ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE CATU

Sólo en el hotel Panamericano quedan unas 80 personas.

Anoche fue la primera noche en que conseguí descansar más de tres horas seguidas y casi sin sobresaltos… Nunca antes en mi vida dormí menos de ocho y supongo que eso tampoco me está ayudando a conservar la salud.

Sé que la situación es muy grave, incluso ya en estas instancias del brote, pero -por ejemplo- ahora a las 11.20 y después de más de 12 horas sin alimentarme, empiezo a sentir un fuerte dolor de cabeza (tal como me sucedió ayer que olvidaron mi desayuno o el viernes que pasó).

Afortunadamente, un médico que nos vio el sábado accedió a que a algunos nos pasaran a cuartos con sol directo, para poder al menos seguir fijando la vitamina D.

Me preguntaron por la medicación que tomo y cómo había estado mi temperatura (medida con el termómetro que aún hoy no recibí). Tampoco sé nada de los remedios para mi problema crónico.

Más o menos me arreglo con algunas cosas de la valija ecléctica que traía y no me molesta en lo absoluto. No pedí nada de afuera, porque no quiero ver gente en la calle.

Tal vez expuesta -no por mi voluntad- al virus, sigo teniendo en claro que sigo teniendo muchísimos privilegios, pero claro, mi salud quedó expuesta.

También me arreglo con mi cuarto y así evito exponer a otras personas –y exponerme yo también– y de paso les queda más tiempo para otros menesteres.

No obstante, no hemos recibido ningún producto de limpieza (ni siquiera para higienizar los alimentos o el baño).

Nuestro desayuno son calorías vacías y eso tampoco colabora para mantenerme bien.

El desayuno que no me trajeron, y luego el almuerzo y merienda de ayer, dejados en el piso, tampoco.

La falta TOTAL Y ABSOLUTA de información oficial, ni hablar.

Anoche me llamó -radiante- un profesional de la salud (tuve que sentirme muy muy mal, y eso también tiene un costo para el organismo), para transmitirme la “buena noticia” de que Luca Singerman estaba en terapia intensiva y me aseguró que alguien me pasaría el nombre del jefe médico del operativo (que era lo único que yo necesitaba saber), lo cual no ocurrió. Eso sí, antes aseveró que el coronavirus era el diablo y me recomendó que rece.

Y así podría seguir.

Como se imaginarán, con esta falta de garantías y confianza en todos los aspectos, es difícil conservar la -más que nunca- necesaria tranquilidad.

Yo volvía de Uruguay, donde resido en un lugar bastante aislado geográficamente, había adoptado -incluso de buen grado- una suerte de aislamiento social voluntario y me decidí a regresar a la Argentina al enterarme de la cuarentena obligatoria (básicamente, consideré que tenía la responsabilidad de acompañar a mi hijo y a su papá en estas circunstancias tan extraordinarias…). Ahora ellos (y el resto de mi familia) no solo tienen las lógicas preocupaciones e incertidumbres de la cuarentena y la situación, sino que suman la angustia de todo cuanto está ocurriendo conmigo.

Desde que salí del departamento de Maldonado, adopté los mayores recaudos (para bien o para mal, me crié en casa de un cirujano y una veterinaria). Me quedé en mi lugar hasta que alguien no tuvo más remedio que permitir que la gente bajara a la bodega, no me alimenté siquiera hasta que fui alojada y me pude higienizar bien, a las seis de la mañana… y no salí desde el cuarto desde entonces (salvo para la mudanza). Pero a la luz de la cantidad de fallas en el protocolo -que no quiero tener que atribuir a otra cosa que no sea acaso lo extraordinario de la situación-, tengo la certeza de que arriesgaría menos mi vida en mi hogar (ni hablar de los recursos materiales y humanos que el Estado ahorraría en esta circunstancia).

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA LA MUESTRA DE LA CACA

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