ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE CATU

Esta reseña fue disparadora para volver a escuchar tu lanpodcast de la amistad (que recomiendo vivamente a todos: https://loveartnotpeople.org/2018/12/01/volvieron-nuestros-lanpodcast-y-en-el-numero-40-exploro-como-ser-un-buen-amigo/) y que termina con tu deseo de que lo hayamos disfrutado y que lo podamos aplicar en nuestras propias vidas (y ahí nomás pienso en lo que planteás sobre Petruchansky y el arte vivido en el cuerpo).

Entre tantos conceptos, en tu lanpodcast planteás que Aristóteles define la amistad como necesaria para tener una vida feliz (también sostiene que su forma más elevada es la amistad que se da entre gente buena, entendiendo como tal a aquella que tiene autoestima).

También rescato la idea de que –para Sócrates– amigos son quienes comparten todo, aquellos que tienen todo en común y son mutuamente útiles en la bondad. Te cito: “Cuando dos personas son iguales, solo pueden obtener del otro lo que pueden obtener de sí mismas; pero quien es autosuficiente no sentirá afecto por nadie, y quien no ama, no puede ser amigo de nadie”. “Nunca se habla de llevarse bien, sino de una conveniencia mutua a partir de la bondad y no de la maldad, con lo cual no es una conveniencia manipulativa”. “Para nosotros, llevarnos bien es casi fundamental, mientras que para los griegos no es tan necesario”.

Y posiblemente aplicable a Saravia: “Quien tiene dinero y poder, necesita amigos; por un lado, para demostrar beneficencia (para poder ser bueno) y para proteger su posición (no puede vivir entre enemigos, porque lo empuja al despotismo)”.

Otros aspectos que aborda el lanpodcast y que pueden venir al caso aquí son el tiempo de maduración que requiere la amistad, la cantidad de amistades que se puede llegar a cultivar go los halagos exagerados, entre otros.

Con todos estos elementos, quizás Rangel podría repensar su expresión de “amiga muy querida”, aunque solo ella puede conocer –o llegar a conocer– los alcances de su vínculo con Saravia, claro.

Retomando la idea de la autoestima y pensando en Silvia Saravia y en mi caso, como persona afectada por el consumo del alcohol y/o sustancias y/o enfermedades mentales de seres queridos y cercanos, trabajando el programa de Doce Pasos, a estas alturas me cuesta pensar que quien no se ame y respete a sí mismo, estará en condiciones reales de establecer una amistad elevada con otros.

La autoestima y la negación han sido temas cruciales en los comienzos de mi recuperación.

Cuando leí lo que pasó en Martindale, lo primero que (irreflexivamente) se me vino a la cabeza fue la idea de cierta negación por parte de la víctima, aunque luego –ya intentando incluir mi experiencia personal– no pude evitar pensar en mi ignorancia inicial frente al alcoholismo ajeno y el poder que yo le fui otorgando a alguien, de modo tal que después ya me resultó muy pero muy difícil ponerme límites en mi relación con esa persona y zafar de la violencia y la manipulación.

Yo me entregué a esos vínculos como un enfermo de alcoholismo a su botella, y una vez que se generó la dependencia (física, mental, espiritual), de poco y nada me sirvió tener a mi familia o a quienes –hasta entonces– podía considerar mis amigos, personas a quienes podía querer incluso incondicionalmente, con quienes había podido reírme, disfrutar y compartir experiencias y tiempo de vida, ideas o sinsabores, pero que (por fortuna) no tenían en su haber la experiencia de haberse visto afectados por consumos ajenos. Por infinitos motivos, el comienzo de mi recuperación no llegó por ese lado.

Incluso tampoco me sirvió de nada haber tenido una terapeuta: Con el tiempo, me di cuenta de que la terapeuta se había ocupado de demonizar a esas personas –que, en mi caso, eran y siguen siendo buenas, sensibles y hermosas personas– pero que habían sido alcanzadas por el consumo o la depresión, con lo cual –aunque tarde– me quedó más que claro que era imposible que al menos esa terapia pudiera funcionar conmigo).

Por la sugerencia de la madre de un ex, llegué (con total ignorancia pero afortunadamente sin ninguna expectativa) al programa de Doce Pasos y ahí sí pudo caer el velo de mi negación, pude sentirme reflejada, sostenida e incluso comprendida por personas que, por lo general y en apariencia, no tenían absolutamente nada que ver conmigo en ningún orden (sea por formación, en lo social, en lo cultural, espiritual, político, etario…), salvo por el hecho de que por alguna circunstancia compartíamos el padecimiento del consumo ajeno. Como posiblemente ocurra con la millonaria Saravia en este caso.

