Giorgio Agamben, un viejo amigo, afirma que el coronavirus difiere apenas de una simple gripe. Olvida que para la gripe «normal» tenemos una vacuna probada. Y aún ella debe ser adaptada cada año a las mutaciones virales. A pesar de esto, la gripe «normal» siempre mata a muchas personas y el coronavirus para el que no hay vacuna es capaz de una mortalidad mucho mayor. La diferencia (según fuentes del mismo tipo que las de Agamben) es de aproximadamente 1 a 30: no parece pequeña.

Giorgio dice que los gobiernos se apropian de todo tipo de pretextos para establecer estados continuos de excepción. Pero no se da cuenta de que la excepción se convierte, en realidad, en la regla en un mundo en el que las interconexiones técnicas de cada especie (desplazamientos, transferencias de todo tipo, impregnación o difusión de sustancias, etc.) alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que crece al mismo ritmo que la población. Aún en países ricos este incremento de población entraña una vida más prolongada y en consecuencia un aumento en el número de personas mayores y, en general, de personas en riesgo.

Debemos tener cuidado en no confundir el objetivo: no hay duda que toda una civilización está cuestionada. Hay una especie de excepción viral, biológica, informática, cultural, que es pandémica. Los gobiernos no son más que sombríos ejecutores, y desquitarse con ellos es más una maniobra de distracción que una reflexión política.

Dije que Giorgio es un viejo amigo. Lamento traer un recuerdo personal, pero no me aparté, después de todo, de un registro de reflexión general. Hace casi treinta años, los médicos juzgaron que tenía que someterme a un trasplante de corazón. Giorgio fue una de las pocas personas que me aconsejó que no los escuchara. Si hubiera seguido su consejo, probablemente habría muerto pronto. Puedes estar equivocado. Giorgio sigue siendo un espíritu tan delicado y amable que puede definirse, sin ironía, excepcional.

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