Uno de los temas que cruzan las reflexiones respecto de las relaciones humanas en este blog es el de la amistad. Este es un tema que atraviesa la historia de la civilización desde los Griegos donde la amistad entre hombres era la forma más pura de amor al estar despojada de la ansiedad que la relación entre la sexualidad y la reproducción social conllevan. Para Aristoteles la amistad solo podía existir entre iguales y esa igualdad sólo puede ocurrir en el reconocimiento mutuo de la virtud. Esto, desde ya, es algo que no se puede imponer sino que sale de la introspección que nos permite conocernos para desde allí tener la coherencia y coraje suficiente para poder mirar con ojos desapasionados a aquel al que se quiere amor. Toda intoxicación determinada por la necesidad queda necesariamente fuera de este vínculo virtuoso. Casi siempre, una declaración de amor es un primer paso para el autoconvencimiento y la intoxicación ya que el amor y la amistad no funcionan como sustantivos sino como verbos. Sólo existen en acción.

Como hijos del romanticismo que somos en donde no solo existe una division entre cuerpo (exterior) y alma (interior) sino que dicha división implica una jerarquía en la que la interioridad precede a la materia, la relacion entre amistad y voluntarismo o, para los fines de este post, entre amistad y la declaración de amor se vuelven muy confusas. Esas declaraciones se vuelven, muchas veces, mantras destinados a convencernos de aquello que sabemos que carecemos. La segunda parte del siglo XX consolidó el imperio de la subjetividad como aquello que determina el valor de la vida al punto que acabó confundiendose la satisfación de nuestros deseos con la felicidad y esta con la completitud. Pero donde queda la amistad en este contexto?

Este blog ha sido atravesado desde sus orígenes por nociones como ‘mafia del amor’ y por ideas de la amistad palermitana en la que el amor se declara ex ante como un acto ilocucionario, es decir, como si la sola enunciación pudiera provocarla. De algun modo, toda interacción posterior al ‘Amigo, te amo!’ o ‘Contá conmigo para lo que necesites’ viene condicionada por la necesidad narcisista de percibirse como aprovechando al maximo las oportunidades de la vida (logrando esa amistad Aristotelica de manera automatica) y tambien por la negociación de esos elevados estandares en la turbia realidad de la vidad en donde esos estandares sencillamente no pueden ser mantenidos.

Esto sirve tambien para las relaciones romanticas que muchas veces vienen definidas por el miedo a lo desconocido. Por eso, nos aferramos a lo que tenemos por miedo a la soledad, por miedo a que no seamos suficiente como para valernos solos para pagar las cuentas o, como muchos plantearon en el blog recientemente, la ficción de que una relación garantice que esa persona va a estar para abrir la puerta de Emergencias cuando realmente se la necesite.

En mi caso, y convengamos que no soy ejemplo de nada, yo tomé la decisión consciente de no aferrarme a mis amigos históricos en Argentina con algunas excepciones en las que la distancia y el silencio nos ha permitido administrar nuestras cada vez más esenciales diferencias. Sin embargo, culturalmente, en la Argentina, el mandato es el de aferrarse a los amigos de origen. Esa es la comunidad que a uno lo define y fuera de esa comunidad uno directamente no existe. Seguramente, Ustedes que estan insertos en esa realidad y la tienen naturalizada no se dan cuenta pero Buenos Aires es un desierto poblado de islas autonomas de amigos historicos muchas veces toxicos que se aferran los unos a los otros como en un naufragio. Una actitud como la mía en Buenos Aires no podria ser mantenida en el tiempo y solo puedo plantearla porque no vivo allí. En mi caso, mi decisión de alejarme de mis amigos históricos tuvo un denominador común y tuvo que ver con aquellos que o bien me juzgaban sin las credenciales para poder hacerlo o con aquellos que se vanagloriaban perversamente de infligir daño a otros (infidelidades declaradas con orgullo, corrupción política como medalla de honor, etc). A partir de mis treinta años cada vez me fue más dificil tener amigos de derecha que se percibieran como jovenes performativos y exitosos por la sencilla razón de que no tenían consciencia del fuerte componente mágico de su pensamiento. El tratar de imponer la magia como sentido común es algo que no puedo sostener como parametro de una amistad y cuando hablo de amistad no me refiero a juntarnos muy de vez en cuando sino al reconocimiento amoroso en la virtud mutua. Por lo general, esos jovenes exitosos (aun a los cincuentas y con un exito mas que relativo) trasladaban ese convencimiento mágico al lenguaje y terminaban hablando ese idioma pelotudo oficializado por Alec Oxenford en donde las cosas son ‘divertidas’, etc. Luego estan los amigos que dicen estar cuando los necesitas pero cuando eso ocurre eligen ese momento como plataforma magnificada para emitir un juicio en el ellos se colocan como los que ‘saben vivir’ y a partir de allí deciden si la crisis que uno atraviesa fue ‘legitimamente buscada’ o no. Por ejemplo, mi amiga Florencia era la que se emborrachaba y gritaba: ‘Amigo, estoy para cuando me necesites’. Luego durante toda mi adiccion y recuperación literalmente desapareció para reaparecer, pensando que todavía ese lugar estaba vacante, el día que murió mi mamá para decir: ‘Aca estoy!’. Mi respuesta, obviamente fue el silencio del que no tiene tiempo en medio de tamaña crisis para procesar el regreso de ‘esa hija autoproclamada como prodiga’ pero carente de todo valor. Eso, desde ya, no es amor incondicional sino narcisismo y un tipo de narcisismo muy argentino (italiano?) que les permite percibirse como capaces del amor virtuoso por el simple hecho de que tuvieron oportunisticamente la chance de teatralizar sus grandes gestos. Para mí, en ambio, la amistad es prosaica y se ve en el día a día; en lo micro; jamás en lo macro.

