ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ARIEL PETRUCCELLI PARA ‘LA IZQUIERDA DIARIO’

Estamos viviendo un auténtico acontecimiento histórico sin precedentes. No hay dudas de ello. Sin embargo, al contrario de lo que se pregona día tras día en los grandes medios, ese acontecimiento no es la pandemia del covid-19. Hubo diez pandemias en los últimos diez años, y muchas más epidemias. Las pandemias y epidemias son un fenómeno recurrente en la historia.

La “peste negra” que asoló Europa entre 1347 y 1353 se cobró en seis años la vida de más de un tercio (sí, leyó bien, más de un tercio según los cálculos más moderados; otros cálculos lo estiman en más de la mitad) de la población de Europa. Siendo uno de los casos más extremos, no es el único conocido, en modo alguno. De hecho, ni en términos relativos ni en términos absolutos tiene la actual pandemia alguna singular letalidad.

El verdadero acontecimiento histórico universal no es la pandemia. El verdadero acontecimiento es la aparición por vez primera de un fenómeno de pánico de masas global. O más precisamente: de pánico de masas entre las clases altas y medias globales del capitalismo tardío en marcha forzada a convertirse en capitalismo del desastre. La pregunta es: ¿cómo y por qué pudo generar tanto pánico un virus cuya letalidad no tiene nada de asombroso?

Fenómenos de este tipo, indudablemente, no tienen explicaciones simples. Aquí quisiera exponer cuatro variables que se han conjugado para desatar la irracional ola de pánico global. Aunque sin descartar otras explicaciones o causas, como el fenómeno de “acoso científico” denunciado por Pablo Goldschmidt.

En primer lugar cabría señalar la masivización de los medios digitales y las redes sociales. Hace varios años que se viene estudiando la manipulación vía redes sociales y su impacto político. Pero no queremos reproducir ninguna teoría conspirativa sobre la que no tenemos ni pruebas ni indicios. Tampoco es necesario. Porque otro fenómeno ya bien conocido y estudiado es cómo las redes sociales llevan a la gente a comunicarse en círculos relativamente cerrados con quienes piensan más o menos parecido, y a ignorar los pensamientos contrarios. La consecuencia de esto es la creación de micro mundos en los que las personas se convencen de que la realidad que ellos viven y la manera en que la interpretan es la obviamente verdadera.

Otro fenómeno también muy estudiado es cómo las falsas noticias circulan normalmente con mayor facilidad que las verdaderas. Sucede que las falsas noticias suelen ser espectaculares, las verdaderas no. Y los sujetos de la sociedad del espectáculo buscan lo espectacular y creen en lo espectacular. Dada la magnitud y las características de las redes digitales: el escenario estaba preparado para un pánico de masas. Se estuvo al borde varias veces en los últimos años: por ejemplo, cuando la pandemia de la llamada gripe aviar, que aterrorizó a la población mundial pero que, a la postre, no causo más que 700 muertes en todo el globo.

La segunda variable es la descomunal importancia de la “seguridad” en la cultura de las clases dominantes o meramente “acomodadas” contemporáneas. En La cuestión judía Karl Marx ya había hecho notar que la seguridad era lo más preciado por la burguesía. Aunque el hecho de que las clases explotadoras y ociosas vivan mucho mejor (muchísimo mejor, de hecho) que las clases explotadas es algo usual en la historia humana, la centralidad de la “seguridad” en sus representaciones y en sus vidas carece de precedente. La seguridad no era, por ejemplo, algo que preocupara especialmente a la clase dominante romana. Mucho menos a los señores feudales. Vivían vidas peligrosas (nunca tanto, es obvio, como las de los campesinos y esclavos), y no era raro que un Rey o un Emperador muriera en un campo de batalla. No es esa la situación de las clases altas y medias del mundo actual.

