ESTA ENTREVISTA FUE PUBLICADA EN EL SUPLEMENTO Ñ DE CLARÍN Y REALIZADA POR PABLO DIAZ MARENGHI

“Estoy como una ciudadana común, encerrada en mi departamento, saliendo unicamente si me falta pan para el almuerzo”. Quien comparte esta escena, típica de la cuarentena, del otro lado del teléfono, es Beatriz Sarlo (1942), una de las ensayistas más relevantes de la historia argentina, voz autorizada dentro de la crítica literaria y el análisis político, flamante integrante del programa televisivo Animales Sueltos.

De hecho, fue criticada por algunas voces en las redes sociales por haber participado del ciclo el 17 de marzo cuando por su edad está incluida en un grupo de riesgo. Sarlo afirma que el presidente Alberto Fernández está “muy bien, muy decidido. Al mismo tiempo, medido en la solidez de las medidas que dispuso y la tranquilidad de su discurso”. Aunque señala que le haría algunas críticas por “algunos errores que venía cometiendo”.

Hoy se encuentra, tal como lo han exigido las autoridades, cumpliendo el aislamiento social preventivo obligatorio. Pero eso no supone que su pulsión al análisis en torno a la cultura y los comportamientos humanos se detenga.

A los doce años, Sarlo respondió una pregunta ineludible para cualquier chico: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”. Su respuesta fue sorpresiva: “Quiero ser una intelectual”. Hoy sigue reivindicando el término: “Uno puede decir cualquier palabra en sentido despreciativo pero es, más bien, parte de la ignorancia de quien la pronuncia” afirma.

Y agrega, sin esquivarle el bulto a la polémica: “El desprecio frente al intelectual es parte de una reacción populista. Las mismas personas que pueden adorar al Papa, que es un intelectual –de derecha, pero es un intelectual– ¿van a tener desprecio por el intelectual?”. En su último ensayo La intimidad pública (2018, Seix Barral) se encargó de pensar las relaciones en torno a las redes sociales, la exposición, la privacidad y la intimidad.

La autora de La máquina cultural habló de todo esto con Ñ, en plena cuarentena. Ahondó en los aspectos de la vida social que pueden cambiar de aquí en más y en aquellos que estas circunstancias excepcionales acentúan.

–¿Cómo ha impactado en nuestros consumos culturales este encierro forzoso?

–Es inevitable que aquellos que soporten seguir mirando películas, lo hagan. Que soporten, digo, porque es difícil ver cinco o seis películas por día. Pero en esta situación va a ser inevitable. Los que están habituados a leer, leen. Y los que están habituados a escuchar música, escuchan música. Yo, más bien, me inclino por escuchar música y por leer que por ver películas. No tengo Netflix. Lo que hacen estas situaciones de crisis es acentuar los rasgos preexistentes. No pensemos que esto de la noche a la mañana cambia nuestros gustos o hábitos. No es que se dan cambios fundamentales y la gente sale a copiar pasos de ballet a su balcón. No es así.

–¿Qué papel cumplen la tecnología y las redes sociales en esa acentuación de hábitos?

–Vamos a acentuar todos aquellos modos de la comunicación que estamos habituados a usar. Si la gente usa mucho las plataformas, las usará más. Si la gente habla mucho por Skype con los amigos, lo usará más. Estamos en un estadio, todavía, de la pandemia en el que no se han cruzado límites desesperados sino que se ha acentuado lo cotidiano. ¿Yo que hago? Miro una película de Albert Serra, por ejemplo, que se llama La muerte de Luis XIV (2016). Ahora bien, no puedo aconsejar a una persona que no vio el cine de Serra que vea esa película. Esa persona quizás tenga otra forma de encarar el tema que nos obsesiona a todos.

–¿Hay algo que le interese a usted especialmente de esas conductas?

–Estas situaciones de crisis, salvo que se prolonguen muchísimo, no cambian nuestra cabeza de la noche a la mañana. Acentúan, a veces, nuestro mejores rasgos y, a veces, los peores. Pero no nos cambian. No hay cambios de la noche a la mañana en términos subjetivos sino acentuaciones. Reacciones que antes podían ser más débiles y hoy pueden ser más espectaculares en el sentido tanto de la intervención a favor de vecinos, entre compatriotas o el egoísmo: estantes del supermercado que se vacían en un minuto. Todavía no hemos avanzado en el tiempo. Apenas si llevamos un mes de esto y un poco menos de confinamiento.

