A esta altura de la soirée, creo que es una redundancia decir que la Novaresio es un soberano nabo que construye su identidad al servicio de una idea funcional a aquellos que no solo lo limitan sino que lo han hecho con generaciones pasadas que se vieron obligadas a luchar en diferentes condiciones para que las banderas de la diferencia sexual no sean entregadas tan automaticamente como lo hace este tipo. Dicho de otro modo, lo que caracteriza a Novaresio es el doble discurso de alguien que por un lado proclama a los cuatros vientos la diferencia sexual como identidad politicamente correcta mientras por el otro subscribe a todos y cada uno de los criterios propuestos por la mayoria heteronormativa de aceptabilidad del gay de acuerdo a la imitaciones de aquellos que lo oprimen. De acariciar el gato con una mano y pajearse con la otra con sexo fuerte sin protección en Pornhub (el único momento del pasado reciente que, a mis ojos, lo redime por lo culposo, oscuro y hot) y de autopenetrarse intelectualmente al preguntarle en cámara sin que se le mueva un músculo a María Cher el secreto de la felicidad o resignandose a tener como invitada especial a Esme Mitre en su frustrado programa de entrevistas, la Novaresio pasó a intentar comodificar su salida del closet transformandose en un referente de la nueva generacion de argentinos ‘con la cabeza abierta’. En esta categoría por supuesto, el impresentable de Braulio ocuparía el lugar de primer consorte.

El problema es que su necesidad de transformarse ya en sus entrados cincuentas en referente de algo que, para tener alguna funcion social, tiene que motivar a los jovenes es, por decirlo de alguna manera, bulímica y narcisita. No es que sólo se anima a salir del closet imitando un estilo de pareja heterosexual en donde los dos son supuestos ‘pilares productivos de la sociedad’ sino que ahora, en su blog, decide adscribir al dogma de ‘lo sano’. Lo que ya de por sí es una pelotudez, en su caso pasa al siguiente nivel al confundirse salud por esfuerzo individual, autodisciplimamiento y estética uniformada. Por su sola existencia, Novaresio parece reasegurar a lo mas recalcitrante de la sociedad que un ‘buen gay’ es alguien ‘en forma’, ‘sano’, ‘en pareja monogáma’, ‘exitoso’ y, desde ya, ‘sin HIV’ (aunque en la Argentina el COVID se acepta tenerlo porque no es de putos sucios y perdedores).

Tras toda una vida en el closet en la que ser atractivo era algo peligroso ya que podía atraer a las mujeres y ponerlo en evidencia, Novaresio descubre su sex appeal y como de costumbre en lugar de vivirlo en privado y con dignifidad comete el error de transformarlo en un atributo más de su CV profesional como: ‘hombre sano’. En su blog, su compañera (y amiga) Débora Plager le escribió: «me contás qué estas haciendo para estar fit. Te veo muy bien en la tele. ¿Estás tomando algún suplemento o algo?». Me quedé pensando en lo que, sentí, era un elogio. «A tu edad, te la estás bancando», le dijo otro amigo. Y dice: ‘vengo a ser un cincuentón largo (soy modelo 64) que estaba bastante vago con el entrenamiento físico. La cuarentena, debo decir, me sirvió para retomar las rutinas físicas y, sin darme cuenta, para bancar el encierro’. La cuarentena lo que le permitio es decognitivizar su existencia para vincularse más con su cuerpo y en lugar de explorarlo decidió seguir el camino habitual gay normado del gym y los suplementos proteicos para construir esa capa de desnudez uniformada.

Esto es algo en lo que tengo experiencia. Me refiero al sentirse atractivo y tambien pasar por epocas en las que uno hace todo lo posible para no serlo. El problema con el paso del tiempo es que todo se vive como ‘la ultima oportunidad’ y creo que ahí sobreviven solo los inteligentes. Aquellos que saben envejecer transformando su particularidad en un valor (y me refiero a la particularidad física) y no como Novaresio, queriendo sumarse a un ejercito de pendejos articulando la misma variable. Lo que sorprende de eso y sobretodo viniendo de alguien que se jacta de leído es su poca inteligencia.

Desde ya, Novaresio aprovechó la oportunidad que la pregunta de Plager le dió para aclarar que el es sano no de una manera estoica sino mezclando el placer con el autodisciplinamiento… obvio. Todo esto, según el, no lo hace para mantener su salud mental (algo fundamental desde la Antigua Grecia en la practica de todo deporte) sino, en sus propias palabras: ‘Nunca valore la idea de que el cuerpo físico podía contener alguna debilidad del cuerpo emocional. Soy (fui?) de los que creen que el intelecto no tiene demasiado parentesco con el continente físico. La cuarentena, ese modo antinatural de encerrar el cuerpo físico, me llevó a abordar la angustia emocional poniéndole mirada a mi aspecto exterior. Así de raro. Como lo que vivimos. Tengo una ayuda extra, es verdad. Mi novio Braulio, otro cincuentón pero menor que yo, es un tipo que ama la actividad física (y se le nota) y me empuja a romper la inercia del hacer nada’. Es decir, no es algo interno sino puramente externo lo que queda claro cuando dice: ‘Detesto arrancar. Soy feliz al terminar el entrenamiento. Esa pavada de libros best seller de «endorfias que te mejoran el ánimo», opera en serio. Lo que sea, funciona. El espejo me hace sentir más contento, pero la sensación de superar un obstáculo mental que me dice «flaca para entrenar» fue un aliciente en estos tiempos tan raros’. Lo que lo motiva es superar el obstaculo de su mente (es decir, lo atrae el autoflagelo) y todo esto se cristaliza en su hedonista imagen en el espejo. El deporte para el no es integrarse con la naturaleza sino ajustarse a una idea cartesiana en la que el cuerpo y la mente estan escindidos. Imaginense lo mal que coge alguien que piensa así. J A T

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