Aunque hipócritamente puedan proclamar las virtudes de la incertidumbre y la necesidad de asumirla, lo cierto es que sus propias vidas tienen un grado de incertidumbre cercano a cero: viven en barrios cerrados bien protegidos por guardias de seguridad; gastan miles de dólares al año en salud pre-paga que los pone a cubierto de las enfermedades que asolan a las clases populares; se hacen chequeos médicos anuales sumamente rigurosos; disponen de todas las medicaciones que eventualmente necesiten; se vacunan para todo; viajan en avión, el más seguro de los medios de transporte; adquieren automóviles de alta gama, en los que se sienten (a veces falsamente) seguros ante eventuales accidentes; no es raro que contraten guarda-espaldas personales; en sus casas tienen agua potable, y si viajan a un país del tercer mundo consumirán únicamente agua embotellada.

Para ese uno por ciento que rige los destinos del mundo -y para las no tan exiguas pero minoritarias clases medias que se sumaron al festival consumista basado en la depredación de la naturaleza y de los trabajadores- la seguridad es el rey de esta Era. Viven, obviamente, vidas confortables y prolongadas. Muy confortables y muy prolongadas. Pero de repente viene un virus para el que no hay vacuna y que, además, extrañamente, prolifera entre los “turistas internacionales” más que en las villas miseria. Entonces sienten miedo. Se asustan. Toda la seguridad -toda su seguridad- parece tambalearse. Les llegan noticias de amigas y conocidos que se han infectado del covid-19. Están a un paso del pánico. ¿Cuanto tiempo podrían tardar en darlo?

El pánico es una reacción muy humana, desde luego. Y muy dañina. La mayoría de las personas no son especialmente propensas al pánico. Pero hay excepciones. Y hay, significativamente, una gran excepción colectiva, grupal. El pánico es una reacción muy corriente entre los agentes de bolsa, un sector muy concreto de la clase capitalista, pero de influencia creciente. No hay grupo social, en toda la historia de la humanidad, más propenso al pánico. Y el capital especulativo, el que se mueve en la bolsa de valores, es el que más ha crecido en las últimas décadas. Su influencia en los círculos políticos dominantes es además muy estrecha: quien más quien menos, todos los miembros de la “clase política” tienen sus acciones y sus propios agentes de bolsa.

Esta es la tercera variable en lisa, que se agrega a las anteriores. Cuando se inició la pandemia las bolsas se desplomaron. El gobierno de USA salió al rescate inyectando ochocientos mil millones de dólares (mientras piadosamente reforzaba con cincuenta mil millones el presupuesto en salud de su país). Pero, a diferencia de otras catástrofes bursátiles, en la que los agentes de bolsa temen perder mucho dinero, ahora temían por su vida. Y su temor (que siempre es exagerado: nadie es más histérico que un agente de bolsa) influyó en el poder político.

No olvidemos: con regocijo o con recelo, todos los gobiernos capitalistas están viendo cómo satisfacer y tener tranquilos a los “mercados”. Si los mercados están tranquilos, ellos lo están. Si los mercados se agitan, ellos se agitan. ¿Qué creen que sucederá cuando los mercados entren en pánico? Desde luego: los políticos tienen entre sus principalísimas funciones salvar al capitalismo de los propios capitalistas. Esta vez no estarían pudiendo.

Pero hay todavía una cuarta variable para armar este cóctel explosivo. Hace años que se sabe (o se cree, para el caso es lo mismo), que la humanidad está al borde de un colapso. La cultura prepper y la actual expansión del “supervivencialismo” -claramente un fenómeno de clase alta y media alta, pero lo suficientemente masiva como para que haya programas semanales de TV dedicados a él e innumerables sitios de internet- se basan en la preparación para la catástrofe. Había, pues, mucha gente esperando un desastre inminente. Y no estaban necesariamente locos. Más bien al contrario. Quien sepa ver el mundo contemporáneo sabrá muy bien que el capitalismo nos conduce a un desastre planetario. Lo repudiable de los preppers no es que tengan una visión catastrofista completamente irreal. En eso, más bien, son muy realistas. Lo repudiable, lo condenable de los preppers, es que piensan en cómo salvarse ellos, no en cómo salvar a la humanidad. Pero, evidentemente, toda esa cultura prepper individualista se convenció rápidamente de que el covid-19 era algo semejante a un Apocalipsis zombie, o incluso peor: un enemigo invisible es más temible que un zombie visible. Desde sus usinas propagaron el pánico en todas direcciones.