–¿Qué opina del rol de los medios, obligados en ocasiones, frente a situaciones como esta, a emitir juicios en borrador y sobre la marcha?

–Los medios podrían recomendar algo que coloque a la peste en otra dimensión. Se habla de La peste (1947) de Albert Camus. Muy bien. Sus editores deben estar saltando de alegría, porque había pasado a un discreto segundo plano y ahora debe estar vendiendo por internet y para el Kindle en cantidades. Pero uno podría decir que hay otros autores.

–¿Qué recomendaría usted?

La muerte en Occidente, de Philippe Ariès, que marca las diferentes formas de la muerte desde la Edad Media hasta la Edad Moderna. Diversos modos en que las sociedades, las familias, los individuos, los dirigentes, la religión encararon a la muerte. Quizás también los medios –y nosotros mismos en este reportaje, por ejemplo– podríamos ver cómo llevamos la discusión para que la gente sienta que está recibiendo algo más que la idea de la peste y Camus, que parece un redoble de batería. Que leer algo más es posible. Que algo más es posible pensar. Si uno explora en Internet estoy segura que se encuentra la película que mencioné, de Albert Serra, protagonizada por Jean-Pierre Léaud. Ahí hay una muerte que no es la de La Peste. Y no es la muerte de alguien como nosotros sino de un rey. Pero eso permite hacer una serie de reflexiones, desde la más banal: a todos nos toca la muerte, aún Luis XIV que fue el rey más poderoso hasta la Revolución Francesa. No obstante, la idea es ver si podemos desviar de la banalidad nuestro pensamiento. Ya tenemos demasiado miedo. El miedo te reduce posibilidades intelectuales. Entonces, ver si podemos salir de ahí. ¡Se habla mucho de Camus y nada de Beckett! Nadie habla de Malone muere (1951), que es el libro de una agonía. ¡Está traducido! No estoy sacando del bolsillo…Ponele que La muerte de Luis XIV sea una película muy secreta de festivales. Ahora Beckett no es secreto. ¿Por qué nadie habla de Malone muere? Páginas y páginas en las cuales alguien que va a morir, lo que se pregunta es dónde se le cayó el lapiz que tenía en la cama. Es casi un ejercicio de gimnasia intelectual y estética ese libro.

Buenos Aires, en cuarentena. El gobierno la extendió hasta el 13 de abril para luchar contra el COVID-19. (Foto: Xinhua/Martín Zabala).

Buenos Aires, en cuarentena. El gobierno la extendió hasta el 13 de abril para luchar contra el COVID-19. (Foto: Xinhua/Martín Zabala).

–¿Cree que los medios gráficos han perdido cierta profundidad?

–Nunca tengo la sensación de vivir procesos de decadencia. No es que sea una optimista histórica. Cuando se sostiene que todo pasado fue mejor: ¿en qué están pensando? ¿En las Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt? ¿En los textos de Raúl González Tuñón? Si miras el diario Crítica vas a ver que sus textos estaban acompañados de cada porquería que no leerías. Ignoro lo que es la nostalgia. A lo mejor el periodismo de hoy no es todo lo bueno que debería ser o debería haber más periodismo de investigación. Tendría que haber menos artículos de opinión, comenzando por los míos.

–Retomando su análisis, usted apunta a salir de la paranoia y pensar en la finitud, en un sentido movilizador.

–No creo que nadie pueda salir de la paranoia. No soy quién para explicar el asunto. Años de experiencia psicoanalítica y psicológica me explican que uno no dice: “Voy a salir de la paranoia”. Pero uno puede encontrar caminos que ayuden a convivir con esos estados de ánimo que, posiblemente, sean inevitables. Podemos tener media hora diferente en las veinticuatro del día.

–Aunque, a veces, lo cotidiano en estos contextos puede volverse horroroso.

–Puede no volverse horroroso, también. Yo tengo un balcón que da a los balcones del edificio de enfrente, en pleno Caballito. Normalmente no me fijo mucho en lo que hacen los chicos. De repente, tengo una chica en un balcón a mi misma altura cruzando la calle. Y esa chica empieza a saludarme. Entonces establezco como un lenguaje de señas, que no es propio de mis hábitos socioculturales. Sin embargo, en estas circunstancias, lo establezco. La reconozco. Ella me busca a la mañana, yo la busco a la mañana. Es decir que uno puede hacer esos pequeños cambios. ¿Me va a hacer esto una adoradora de todos los niños de Buenos Aires de aquí en más? No. Pero uno encuentra, en su propia subjetividad, detalles que no había percibido.