View this post on Instagram

 

@galeriagrasa @nicolasfernandezsanz

A post shared by Gustavo A. Bruzzone (@gustavobruzzone) on

‘Una carta es una carta es una carta’, es el título de la muestra de Nicolás Fernandez Sanz en la Galería Grasa (sic) de Torcuato Agote. La misma, en tanto ejercicio estético y conceptual solo puede ser entendida como el síntoma de la enfermedad cultural de un pais en el que un barra brava llega a diputado nacional y contrata a su novia para chuparle las tetas, más que seguramente drogado, en zoom en medio de la sesión. La conclusión que tanto ese episodio como la muestra de Fernandez Sanz permiten sacar es que la mediocridad se impone en un país en el que las promesas de lealtad entre mediocres valen más que el sentido común.

Digo esto porque tuve la poca fortuna de conocer a Nicolás Fernandez Sanz en la pileta de la casa de unos amigos. En cuanto le extendí la mano dando mi nombre y apellido, el muchacho empalideció y comenzó un psicótico balbuceo que pronto se convirtió en un monólogo que solo se detuvo cuando le dije: Adios!. Si bien gentilmente se ofreció a acercarnos a Rogerio (mi ex Bahiano) y a mí a mi departamento de Recoleta (cuyo alquiler está administrado por Santiago Agote -dato que incluyo adrede y sugiero al lector vincule con el apellido del galerista de Sanz quien, oh casualidad, es su hijo), el viaje fue una tortura que osciló entra verguenza ajena y la empatía por el sufrimiento de una persona que estaba lo suficientemente atraída para ofrecer llevarme en su auto pero que al mismo tiempo, según decía una y otra vez, ‘se quería matar’. Al día de hoy, Rogerio recuerda ese viaje en auto como el momento más traumatico de su visita a Buenos Aires ya que el joven demostró un nivel de neurosis que mi ex por lo relajado de su lugar de origen probablemente no había visto en su vida. La falta de inteligencia de Fernandez Sanz como para distinguir lo literal de lo metaforico y su incapacidad de diferenciar al personaje de la persona hacen que la cobardía, la falta de caballerosidad y la inmadurez se fundan en algo que Freud llama psicosis por no acaba de distinguir la realidad de la halucinación. En dicha occasion, El monólogo al que nos sometió Fernandez Sanz era un mantra de frases inconexas que giraban entorno a la necesidad de aclarar que me tenía miedo porque yo soy ‘terrible’ y que sus ‘amigos’ tambien me ‘temían’ y bla bla bla. Desde ya, Rogerio rolled his eyes y si mal no recuerdo le pidió algun Orixá que lo quitara de su camino. De todos modos, la preocupación de Sanz era la de que sus ‘amigos’ del mundo del arte no supieran que él había tenido una charla civilizada con ‘ese monstruo’ que vendría a ser yo. En especial, le preocupaba que Jorge Macchi el internacionalmente reconocido artista neo-conceptual argentino no se enterara del encuentro y vale decir que en tanto arquitecto y a modo de colaboracion con él, Sanz había hecho una suerte de construcción edilicia dentro de la galería de Ruth Benzacar para una de las ultimas muestra de Macchi en dicha galería. Desde un punto de vista Nitzcheano, Sanz representa el espiritu servil e innoble que no puede obedecer el mandato del cuerpo y lo obtura con consideraciones que cree son de interioridad pero que, en realidad, reflejan la relacionalidad del débil. En tanto persona de carne y hueso, el muchacho es una bola de traumas menores que se niegan a introyectar la ausencia provocada por un trauma mayor a traves de la saturación de su espacio vital con ruidos, balbuceos débiles y ‘amistades’ que él, en el fondo sabe, no lo son. Todos hablan para que el ruido nunca llegue al silencio que transforme la infantil melancolía en depresión.

La circular tautologia del título ‘Una carta es una carta es una carta’ refiere genéricamente a una obra en pose que no logra suspender el descreimiento para poder así generar la catarsis (aristotelica) que lo teatral del tipo de escena emocional del neo-conceptualismo afectivo post-Macchiano demanda y, eventualmente, sugiere. Para eso, Fernandez Sanz no puede quedarse con la obra en sí en tanto objeto visual sino que se ve obligado a acompañarlo con dos elementos adicionales sin los cuales cualquier intento de construcción de significado inexorablemente colapsa: una serie de ‘cartas’ (que, en realidad, son textos pasables aunque irrelevantes con la excepción del insultante -para el mismísimo Fernandez Sanz- texto de Macchi -que hace las veces de introduccion al ‘catalogo’ y el de Telleria que flashea Calderón de la Barca y dice una boludez como que ‘el mundo no existe’ que tras su papelón en la Bienal de Venecia resulta, en tanto boludez, magnificada) y una performance exagerada de la amistad que, en realidad, denota que nada de eso existe en la realidad. Cuando me refiero a lo insultante del texto de Macchi me refiero a lo transaccional del tipo de relación de amistad que establece Fernandez Sanz en el mundo del arte cuyo punto de orígen suele ser alguna colaboración en la que él es usado. En el caso de Macchi, este realiza ese tipo de colaboraciones a un very low cost prometiedo tocar al colaborador o asistente con el velo de su fama y prestigio. La escritura de la introduccion al catalogo de este muestra por parte de Macchi no es, entonces, sino una devolución de favores que acaba realizando con un texto que incluye las siguientes frases: ‘No sé nada del tarot. Y mi ignorancia nunca me impulsó a intentar saber. Quizás tenga miedo de saber. Eludo incluso la posibilidad de que alguien lea en las cartas algo que yo no quisiera escuchar. Al parecer lo que ellas develan no es solamente el futuro, sino también el presente y el pasado. En algunas ocasiones mi lema es No sabe No pregunta.’, ‘No quiero preguntar nada a las cartas, pero sé que adentro de los marcos el pasado y el futuro están soplando en direcciones opuestas a través de los agujeros, para configurar este presente casi ausente y por supuesto fugaz’. Hay varias frases más de análogo nivel intelectual pero si tenemos que analizar la primera y tras ver una muestra que supuestamente reflexiona sobre las cartas del Tarot, Macchi reconoce que la misma no le aportó nada… ‘No sabe No Pregunta’. Asimismo, la segunda frase hace referencia a que las mismas estan (mediocremente) ‘dibujadas’ con agujeros en marcos que hacen que sean como coladores. En otras palabras, Sanz toma portales hacia otra dimension en coladores vaciados de sentido y color.

Como en muchos de su generación y camada de artistas palermitanos, Fernandez Sanz no tiene un objeto artistico material a ser exhibido ya que estas cartas agujereadas no resisten el más mínimo analisis sino que su practica es el sintoma de un grupo social endogamico que el no se cansa de afirmar es su razon identitaria y fuente de autoridad. Así, la introduccion al catalogo de Macchi hace las veces de ‘carta de recomendación’ a un espectador mediocre al que espera fascinar con un obsceno y poco educado name dropping. Cuando Bruzzone visitó la muestra, el ‘artista’ se ocupó de aclarar que una parte fundamental del proyecto son las ‘cartas’ (textos de los amigos/artistas) que no cumplen otra función que la de reforzar esa red de referencias mediante la cuales esa microcomunidad afirma con la grandilocuencia y voz alta con la que solo se afirma aquello que no se sabe o de la que uno no está seguro que Fernandez Sanz es uno de ellos. Fernandez Sanz es la epitomización del cobarde que se refugia en el más fuerte para ascender en una estructura institucional y lo peor (para todos nosotros) es que muchas veces lo logran. J A T