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@__maturin__ @fdlanzi

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‘Maturín 2256’ es un lugar de talleres de artistas visitado por ese militante del arte llamado Gustavo Bruzzone para ser posteado en su cuenta de Instagram en el que es uno de los archivos más interesantes de los últimos treinta años. El primer artista mostrado por Su Señoría en esta visita es Fede Lanzi quien, como intuye rápidamente el amateur de l’art portador de la cámara, es antes que nada un colorista. Yo agregaría: un colorista de la era digital. Al decir ‘de la era digital’, no me refiero a que Lanzi trabaje nuevos medios o tecnologías ya que lejos está de eso siendo su obra otro ejemplo del neo-conservadurismo por el que está atravesando toda esta generación del arte contemporáneo. Dicho conservadurismo lo coloca muy cerca de reflexiones sobre la especificidad del medio aunque tengo la sospecha de que este tipo de cuestiones están muy lejos de ser su verdadera preocupación. El colorismo de la era digital, sin embargo, está en el modo en el que algunas de las obras de Lanzi son golpes a la retina que se adhieren (casi táctilmente) al lente y a traves de él, a la pantalla. Sin ir más lejos, cuando Bruzzone abre la puerta del estudio, dos manchas fluo emergen de la pared del fondo y delineadas en forma de piña se proyectan sobre el lente del I Phone. Esas son pinturas que operan sobre el espectador no solo visualmente sino tambien ‘hapticamente’ osea, de manera tactilmente visual.

El único problema con esto es que para que ese colorismo surta efecto depende de un tamaño de pintura y de espacio exhibitivo que permita esa interacción objetualista con el espectador. Hay algo instalacionista que deriva del modo en el que minimalismo interactuaba fenomenologicamente con el espectador y es en este modernism revisado en el que la obra de Lenzi es nostálgica. Sólas, las pinturas no sostiene la mirada ya que estan construidas como ‘gestallt’ (fondo) y no como conduciendo (falicamente) la mirada a través de una composición interna delimitada por un marco.

Si no confunde su melancolía modernista con la desesperación de muchos artistas jovenes de ser consumidos como productores de objetos para, en lugar de eso, formarse más a los fines de armar un proyecto en el que los modos de interacción del color con el espectador puedan ser investigados, el resultado puede ser interesante. En otras palabras, si deja que esas pinturas ocupen su lugar en el fondo de la sala para confiar en que el espacio artistico en su obra radica en el rayo de luz que atraviesa la sala para afincarse en la lente, lo suyo puede transformar el aburrimiento aparente en una interesante melancolía. J A T