ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE JOSE

Somos todo eso que dice Memo en su entrada y mucho más. Somos, los argentinos, una sociedad de gente bien decente: Cada vez que encontramos un trabajo lo devolvemos… Y después nos sale el xenofobusapiens que llevamos dentro, contra bolivianos, paraguayos, peruanos y, ahora el último grito de la moda: los venezolanos.

Somos un desastre en todo sentido. Como si a ninguno de nosotros nos importara este suelo, ni el semejante. Hasta los gobernantes (y los últimos dos son un ejemplo cabal de ello) tienen doble nacionalidad. No creemos en esa ilusión llamada argentina y refundada por Carlos I del reino de Peronia, cuya capital ya no es Buenos Aires, sino Mersópolis. Fue durante el menemato, como bien lo había vaticinado su canciller, Guido Di Della, de que ellos, los menemistas, “somos la generación del 80 de esta era…” Y ahí está la nueva argentina cimentada en la falta absoluta de códigos o reglas, en la que nadie se hace cargo de nada. Es como si con el biberón, nos fueran metiendo el tango Volver (a cometer las mismas giladas toda la vida) y un master en eso de hacernos el boludo.

Nadie lo había votado a Menem, como nadie había votado luego a De la Rúa y más recientemente, al hijo de la mafia.

Sólo basta hacer un viaje en taxi por las calles de Mersópolis para darte cuenta que la corrupción está en nosotros. Mientras te torturan con Beto Casella o con el fascista de bolsillo, Baby Etchecopar, el chofer putea por la llegada de Uber y te cuenta que su amigo de la infancia es intendente y “que no tenía dónde vivir y ahora tiene dúplex, campo sojero en Pehuajó y cuatro por cuatro…. Qué bien que la hizo…Lo que equivale a que si él tuviese la oportunidad, sería un chorro de la misma calaña.

Entonces, no preguntemos de qué murió. Nos hicimos los boludos en el menemismo y luego con Fernando I y con Freddo (el hijo tonto de Corleone) Después jugamos a que con Bonnie Parker y Clyde Barrow (perdón, Néstor y Cristina) en el poder, estábamos haciendo una revolución socialista, y ahora vamos por la vida como si Don Porfirio fuese un Emiliano Zapata de las Pampas, antes que Porfirio Díaz. Y después, la culpa siempre es del otro.Vivimos como eternos turistas de la realidad nacional. Mirando si ver. No sólo cuando el cheto de la Recoleta o San Isidro, viaja a Paris o a Grecia, y mira pero no ve ni entiende un joraca. Miramos todo cuando turistas en nuestro propio suelo, sin ver ni entender la realidad en un país que no deja de gestar genocidios, fruto de esa xenofobia congénita que nos aqueja como No-Nación.Somos los mismos que en el 82 llenamos la Plaza de Mayo para pedir junto a la CGT el final de la Dictadura, y dos días después, represión mediante, estábamos vitoreando al dictador Galtieri, al que como se le había terminado el whisky, se preguntó qué tomamos? Tomamos las Malvinas y la mierda….”Y todos celebramos sin importarnos qué pasaba con esos pibes que iban a la guerra. Nos hicimos los boludos imaginando lo que iba a pasar como nos hicimos los boludos cuando los vecinos o amigos desaparecían en los 70. Es un buen ejercicio, detenerse en aquel período que va entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982. Los habitantes de Mersópolis (por entonces, todavía, Buenos Aires) llenaban cines teatros y restaurantes, ante el temor de qué mañana la ciudad fuese bombardeada. De ellos hizo una acertada lectura el talento de Charly García, con “No bombardeen Buenos Aires”. Luego de alabar a Galtieri y la Junta, la culpa se la transferimos al otro. “Yo no fui…” Y así, los genocidios siguen andando. Tras el menemato arrancó, la última versión, el Cultural. Sólo basta ver la producción artística, la literaria y nuestra habla cotidiana para saber que ese genocidio todavía está en ciernes.Y hablando de genocidios.  Primero fueron los afroargentinos, en la oprobiosa guerra del Paraguay, luego los indígenas en la campaña de Roca, que fue a terminar la labor iniciada por Rosas, “el antimperialista que murió en Southampton. Después el genocidio de los 70 y ahora, canjeamos a Piazzolla por Pablito Lescano y a Manuel Puig por Claudia Piñeiro y así seguimos como eternos turistas por acá. Porque fue luego de esa concatenación de genocidios cuando Borges acuñó aquello de “Venimos de los barcos…” porque lo originario lo pasamos a valores. No nos dejaron ni carnaval y culturalmente, la única raíz identitaria se dio en una tribuna de fútbol, de ahí esta suerte de barrabravización social a la que asistimos (sobre los ejemplos, uno de ellos el crimen de Villa Gessell). Pero a no desesperar. Aquella premonición del arqueólogo Helmut Strasse, que nos regaló Tato Bores, ya tiene material para comenzar su tarea.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA LA RELACION ENTRE ESTETICA Y POLITICA

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