No es seguro que las autoridades chinas -el país donde todo comenzó- hayan entrado en pánico. Aunque cuando vieron quiénes se estaban muriendo en Wuhan (95 % de las víctimas eran mayores de 65 años), la gerontocracia china seguramente se asustó mucho. Pero no olvidemos que la técnica de la cuarentena es la medida habitual con la que el régimen chino suele responder a las epidemias. Ya lo hizo varias veces en el pasado reciente. Lo que parece indudable, en cualquier caso, es que las clases altas occidentales sí entraron en pánico. Y las autoridades políticas de esos estados se enfrentaron ante el dilema de ceder al pánico y tomar medidas semejantes a las del régimen chino, provocando para ello un descalabro económico sin precedentes; o bien buscar otras vías (como testeos masivos, cuarentenas focalizadas para afectados y población de riesgo, etc.) como han hecho Corea del Sur o Alemania con buenos resultados.

Pero la mayoría de los gobiernos se escindieron entre los que minimizaron el asunto -a veces con pensamiento adolescente del tipo: “a mí no me va a pasar nada”- y los que entraron literalmente en pánico. Aunque no mecánicamente, estas actitudes tendieron a corresponder con el perfil ideológico dentro del capitalismo.

Conservadores y neoliberales, que son los duros entre los duros dentro de nuestros amos, en general no perdieron la calma: ¡qué les va a asustar a ellos unos miles de muertos! Los socialdemócratas y los progresistas, como siempre, tuvieron menos temple; y la excusa perfecta: “nosotros defendemos la salud pública, no como esos neoliberales a los que sólo le importa las ganancias”.

Pero esta mirada puramente ideológica es falsa: ¿por qué no hay alarma social, movilización de todos los recursos del estado para acabar con enfermedades mucho más mortales que el Covid-19 y para las que ya tenemos la vacuna o su equivalente? El dengue, el sarampión, la diarrea (que se arregla tan sólo con agua potable), incluso la gripe (datos del ministerio de salud para 2019: 32.000 muertes por pulmonía) causan más muertos en nuestro país que los que podría llegar a causar el covid-19 -y no excepcionalmente, sino año tras año- ante la impavidez de quienes ahora se rasgan las vestiduras en defensa de la salud pública.

Si los medios de comunicación y las autoridades midieran los riesgos del resto de las enfermedades con la misma vara con la que miden los riesgos del Covid-19, entonces la población entera del planeta sentiría culpa al tomarse un helado (cuando millones de niños mueren por desnutrición), los autos de lujo serían incendiados por la turba y la gente adinerada sería vista como criminales. La malaria se cobra un millón de muertes al año; la diarrea, casi dos millones; la tuberculosis, al menos un millón y medio. Son todas enfermedades curables, incluso fácilmente curables. Y sus víctimas son mayoritariamente niños y niñas. ¿Por qué no se movilizan todos los recursos sociales contra ellas?

Todos los años mueren más de seis millones de menores de 15 años, la mayor parte por afecciones vinculadas a la desnutrición. Con estas cifras sobre la mesa: ¿cómo quedan los menos de 50.000 decesos producidos hasta ahora por el covid-19? Con un agravante: los muertos por las otras causas se suceden año tras año, se van acumulando. Son los muertos de la miseria estructural, no de un fenómeno pasajero como la actual pandemia, que es un proceso excepcional, doloroso pero circunstancial. El mapa de las enfermedades más mortales a escala planetaria muestra una monótona regularidad: las víctimas son abrumadores niños, niñas y jóvenes de clase baja de países periféricos. El covid-19, extrañamente, ha seguido otra pauta, que se revertirá con toda probabilidad en unos meses, cuando está disponible la vacuna para quienes la puedan pagar. El virus del espanto ha cobrado sus víctimas mayormente entre ancianos y ancianas de clase media de países del primer mundo.

