ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE CATU

¡Buenas! Los días vuelan y a mí apenas si me alcanza el tiempo… Había logrado organizarme en el cuarto, pero me mudaron, lo que al principio significó un esfuerzo extra (tengo que estar bien atenta a seguir sin contagiarme).

Todo exige cierto tiempo y concentración, sobre todo cuando contás con una pastilla de jabón de tocador a todos los fines.

Cuando traen alimentos (aleatoriamente me los dejan en el piso del pasillo, en una bandeja costrosa de grasa o –una sola vez– en otra de cartón en la mesa del arrime que tengo junto a la puerta), a veces me descubro teniendo que volver a lavarme las manos hasta cinco o seis veces, porque en el medio me distraje y algo te toqué…

Creo que en el Panamericano quedan algunos que venían de Europa y EEUU, los que no pueden viajar a sus provincias y quizás alguno que estuvo más cerca que yo del individuo. Nadie más que provenga de lugares inocentes como Aiguá o el Pan de Azúcar.

Al parecer, somos unas 80 personas. Todos asintomáticos hasta aquí (a estas alturas, me puedo dar cuenta sola de que no tengo fiebre).

Compruebo que la cuarentena propiamente dicha, no me molesta en absoluto: Estoy en mi ámbito natural y más cómodo de trabajo (aunque rodeada de “lujos” que no tengo en casa ni se me ocurriría pedir), estoy conectada, no tengo problemas de convivencia, je… Y en cualquier momento me dejo de amenazas y pruebo el jacuzzi. Cuarentenas-cuarentenas seguramente eran las de antes.

Lo único que me sigue generando preocupación es que se desmadre el contagio en estos días (nadie tiene confianza ni garantías de que por acá las cosas se estén haciendo con el rigor necesario, así que mejor no pensar en lo que podría llegar a convertirse esto si arrancara hoy el pico). Igual, llegado el caso, tomaré agua de la canilla y me comeré los tradicionales alfajores glaseados Mala Muerte para tu Mala Suerte.

El sábado, algunos pedimos los medicamentos que tomamos. El médico fue muy amable y todo, pero al preguntar anoche si habían llegado los míos, nadie sabía de qué hablaba y tuvieron que arrancar con una lista nueva de cero. Tampoco nunca vi el termómetro con el que me tenía que tomar la temperatura dos veces al día.

Y a pesar de que lo pedí un par de veces, tampoco me alcanzaron elementos de limpieza (yo prefiero que nadie entre al cuarto, por cuidado mutuo, y porque estoy en perfectas condiciones y con tiempo suficiente como para ocuparme de la higiene del lugar y, en todo caso, que las personas asignadas se dediquen a otros menesteres).

También lamenté descubrir que la técnica de mantener la calma y distraer lo menos posible a quienes están a cargo de nuestro cuidado (yo he pasado días sin llamar), acá ha demostrado tener un efecto contraproducente: El que no llora, no mama.

Anoche se cortó la banda ancha del hotel (ya de por sí muy deficiente). No descartemos que hoy corra sangre de los huéspedes más estresados, de los más irritables e irritados.

A mí se me acabó en dos días el abono de treinta, pero cosas peores han ocurrido.

De lo que está más o menos en nuestras manos, hubo avances (y retrocesos) con los alimentos y, no es por cancherear, pero me siento bastante responsable de que sea así (claro que con un alto costo para mi cuerpo y cabeza).

Pero seguimos sin ser oficialmente informados sobre nuestra situación. En la tele dicen una cosa y la contraria, los médicos ídem, los psicólogos otra… y así estamos. Obviamente, al grupo de damnificados prácticamente no entro (ahora agregaron el tema Burlando, Matías Morla, etc.). Todos vienen a batir la precisa, pero nunca nada termina verificándose y eso mina la moral. Lo único que han logrado con esta superavanzada técnica, es destrozarle la confianza a la gente. No hay nadie que no esté irritado con esto en el hotel.

Ejemplo: el lunes un médico compasivo, en vez de darme el nombre del jefe médico del operativo, pretendió darme el notición (según él) de que Singerman estaba en terapia intensiva. Luego salí en Crónica y al aire lo desmintieron los periodistas (a quienes tampoco tengo por qué creerles, ¿verdad?).

Como –aparte de las injusticias– me angustian las mentiras y no puedo permitirme gastar energía en esas cosas, y como hasta ahora nadie (NADIE) nos vino con alguna mínima información –ni siquiera tendría que ser necesariamente certera– de fuente fidedigna, ayer me tomé la libertad de agradecerle a una de las psicólogas que me llamó al cuarto y corté la llamada sin más. ¿Para qué miércoles llamás si ya sabés lo que pienso y lo que necesito? Hacés mejor tu trabajo, si te quedás jugando al pacman que si terminás sacándome la tranquilidad con el estilo de una maestra jardinera, bo. (La segunda vez, la muy infeliz, pretendió ponerme como anzuelo que tenía un notición para darme, imagínate… El único resultado fue que volví a cortar en el acto). Exasperante pero liberador.

La mudanza supuso un cierto nivel extra de concentración pero jamás hubiera imaginado los inmediatos efectos benéficos que me causaría. Hoy es mi superalimento.

Creí que pasaría de los horizontes de la parada 39 a los de Martínez, pero bueno casi siempre la vida sigue teniendo más imaginación que yo.

Desde mi nuevo cuarto, veo el Obelisco a 150 m y el teatro Colón a 50 m. Luego, el pasaje Barolo (que es el primo del Palacio Salvo en Montevideo) y como un centenar (sí, un centenar) de hitos que he ido recuperando en la memoria. Entra sol y me obligo a echarme panza arriba.

Además de llenarme de río y cielo vastos, voy recordando los nombres de las calles donde me crié… Más allá de distinguir las cúpulas y los edificios más emblemáticos, ayer llegué incluso a avizorar y recordar el edificio contiguo al de mi abuela. Me di cuenta de que estaba acá al toque.

Y me avivé de que el frío no será una preocupación (viendo que seguía transpirando a las seis de la tarde, terminé recordando que en verano hace mucho calor en Buenos Aires, mucho más que allá).

Ayer martes también arrancó una gotera en el palier, pero por otra parte conseguí fijar el blackout del baño para que quede permanentemente abierto: Mira hacia el norte y es por donde más río entra. Prefiero convivir con los dos baldes verdes antes que perderme la vista. El resto mira al oeste, así que también conservo las puestas de sol como en Maldonado, y miro de ahí también hacia el sur.

Y ya confirmé que tener algún tipo de experiencia viviendo en la Naturaleza (la terrestre y especialmente la acuática) me ayuda un montón para organizarme. Es una vida simple y relacionada con la contingencia, el ahorro y la optimización de recursos. No pide más que un poco de lucidez, de aquí y ahora, de pensamiento lateral, y lo retribuye con creces.

Ahora, 9.35, me asomo y –hasta donde alcanza mi vista– hay cuatro peatones la 9 de Julio (uno es un bichicome).

Antes me hubiera parecido un escenario apocalíptico, ahora lo veo como algo alentador.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA

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