Una de las cuestiones que en este blog decidí dejar de lado fue el racismo con el que se trató mi relación con el Bahiano. Desde su aparición en mi vida, Rogerio fue visto, automáticamente, como un ‘alma pura’ por la simple razon de ser pobre, negro y exótico. Al evidente racismo de esa aseveración, hay que agregarle lo que podríamos considerar como el efecto Diógenes que presupone que todo aquello que se opone a la ‘corrupción’ de la ciudad es, por default, bueno y puro.

Un primer atentando contra esa pureza venía desde su condición sexual. En una cultura como la negra esta siempre tiene que ser negociada. Lo que, a primera vista y a nivel superficial, era tolerancia y apertura – y convengamos que en el país que venía de elegir a Bolsonaro todo no podía ser tan fresco y genuino como se presentaba-, al momento de negociar cuestiones más fundamentales como, por ejemplo, la libertad de no tener que permanecer al lado de los padres ancianos todo el tiempo teniendo diez hermanos con quienes compartir esa responsabilidad. Por ser gay y sin hijos, el Bahiano es el que asume la responsabilidad de permanencer con sus padres en la casa familiar y asistir immediatamente a aquel que lo necesita.  No habiendo tenido hijos de acuerdo al modelo heterosexual, Rogerio debía automáticamente ajustar su vida a las necesidades de aquellos que ‘habían elegido una vida orientado hacia la reproducción social’. Estas exigencias, por supuesto, eran automaticamente trasladadas a su pareja (es decir, a mí) cuyas prioridades (vacaciones, planes juntos, etc) quedaba relegada al momento que alguna necesidad de la familia hiciera reconsiderar la lista de prioridades. Esto injustamente fuerza al gay a infantilizarse mientras se le exige ser el más adulto. Con diez hermanos, las exigencias eran tales que no quedaba tiempo para una vida propia y mi opción era la de plegarme a ese ritmo poniendo mi vida al servicio de ese esquema o no. Esa fue, básicamente, la historia de nuestra relación. Los planes hechos con meses de anticipación eran fácilmente cambiados poniéndome en la situación de tener que estructurar mi vida y movimientos de acuerdo a exigencias que ni siquiera eran verbalizadas. Una diabetes no diagnosticada de un sobrino fue la crisis que me dejó fuera de circuito. Las necesidades de las personas no eran las mismas y el valor de las mias no calificaban siquiera para comenzar una negociación. Fue el fín, para mí.

Pero esto no ocurre en el vacío sino en una cultura como la nordestina atravesada por un miedo ancestral. Los negros del interior Bahiano temen todo aquello que se salga de la norma lo que se traduce en una falta de interés por lo que no tenga que ver con los reaseguros. Esto tiende a equivaler a la repetición de lo mismo o en sentido de visión del tiempo, lo que para alguien de la ciudad es lineal y entrópico; para ellos es estacional y cíclico. El principio y el fin es el origen del miedo, un miedo sin evento especifico que lo justifique pero con un efecto sobre la vida y la carne muy palpable. La seguridad en ese contexto tiene un precio que es la resignación del mundo y del futuro. Hay muy pocos que logran romper ese ciclo estacional en el que todo se repite como un mantra. Desde ya, cuando yo me crucé con Rogerio, dos modelos de ADN se encontraban. En mi genética, tenemos un boxeador profesional cuya familia emigró de la jungla (no demasiado diferentes de la del Bahiano) a la ciudad y lo vio pararse en el Luna Park frente a miles de fans y, por parte materna, una española que fue y vino a Europa varias veces para redefinirse, cada vez. En mi ADN la reinvención, la migración y la adaptación a nuevos contextos es un mandato. El ADN de Rogerio va literalmente en sentido contrario y coloca el peligro en las marcas de su pueblo. Para él, ‘la conquista’ es el mal y no un principio vital.

Rogerio es la primer generación de universitarios desde que Lula decidiera implementar una politica educativa sin precedentes mediante la cual la Universidad llegó a lugares a los que, de otro modo, nunca hubier podido llegar. Esto le permitió a él y a muchos de sus colegas y vecinos estudiar historia y carreras humanisticas. Esto generó en lugares como Maragogipe un grupo de jovenes con lecturas en teorias pos-coloniales, feminismo y teoria critica cuya única forma de inserción en el mercado (frente a la aversión cultural a emigrar y emprender) es la de lograr un contrato en el municipio que, a la vez, es altamente corrupto y adverso a cualquier tipo de crítica real. Esta cadena de contradicciones hace que poco a poco, ese lenguaje ‘radical’ aprendido en la universidad dinamizada por el Partido de los Trabajadores se fuera vaciando de sentido y transformandose en la jerga de una suerte de Versailles pobre e infestado de mosquitos en el que un movimiento en falso puede significar el ostracismo social y político. Así, el lenguaje se convierte en una cáscara en la que conceptos progresistas son usados para el elogio mutuo (recordemos el lugar del ‘flattery’ en la corte) ad nauseam (dicen cosas como: ‘Es un orgullo haber nacido en la misma generación que un cerebro como el del profesor’) y la corrección política deviene en un instrumento para la preservación de un orden clientelista en donde el Estado es el que distribuye y lo hace de manera de no dejar margen alguno de energía para la superación personal. Es ese el momento en el que el lenguaje radical se transforma en conservadurismo y en el que la critica se transforma en confirmación de lo que hay. Esto mezclado con la homofobia internalizada y el miedo de transgredir los limites de la ‘polis’ deviene un lugar demasiado extranjero para mí. El mayor problema de esto es que es vivido por los participantes como un dato de la realidad y al hacerlo todos los aprendizajes de la teoria critica se disuelven para transformarse en excusas para acceder a un doctorado al que solo se accede (nuevamente) de manera clientelistica y no por merito. El problema es que hasta el conocimiento se articula en terminos binarios de nosotros versus ellos y la sofisticacion del pensamiento desaparece para transformar a ese intento educativo exitoso del PT en un instrumento de dominación más. El resultado de todo esto es que es la palabra pierde la capacidad ilocucionaria de afectar la realidad. Cuando uno se da cuenta de esto comienza a entender que hay dos niveles de realidad: la formal y la real y la relacion entre ambas se negocia según coticen ese día el miedo y la homofobia internalizada.

Hoy, somos amigos y su familia es definitivamente parte de mi vida. En ese contexto y en esas condiciones, Rogerio es una maravilla pero una maravilla con una carga que, al menos para mí, es imposible de negociar ya que no hay negociación posible. Cuando una pareja no puede ser tu heroe posiblemente es mejor estar sin pareja. Como con Konstantinos, tengo la sospecha que lo mejor de Rogerio en relación conmigo está por venir. Nuestra amistad recien empieza. Sin embargo, me pareció siempre fascinante como en el blog, el Bahiano era considerado como una cifra de todo lo bueno en la vida sin pensar que el miedo y el clientelismo casi siempre vienen con la promesa de la pureza, por más, racial que está se presente. J A T