluso medicarlo o ingresarlo con frecuencia en centros de salud o “rehabilitación”. Has logrado obstaculizar su desarrollo, prolongar su infantilismo, impedir su seguridad en sí mismo, su confianza en el mundo, su capacidad de amar, su alegría, su estabilidad emocional, sus aspiraciones en la vida, su potencial de éxito, su destino… Su alma está ahora llena de diablos devoradores: miedos, culpas, iras, ansiedades, tristezas, violencia, autodesprecio, confusión, parálisis, delirios… Incluso repetirá con sus hijos lo mismo que aprendió de ti. ¡Enhorabuena! Ahora ya sólo te queda “preocuparte mucho” por su supuesto “trastorno” (¡ay, esos genes traviesos, esas neuronas malvadas, esos feos aprendizajes!). Pide ayudas al gobierno. Comparte tu caso en las redes sociales. Funda o súmate a asociaciones de “padres afectados”… Y, sobre todo, nunca te canses de repetirle lo rarito que fue siempre, los disgustos que te sigue dando y lo mucho que lo quieres. ¡Esto es importante! Así te asegurarás de que nunca, jamás, tu hijo pueda recuperarse. Al menos, a tu lado.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA LA RELACION ENTRE ESTETICA Y POLITICA

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