ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE LATEBLOOMER

Hace un tiempo conocí en una reunión a una nena de unos seis o siete años, que me fue presentada orgullosamente por amigos de sus padres como “vegana de nacimiento”. La niña me llamó la atención por su aspecto: escuálida, con unos ojos enormes con un brillo de tísica, el pelo opaco y reseco y una palidez alarmante. Por contraposición, me recordó a otra chiquita que había visto en un Mc Donald’s de Brooklyn, devorando un Big Mac con miles de papas fritas al lado de la madre, obesa como ella. Las dos chicas tenían en común el tono de piel malsano y la mirada triste. Me hizo preguntarme hasta qué punto los padres pueden hacer uso y abuso de la tenencia de sus hijos para transmitirles toda su neurosis alimentaria. Estas criaturas no tienen la más mínima opción de elegir, reciben lo que se les da y son educadas en la repetición de hábitos impuestos por gente que no se cuestiona si el desarrollo de un chico está cursando un camino saludable, o sólo son muñecas a las que se cría, viste y alimenta en función de una proyección propia y muy extrema. Supongo que estos hijos más adelante podrán intentar despegarse de esa información si lo desean, pero no tengo dudas de que les va a resultar sumamente difícil. Habría que quererse mucho para reproducirse, y lo triste es que esto no suceda en la mayoría de los casos.