Supongo que si hoy día tengo ya cierta recuperación, se lo debo especialmente a que pude encarar un trabajo profundo, arduo y honesto del programa, pero siempre con el acompañamiento de esas personas que jamás, jamás me han dado un consejo, pero sí han sido siempre incondicional y desinteresadamente amorosas y respetuosas conmigo.

Cuando llegué a mi primera reunión, alguien me dijo que el programa no era para inteligentes, sino para obedientes (algo que –estructuralmente– se me da más y mejor de lo que a veces quisiera).

Llegada a este punto, se me viene a la cabeza el adjetivo “valientes”, pero el valor –esa cualidad tan extraña e impensada para mí– resultó ser también una herramienta fundamental que me fue entregada, supe recibir y adecuar a mis formas y necesidades, y luego aprender a usar con el transcurso del tiempo. Y que fue decisiva para salir del terror y (auto)destrucción en que estaba viviendo.

Volviendo a Neuss, otro aspecto que también me ha hecho mucho ruido es ver que –fuera de su círculo familiar– hay una serie de personas y medios que –por machismo, ignorancia, por interés, por miedo a represalias o al qué dirán, o lo que sea– aún intentan suavizar su figura (mientras escribo esto, Perfil titula: “La víctima pasó su última noche en la casa de su hija tras discutir con el empresario”… nada de “tras discutir con su asesino” o “con el femicida”).

Puedo tener muy en claro que Neuss era una mierda en sus negocios, pero de ninguna manera podría intentar aventurar la más mínima conjetura sobre lo que fueron –por ejemplo– sus relaciones familiares, u opinar sobre sus hijos y sus conductas, especialmente en una situación monstruosa e impensable.

¿Cómo considerar, desde mi lugar, una acción aberrante cuando quien la lleva a cabo es una persona con una enfermedad que –como en este caso queda evidenciado– muchas veces resulta mortal?

También supongo que si le estoy dedicando cierto tiempo a toda esta situación que, en principio, no me atañe en lo más mínimo es porque me debe de estar movilizando, porque posiblemente esté buscando elementos que me permitan volver a poner el enfoque en mí y en mi recuperación, intentando siempre comprenderme un poco más.

Dejo acá la carta de un alcohólico a su familia, que alguna vez alguien me leyó:

CARTA ABIERTA A MI FAMILIA

Soy un alcohólico y necesito ayuda

No permitan que les mienta. Si aceptan que huya de la verdad, me animan a mentir. La verdad puede ser dolorosa, pero traten de comprenderla.

No dejen que sea más listo que ustedes, pues sólo me haría eludir responsabilidades y, al mismo tiempo, perderles el respeto.

No acepten mis promesas. La naturaleza de mi enfermedad me impide cumplirlas, aunque tenga intención de hacerlo en ese momento. Hacer promesas es la única forma que tengo de posponer el dolor. Y no cambien los acuerdos: si hemos acordado algo, cúmplanlo.

No permitan que me aproveche de ustedes. Ni que me imponga. Si lo hacen, se convierten en cómplices para evadirme de mis responsabilidades. No me amonesten ni me den lecciones de moral, no me regañen ni me alaben, no me hagan reproches ni discutan conmigo cuando esté alcoholizado o sobrio.

No derramen mis cosas, quizás esto les haga sentirse mejor, pero hará que la situación empeore.

No se enojen conmigo. Esto les destruirá y también destruirá cualquier posibilidad de ayudarme. No permitan que la angustia que sienten por mí les obligue a hacer lo que debería hacer por uno mismo.

No encubran ni intenten evitarme las consecuencias de mí enfermedad. Esto puede reducir la crisis, pero hará que la enfermedad empeore.

Ante todo, no huyan de la realidad como lo hago yo. La enfermedad que padezco empeora mientras siga yo consumiendo.

Comiencen ahora a aprender, a comprender y a forjar un plan de recuperación.

Averigüen qué es AL-ANON, cuyos grupos existen para ayudar a las familias de los alcohólicos.

Necesito la ayuda de un médico, de un psicólogo, de un consejero, de un alcohólico en recuperación que haya encontrado la sobriedad en AA. Necesito la ayuda de Dios. Yo solo no puedo ayudarme y aunque me aborrezco, a ustedes los quiero. Por favor, ayúdenme.