La Nación en la Argentina, indudablemente, busca generar pánico. Recién me desperté, abrí el app y con fondo negro los titulares son: ‘Murió una mujer de 81 años en la Ciudad’, ‘Heredero al trono: El príncipe Carlos de Inglaterra tiene coronavirus’, ‘Alarma en Madrid: Suben los muertos’, etc. Sin embargo, los titulares de las ultimas horas, de golpe, desaparecieron. Casi como si hubiera habido una orden de revertirlos. El tono era desvergonzadamente militarista y confirmaba lo planteado ayer en ‘Mi Reseña’: ‘Salieron los militares a garantizar el orden’. No creo equivocarme al decir que el intent de militarización ha sido hasta ahora una iniciativa argentina y chilena lo que permite ir sacando nuestras propias conclusiones. Hay un problema de fondo que tiene que ver con el impacto económico de una pandemia de este tipo que desde un principio, el gobierno argentino sabe que no puede contener. Por eso la misma ha sido transformada en un problema cultural tapando superestructuralmente un problema de dificil solución económica que el gobierno demuestra una y otra vez no poder resolver y ni siquiera definir.

Del otro lado del espectro cultural temenos el discurso negacionista de Bolsonaro que quiere que la economía siga funcionando sin importar las consecuencias. Creo que, si de una lectura responsable se trata, debemos reconocer las estrategias de Fernandez y Bolsonaro como extremos culturales de un continuo que tiene que ver con cómo afrontar el caos social que puede sobrevenir a la crisis económica que se avecina y que va a hacer pico casi simultáneamente al virus. Qué van a comer los argentinos en cuarentena que pertenecen al sector informal?

Por mi parte, me encuentro en el anteúltimo día antes de mi regreso a Inglaterra y, tomando mis recaudos, no puedo sino ver con dolor como día a día Rio de Janeiro se va cerrando. Como saben, tengo una conexión física y espiritual con este país y lo que le pasa, literalmente, me duele en el alma. A principio de semana, fui al restaurant de la esquina a comer mi habitual carne asada. Ayer, ya sólo pude pedirla a delivery. Lo mismo con mi amado Açaí. Cada bolsa que pasa las puertas del departamento es prudentemente rociada con alcohol a 70% y cada tarde trato de meterme al agua, al menos una vez, y a la noche, religiosamente, corro la distancia que separa Leme de Ipanema para que esos recuerdos me den la energía suficiente de pasar la larga cuarentena que me espera en el norte.

Durante mis corridas no puedo evitar pasar por el Copacabana Palace y pensar en el terrible momento que le tocó a Sergio de Loof para despedirse de este mundo. Nadie absolutamente nadie puede competir en las noticias con la seducción del horror.  No puedo evitar pensar en los amigos que tanto lo quisieron. De Loof es una de esas personas que solo pueden ser conocidas a través de la devoción que le profesaron gente como Fernando Portabales o Laura Battlet con quienes aún estoy en contacto. Asimismo salen articulos firmados por pelotudos como Fernando García o Victoria Noorthoorn quienes ni siquiera tuvieron la delicadeza de irlo a visitar en su lecho de muerte tal vez porque ellos se creen demasiado importantes como para arriesgarse a las profundidades de Berazategui a donde sus verdaderos amigos, sí se apersonaron. Esto no les impide firmar artículos en La Nación y Clarín equivocando el día de su muerte. La falta de respeto transformada en automonumentalización.

El Coronavirus a los gays no nos es ajeno. Nosotros ya tuvimos y temenos otro virus circulando por nuestro sistema. Un virus que define el modo biopolítico en el que nos desplazamos en el mundo. Por mi parte, vuelvo a Inglaterra porque es donde tengo mi medicación y la contención necesaria para no hacer de dos pandemias combinadas algo intolerable. Lo que nuestra expertise en cuestiones de virus nos da a los gays es un sentido de solidaridad real y virtual. Una red en la que estamos los unos para los otros como una familia que se extiende más allá de la herencia y de la sangre y diría yo, de la muerte. Cada vez que me metó en las aguas del Atlántico frente al Copacabana Palace rezo a Jemanjá para que me cuide y a todos Ustedes pero, también, para que cuide el alma de Sergio. Mis ojos rojos se encuentran con los de él en un grado bajísimo de frecuencia en el que solo los que compartimos ese virus podemos comunicarnos. Aquellos que al recibir nuestro diagnostico pensamos que nuestro fin biológico y social era inminente temenos un sentido de la vitalidad que no se termina con la vida y de algún modo ese ha sido el legado de Sergio de Loof. Trazar la línea entre los que creen que viven pero, en realidad, están muertos en vida y aquellos que, siempre con un pie del otro lado, no hacemos otra cosa que generar vitalidad. Y creo que mis fotos desde Rio lo demuestran. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA LA MUESTRA DE LA CACA