ESTE TEXTO NIO ES MIO SINO DE GATTO

Streamings, bailes sin contacto en casas separadas y videollamadas para combatir la cuarentena de fiestas electrónicas. La ya histórica ausencia de fechas por el coronavirus y una latente fantasía: la primer gran juntada después del infierno separatista del Covid-19.

Nadie jamás hubiera vaticinado que la música podría disfrutarse en un baile sin gente alrededor, de a uno frente a una computadora, sin muchedumbres apretujadas y con la sola compañía de un dispositivo móvil que, como en una matrix futurista, coloca al dj en la habitación de cada miembro de la “rave”. La pandemia del coronavirus obligó a cambios estructurales en todos los órdenes de la vida mundial, y la electrónica no fue la excepción. Como toda industria apegada a la necesidad de reunir personas para su éxito y subsistencia, la escena techno global también mutó durante los últimos meses en el afán de sobrevivir a un escenario escalofriante de infectados, muertos y estrictos confinamientos, obligando a los artistas a reinventarse para no perder más terreno frente al congelamiento absoluto que impuso esta espeluznante epidemia mundial.

Las luces de los grandes boliches fueron reemplazadas por el tímido brillo que las pantallas de pc reflejan en los solitarios bailarines domiciliarios. Djs de la talla de Hernan Cattaneo, John Digweed, Nick Warren, Guy J y Henry Saiz, por nombrar solo algunos, incursionaron en la aventura del streaming: gigantescas videoconferencias en las que miles de necesitados por beats y bajos graves se unieron al ritmo de la danza desde cada uno de sus hogares, siguiendo el set del artista a través de una cámara fija montada para la ocasión. Una especia de boliche virtual antes impensado para un palo que desde su nacimiento se nutrió del baile en comunidad, la necesidad excluyente de la presencia física en masa y el sonido apabullante de grandes discotecas. Pero el coronavirus hizo volcar al mundo y desde hace varios días, las fiestas electrónicas son de a uno y frente a notebooks con parlantes domésticos.

Ya no reniega el público fanático de aquellos atrevidos que en las discos rozaban reiteradamente sus cuerpos molestando la coreografia casual imaginaria de los concentrados en el viaje musical. Se hechan de menos también las largas filas en los los ingresos a renombrados eventos masivos que tan comunes eran en la anterior vida. Ahora solo queda el movimiento pendular de la cama al living o con suerte, al supermercado. Los barbijos reemplazaron al contacto directo y la cuarentena se llevó puesto el perdón, permiso, gracias; casi una reliquia de otras épocas felices.

Pero con el pasar de las semanas y las reiteradas prolongaciones del distanciamiento preventivo y obligatorio en casi todo el planeta para evitar la extinción de la especie humana frente a la novedosa enfermedad, una idea comienza a aflorar tímidamente y sottovoce. Es la fantasía de “la primera vez que nos podamos juntar después de todo esto”. Seguramente el mundo ya no será el conocido hasta ahora y muchas actitudes individuales y comportamientos colectivos se verán rectificados por el implacable paso del coronavirus. Aunque en los que transpiran techno y extrañan las fiestas electrónicas, una firme certeza los esperanza y reclama pronta entrega, por favor: el sueño del reencuentro en la pista de baile como antídoto a la desesperante soledad impuesta por la pandemia.