Albert Einstein dijo alguna vez que sólo conocía dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Le faltó agregar la hipocresía.

La población de clase alta y media se aterrorizó (aquí, allá, en todos lados) y comenzó a reclamar medidas drásticas y aislamiento total. Argentina es un ejemplo claro. Muy poco antes de que se declarara la cuarentena -pero cuando la misma era ya casi un clamor en los medios y en las redes sociales- el ministro de salud, Ginés Gonzáles, explicó con mucha tranquilidad y sensatez que nuestros principales problemas sanitarios son el dengue y el sarampión. Pero el gobierno cedió ante el pánico de las clases acomodadas.

Fernández no pudo o no se atrevió a resistir el pánico de masas ya desatado (pánico masivo en las clases altas y medias, pero no tanto en las clases populares). Por eso declaró la cuarentena mucho antes de que sucediera lo que el mismo gobierno anunció que era la condición para pensar en una cuarentena obligatoria: la circulación comunitaria del virus. Y por eso se entró en la cuarentena con total improvisación, sin ningún plan. Y sin matices: dictando una medida homogénea para un país tan grande y diverso. Ya está todo el mundo metido en su casa; y al criminal que se le ocurre salir a tomar aire: palo y palo. Los recursos para eso sobran.

Pero todavía hay personal sanitario al que no se le ha proporcionado barbijos (me consta por una médica amiga del hospital Castro Rendón de Neuquén). Y a la cuarentena se entró además con un pánico reproducido e incentivado por las propias autoridades. Cada gobernador, cada intendente, cada ministro, cada comisario empezó a tomar medidas por su cuenta, a cuál más drástica: que no se puede circular el domingo, que no se puede estar en la calle a partir de tal o cual horario. Se inició una loca carrera para ver quién imponía las medidas más restrictivas. ¿Que a igual concentración de gente la probabilidad de contagio es mayor en espacios cerrados que en espacios abiertos? Detalles insignificantes. La paranoia reclama sin atenuantes: “quedate en casa”. No importa si no tenés casa, no importa si quedarse en casa es estar hacinados.

Los abusos policiales y las escenas de micro-fascismo se multiplicaron. Varios motines carcelarios son reprimidos. El saldo: cinco muertos. Ese mismo día el covid-19 provocó el deceso de dos personas en Argentina. Pero consolémonos: no nos va tan mal como a Colombia, en la que el pánico desatado en las cárceles desembocó en la muerte de 23 detenidos, cuando en el país el covid-19 había ocasionado tres fallecimientos desde que se inició la pandemia.

En cualquier caso, hay que reconocer que todos los gobiernos y todas las autoridades de los organismos internacionales se han visto ante un insólito problema: las muertes no ocurrían en África o la India (a esos muertos se los puede ignorar impunemente). Las víctimas, en su inmensa mayoría, no eran jóvenes inmigrantes sino ancianos nativos de países del primer mundo. Los primeros en contagiarse no eran los pobres de los suburbios sino gente con los ingresos suficientes como para costearse viajes al extranjero.

A diferencia del resto de las grandes plagas que azotan a la población -y que nunca afectan significativamente a los sectores acomodados-, la lista de contagiados por el covid-19 sumaba líderes mundiales, estrellas de televisión, astros del fútbol. Y entonces sí. Ahora sí: nada es suficiente para combatir al virus. Poco importan las tasas de letalidad o de contagio, no mayores que otros virus, para los que sí hay vacunas disponibles para quienes las puedan pagar. Ha llegado la hora de hacer lo imposible para detenerlo.

Paremos todo. Quedate en casa.

¿Qué consecuencia sociales y económicas tendrá todo esto? Esa te la debo.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA EL CORONAVIRUS EN CHILE