ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE LAZAROV

En sociedades con una desigualdad tan enorme como la argentina, en donde el poder tiene el culo sucio, es muy común ver como ‘hijas’ tipo Esmeralda o Cande Tinelli son entregadas en sacrificio. No sé por qué, pero en general es una hija a la que, desde que nace, se le niega sistemáticamente toda contención y guía, para tener un monstruo que entregar al pueblo. El pueblo está resentido, quiere sangre, así que los dueños de la Argentina separan una hija, la abandonan, para que crezca sin herramientas, casi como una persona pobre; con ego pero sin autoestima, con un relativo buen gusto pero drenada de toda capacidad creadora.

Para que el pueblo soporte el delicado equilibrio de la injusticia, cada tanto hay que darle de comer una hija del poder. El pueblo, que está hecho (también) de gente de mierda -pero sin horizonte-, se retuerce, se desahoga, declama virtud ante el espectáculo del monstruito que cree ser una cosa pero es otra; se queda fascinado mirando esa brecha, ese abismo entre la fantasía de Esme y su realidad. Digo, la humillación a la que la someten en ese reality es de diseño, y tiene como objetivo que la gente eyacule vergüenza ajena, equilibrio psíquico y superioridad moral. Y que vuelva a bajar la cabeza. Hasta la próxima función. Hasta la próxima hija.

Creo que la única posibilidad de escapar a esta maldición para una Esmeralda sería desaparecer del mundo que la conoce, perderse como voluntaria entre las Misioneras de la caridad en Calcuta. Lo digo sin ironía. Rodearse de niños desahuciados; que no entiendan las pavadas que dice pero que se vayan acostumbrando al sonido de su voz y a su perfume; hasta que se le termine, y después a su olor de verdad. Que a su alrededor pronuncien mal ‘Esmeralda’ y que esa mala pronunciación se convierta en su verdadero nombre, bajo de un cielo estrellado, en ninguna parte.