Este lockdown me encuentra en uno de los lugares a los que siempre vuelvo y que, de alguna manera, me une a Sergio de Loof. Obviamente, me refiero a Copacabana. Cada día paso un par de veces frente al Copacabana Palace que era el lugar en el que Sergio parecía encontrarle sentido a la vida. En mi Cañechat con él, él me contaba que todo lo que hacía en el mercado del arte tenía como objetivo único financiar sus visitas al Palace donde se instalaba para consumir cocaína, porno y chongos, con diferente niveles de éxito. Estos días, su amigo personal Fernando Portabales está ultimando los detalles de un documental que será presentado en el BAFICI sobre este tema y en el que participo llamado ‘Copacabanas Papers’.

En nuestra cultura, Sergio fue un monstruo de dos cabezas ubicado como puente en el preciso momento en el que la energía subversiva, inorgánica y generativa del under se transformaba en ‘careta’. Sergio encarna el momento en el que los hijos de la clase media argentina artificialmente financiada por el uno a uno, tocaban el violin en la cubierta del Titanic. Esos conciertos dados en una cubierta cada vez más desnivelada fueron ambientados por Sergio como diseñador y empresario de la noche. La atmosfera de libertad y desenfreno generado por esas ambientaciones para aquellos que lo vivimos es muy dificil de poner en palabras.

Más recientemente, Sergio quizo volver a tener un restaurant que le serviría como plataforma para reposicionar su marca. El nombre del espacio iba a ser ‘La Guillotina’ y para él contó inicialmente con el apoyo de Ama Amoedo. Sin embargo, el remate de sus paupérrimas obras terminó no solo en fracaso sino, lo que era de esperarse, en escándalo ya que, según él, Victoria Colmegna, la curadora, le había sacado obras y el resto no lograron ser vendidas. Sin embargo, quiero recuperar esos fracasos como momentos estéticos en los que Sergio encarnó algo específicamente ‘queer’.  Podría decirse que su modo de subversión fue el modo en el que poco a poco fue instalando su tan anunciado ‘final’ y su ‘fracaso como artista’ en un nuevo y efectivo proyecto estético.

Tras Guillotina vino su muestra en Popa y en ArteBa: dos nuevos ‘fracasos’. Allí, Sergio fracasó en el intento de tomar el mundo del arte por asalto con una serie de imagenes ready made ploteadas de grandes obras de la historia universal, generalmente, vinculadas al barroco Caravaggiesco o al Rococo de Fragonard y Boucher. Estas imágenes no hacían otra cosa que reforzar una imagen de sí mismo como perteneciente a una escena neo-gótica, casi como si se tratara de una película de Peter Greenaway pero sin presupuesto. De Loof era muy cipayo en términos culturales manifestando un desprecio por lo propio y cierta veneración por aquello que venía filtrado por el Primer Mundo. Como era de esperarse no vendió nada y no pudo venir, una vez más, al Copacabana Palace.

Como artista, Sergio, simplemente no lo fue. Su estrategia fue la de apropiarse de la obra de otros como novedad cuando esa estrategia ya habia sido recorrida por artistas deconstructivos como Sherry Levine, Cindy Sherman or Richard Price, treinta años antes, quienes tomaron obras de otros y las hicieron propias.  Lo de Sergio es la copia, de la copia de la copia o mejor dicho, una copia sin original. Sin embargo, hay una larga tradicion en la argentina de esto. Dos ejemplo más refinados y menos ready mades son Gachi Hasper o Pablo Siquier. Desde un punto de vista queer, una copia sin original puede ser Pedro Lemebel. En esto, Sergio llegó tarde.

Lo que sí Sergio ha sido es un gran diseñador y el problema de la muestra del Museo de Arte Moderno fue que en lugar de imponer una lectura académica de su aporte como diseñador acabó sometiendose a la voluntad de autopromoción del (mal) artista. La idea de darle una muestra en ese museo sin dejar muy en claro cual es la posición curatorial devino en un parque de diversiones tematizado que no pudo siquiera deconstruir qué significó ese tipo de diseño para la Argentina de principios de los noventas. Esa fue una Argentina muy particular que buscaba negar el pasado dictatorial. Mientras los padres de esa clase media miraban para otro lado sus hijos buscaban anestesiarse con drogas y noche. Esa era la misma epoca en la que miles de jovenes argentinos morían solos y aislados de SIDA sin que la sociedad los registrara. Fue la juventud hija de esa clase media negadora, la que consumió el tipo de anestesia que generaba De Loof. Su aporte fue el de dejar en evidencia la decadencia de un grupo social al que él pertenecia y que enunciaba la realidad ‘cachivachesca’ que aún estamos viviendo. Aquellos que se sacaron selfies en su muestra en el Museo de Arte Moderno eran los mismos que nos miraban con horror a aquellos que buscabamos anestesiarnos en El Morocco. J A T

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