Este blog viene teniendo una relación sostenida y productiva con la obra de Marcia Schvarz. Su reciente Boquita es un muy buen ejemplo no solo de nuestra relación sino Tambien de los problemas que su obra tardía plantea. Podría resumir estos problemas en los siguientes términos: una ambivalente postura política afín a cierto progresismo elitista que la coloca mucho más a la derecha de lo que ella cree, por un lado y, por el otro, un exceso de efectismo teatral como forma de equilibrar los problemas que su Nuevo Realismo pictórico le ha venido presentado desde los comienzos de su carrera.

Empecemos por atrás: su Nuevo Realismo. En mi libro ‘Historia a contrapelo del arte argentino’, próximo a ser publicado, exploro en detalle su legendaria pelea con el crítico de derecha Fermín Febvre tras que este la acusara de ‘derivativa’ por seguir demasiado de cerca los lineamientos de Antonio Berni. En dicha ocasión, la reacción de Marcia fue tajante al, con justa razón, identificar cierta misoginia y cipayismo al ser desvalorizada como copia femenina de Berni y por no ajustarse a las modas internacionales, fundamentalmente norteamericanas, elogiadas simultaneamente por el critico en otros escritos. Como es sabido, la contienda terminó en tribunales pero a pronto de iniciarse, Marcia dejó sólo en la pelea a Gaby Lebinas, en ese momento editor de El Porteño, donde la furibunda respuesta de Marcia fue publicada. Esto puso en evidencia cierta teatralidad en la presentación politica de su persona que no siempre era consistente con su práctica. La pregunta que siempre queda flotando es: quién es, verdaderamente, Marcia Schvartz?

El problema con el Nuevo Realismo es más de fondo ya que cuando se lo trata de asociar al arte como acción política el resultado puede ser contradictorio. En primer lugar, porque el arte y, especialmente, la pintura, son, por definición, obstáculo para la eficacia de toda acción política que, por naturaleza, es mucho más dependiente de los aspectos comunicativos que de los estéticos. La estética siempre tiene un componente decorativo que distrae de la urgencia del cambio social. Sin ir más lejos, los problemas políticos inherentes al Nuevo Realismo quedan en evidencia si se tiene en cuenta que el critico francés Pierre Restany llegó al extremo de colocar en la misma bolsa a Antonio Berni y Marta Minujín quienes podría decirse que se encuentran en los extremos del espectro ideológico.

En la serie catalana de retratos de mi Pastela dedicada a Schvartz de hace seis años yo ya hacía referencias a ciertos aspectos post-humanos del modo descentrado en el que la artista representaba la subjetividad de sus sujetos. Esto no es nuevo sino que se remonta, por ejemplo, a los sujetos moralizados como insectos del neo-expresionismo alemán de principios de siglo. Lo interesante de Marcia es que lo acercaba a una realidad en donde la cuestión social, decolonizante y de género, le daban especial sentido. Más cerca nuestro en el tiempo, Marcia comenzó a retratar a los sujetos marginalizados por las políticas neoliberales implementadas a partir del menemismo. Como un tipo de identificación filo-K, Marcia monumentalizó a estas figuras y, en algunos casos, se animó a erotizarlas. El problema con esto es la fascinación fetichista por el otro y lo que es peor, en uno mismo, en tanto sujeto de clase media blanca fascinado por los morochos de clase baja lo que transforma a esas obras de arte en instrumentos de clase (burguesa) para reposicionarse como politicamente correctos en epocas en los que eso es precisamente lo que se necesita para volverse socialmente aceptable. Dicho de otro modo, qué aporta Marcia en el 2020 al incluir a esos cuerpos pobres y marginados dentro del marco de una pintura a ser colgada en un living burgués o en un museo más allá de la necesidad narcisista de llamar la atención a su ‘progresista’ sentido de lo sociopolitico en tanto artista, ciudadana y role model femenino, por un lado, y a su virtuosismo como pintora, por el otro.

Es por eso que Marcia se vió crecientemente obligada a complementar su actividad como pintura con otras performances sociales como, por ejemplo, dar clase en las villas o participar en el activismo de género de manera directa. Con esto se buscó compensar las limitaciones que le planteaba la pintura para su ‘performance’ politica. Pero esto tiene un limite que es el arte. Militar en barrios carenciados o en el #NiUnaMenos no es, en sí mismo, una acción estética. Es por esto que Marcia se vió obligada a repensar su relación con el objeto artístico. Este fue el momento de sus proto-instalaciones. Primero fue la muesta Ojo en el Fortabat con las cajas en las que, en algunos casos, incluía personajes mediante los cuales criticaba al mundo del arte mientras que en otros reflexionaba sobre la imaginería popular peronista en torno de la figura de Isabelita Perón.

Pero ahora llegó ‘Boquita’ y con esta instalación uno vuelve a preguntarse quién es realmente Marcia Schvartz. Digo esto porque Marcia es muy critica de la obra de Marcos Lopez y del modo condescendiente con el que maltrata a sus sujetos para generar un contrato de superioridad entre el espectador y él -ambos autodenonimados de clase media culta- que, en el acto de ver la instalacion, confirman que están del mismo lado de la barrera de la corrección política. El micropene de ‘Boquita’ le quita toda iniciativa cultural para transformarlo en un objeto de burla. Entre esta obra y las fotos de Marcos Lopez la única diferencia es, posiblemente, una alusión a la cuestión de género haciendo referencia a la relación invertida entre tamaño del pene y ostentación de la virilidad violenta. Pero lo que Marcia de manera, mas o menos espectacular nos está diciendo es algo que ya sabemos pero lo hace de manera innecesariamente cruel lo que habla más del tipo de contrato que pretende establecer con un publico muy especifico que del sujeto e incluso el tema abordados. El presente de Marcia no es muy satisfactorio que digamos. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA LA RELACION ENTRE LA POLITICA Y LA ESTETICA