La amistad en Inglaterra es muy diferente y diría que debe ser colocada en el extremo opuesto. Las relaciones afectivas tienden a tener la efectividad de un contrato por lo que duran mientras las condiciones permitan que duren pero cuando el contrato se disuelve la empatía da lugar al vacío inmediato. Aquí (en Inglaterra), la empatía resulta del acuerdo de quererse para que la energía que dinamiza la relación (osea, el afecto) permite a las partes estar en una mejor posicion para afrontar los desafīos particulares de la vida que se atraviesas en ese momento. Podría decirse que el afecto en Inglaterra funciona como una proteína y es casi material. Por eso, fue mucha la sorpresa cuando en el momento menos esperado del calor pasé al frío, sin solución de continuidad. Los latinos necesitamos una pista de aterrizaje mucho mas larga para mutar el estado de nuestras relaciones y no usamos, como acá, ese cambio de temperatura como un latigo para cobrar facturas contractuales, al menos, para una de las partes aún no cobradas. Si en la Argentina uno tiende a experimentar el narcisismo de los grandes gestos, en el mundo Anglo uno experimenta el narcisismo de la autopreservación que, de pronto, uno ha venido a amenazar. Yo llamo a esto, la cultura suicide de los límites (‘boundaries’) y convengamos que los límites son necesarios pero cuando se transforman en el condicionamiento de las relaciones a partir del miedo, pasan a ser la justificación de una vida no vivida, en aislamiento y solo a partir de relaciones transaccionales que van desde el placer sexual hasta las declaraciones de amor en un contexto social. Hay mucho esto ultimo en los recientes episodios de mi vida.

Los párrafos anteriores, sin embargo, pecan de algo que vengo tratando de no hacer que es dividir la realidad entre ‘nosotros y ellos’ o entre ‘yo y el otro’. Releyendo lo que escribí me percibo como alguien que justifica sus exitos y fracasos amorosos (en el sentido de la amistad) a partir de causas externas en las que parezco no tener influencia ni responsabilidad. Dicho asi, mis problemas de relacionamiento tendrían que ver con estar suspendido entre dos culturas pero no creo que sea totalmente así. Esas variables externas estan definidas por el modo en el que yo las vivo y defino como mecanismos de defensa frente a mis propios miedos. Es por esto que una constante en mis relaciones de amistad es que divido mi mundo de afectos entre mis amigos solidos e inteligentes a quienes mantengo separados de la intensidad de la vida cotidiana (los llamo ‘the Board’) y que solo intervienen en tiempos de crisis y, por otro lado, mis amigos inestables y co-dependientes (no conmigo porque tengo poca tolerancia a la codependencia) a quienes mantego más cerca en el día a día y que siempre en algun momento de necesidad real son los que, interesantemente, acaban levantando el dedito acusador y usando su inferior virtud para penalizarme o atacarme por algo que estrategicamente usan para acicalar sus precarias subjetividades. Hay algo definitivamente autodestructivo en eso pero no lo suficientemente dañino para quedar desarmado porque inmediatamente el sistema coloca al ‘Board’ a cargo y el grupo de los ‘buenos amigos’ toma el timón y todo rapidamente vuelve a la normalidad. Es como si armara mi mundo de afectos con cierto margen de autodestrucción controlada para experimentar algun tipo desesperanza que cada vez más reconozco como una ficción que no convence a nadie. Esto es algo que el arte del Barroco lo tenía muy claro al representar a los verdaderos amigos como espejos del alma. Dicho de otro modo, no hay amor sin proyección narcisista de quienes somos y como queremos tratarnos en ese momento específico. El resto es tan incierto que, al menos en mi caso, solo puede ser explicado como una sucesión de pequeños milagros. J A T