Algo que el Coronavirus y el arte tienen en común es que ambos nos recuerdan, con distintos niveles de claridad, que el mundo que nos rodea es, ante todo, material. Durante siglos nos hemos convencido de que la proyección de nuestro intelecto en la materialidad del mundo era la realidad y no la proyeccion de una realidad artificial sobre la pantalla de una realidad material a la que se quiere dominar. Desde entonces, nos hemos venido convenciendo de que,  a la larga, todo es susceptible de ser decodificado intelectualmente. Esto comenzó, históricamente, con el Iluminismo y con la Revolución, primero, industrial y luego post-industrial, acabó convenciéndonos de que la riqueza material de nuestra civilización podía poner una barrera entre el mundo natural (supuestamente, fácil de controlar) y nuestro mundo. Las calamidades naturales han venidos siendo procesadas como excepciones a la normalidad del riguroso dominio humano de la naturaleza.

Pero de pronto, un virus diminuto puso de rodillas al mundo entero generando una recesión cuyas proporciones cataclísmicas generará consecuencias sociales y económicas que aún no podemos prever. Lo que este virus, como el arte, nos recuerda es que nuestro cuerpo es nuestro principal instrumento no solo de conocimiento de lo que nos rodea sino de supervivencia. Sin cuerpo no hay vida. Es así de simple.

Por supuesto, nuestro convencimiento de que nuestra propia construcción intelectual del mundo nos permitía prescindir de su materialidad no viene sin fuerte carga material. Toda fantasía intelectual por más dematerializante que esté planteada viene con hardware propio. Pero cuando pienso en hardware no pienso en aparatos tecnologicos sino, en el caso argentino, en cierto exceso material de la clase politica. Tomemos como ejemplo de ese hardware que promote la dematerialización a Sergio Massa. Él es una de esas figuras que no tienen otra razón de ser que ser el vertice de una serie de vectores generados a partir de ecuaciones electorales osea calculos mentales que dan como resultado la ilusión de la necesidad de algo que nunca es materialmente necesario. En tiempos de crisis, cuando la democracia queda estructurada en dos bandos: por un lado, un estado que necesita dar respuestas a las necesidades de una población que, por el otro, no puede hacer una cuarentena, como intelectualmente plantean los medios de comunicacion y las redes sociales por la sencilla razón de que está compuesta por cuerpos que necesitan comer pero que carecen del alimento material para hacerlo.

Así, el campo de batalla se ha venido desplazando poco a poco a dos espacios muy materiales. El primero es el sistema de salud publica y el segundo es la calle como límite de la cuarentena. El arte frente a esto se ha replegado solo para aparecer cómplice del poder politico en el intent de transformar en opcion individual la imposicion de un doble aislamiento forzado: el del coronavirus y el del hambre. Como en épocas de las Malvinas, la ficcion de la solidaridad argentina desciende sobre los cuerpos emaciados como la casulla de la virgen proetiendo algo que no puede dar. Comienzan a aparecer noticias de que el conurbano se resiste a la cuarentena ya que el estado, en tanto entelequia, ha fracasado en su promesa de asistir a la gente en sus propias casas. Ese fracaso es material y pone en evidencia el derroche en virtualidades como en una clase politica que reclama un lugar en la democracia pero que, al poner las cosas en blanco sobre negro, no puede sino justificar politicas represivas que intentan retardar, al menos por unos dias, el que la realidad se imponga tal y como es: cuerpos necesitados hambrientos con miedo a morir no solo de Coronavirus sino tambien de exceso de objetos inmateriales lanzados en su dirección sin advertir que el mundo de la dematerialización acaba de terminar. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA EL CORONAVIRUS EN EL CONO SUR CON EL CHE DE LOS GAYS