En Twitter alguien dice: ‘Decile a Marcela Tynayre que volvió anteayer de París y hoy estaba en lo de su kinesiologa. Aca va otra. Gente como Uno. No hace caso a nada. Y todo le chupa un huevo’. Este mismo blog reportó el hecho que Orly Benzacar dos días después de regresar de ARCO/Madrid no sólo circuló en público sino que además organizó una inauguración en su galería. Más allá de las supuestas irresponsabilidades del caso y lo cierto es que yo no estoy tan convencido de que la estrategia sea el auto acuartelamiento automático de todo el que llega del exterior, hay un fuerte componente de clase en la reacción, digámoslo, histérica al coronavirus en la Argentina. Digo esto esperando cambiar aviones en Lisboa en camino a Rio de Janeiro habiendo salido de una Inglaterra, alerta, pero ni remotamente en el nivel de pánico que asola a Argentina estos días. Desde ya, la situación es diferente y es estructural. El sistema de salud argentino no podría soportar en las condiciones de crisis económica reinantes una epidemia de este tipo y por eso se limita a esa sobreactuada ‘solidaridad’ argentina para que ‘nos cuidemos entre todos’. Sin embargo, cuidar la mutua salud mental es también un acto de amor si de actos de amor hablamos.

Digo que el Coronavirus es una epidemia clasista porque coloca a la Argentina en la esquizofrénica situación de necesitar bulimicamente estar conectada con el mundo ya que esta es la esencia del ser argentino, como tan bien lo retrata desde las épocas de la colonia Lucrecia Martel en Zama. El argentino y sobre todo el porteño desde su mismo idioma cocoliche sólo existe en relación a la posibilidad de acceder y luego, sostener una relación vital con Europa y Estados Unidos. Pero el Coronavirus parece haberles dado una revancha a los golpeados argentinos que hoy tienen la posibilidad de sentirse autorizados a despreciar aquello que adoran y sin lo que cual creen ser nada.  A principios de esta semana el diario La Nación titulaba: ‘Tratativas para rescatar a los argentinos varados en el exterior’. De pronto, el hinterland se volvía el único lugar en el que era posible estar. Es el momento de hacer una gran pira nacional y arrojar nuestros pasaportes en agradecimiento a Dios por una Argentina que a pesar de la pobre clase política, la corrupción, el colapso estructural,  la deuda externa eterna y el perpetuo valse del default; nos da la oportunidad de ver a aquellos que nos colocaron en ese lugar de sumisión ‘sufrir’. Para La Nación y para muchos argentinos, el mundo pasó de ser una utopía de salvación cuando no la condición sine qua non para que la validación (tal artista fue comprado por la Tate, por ejemplo) a un lugar del que escapar por estar manchado e impuro.

Como era de esperarse la cuestión del Coronavirus y la autoimpuesta cuarentena total aún para aquellos que no presentan síntomas ni siquiera resfríos es el tipo de sobreactuacion argentina que responde a una exageración de la que, lógicamente, uno tiene que desconfiar. Desde ya, Tinayre y Benzacar se consideran fuera de la ley porque, al menos, en sus respectivos territorios crece ser la ley. Sin embargo, me cuesta creer que un  argentino de clase media o media alta con capacidad de viaje a Europa o Miami vaya a permanecer aislado durante quince días sin contacto ni siquiera con su familia. Salvo que la cuarentena en tanto sobreactuación sea una puesta teatral que funcione como catársis y no sea más que otra oportunidad para mirar para otro lado. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA LA CACA COMO PROYECTO ESTETICO EN Villa Crespo