Estimado Rodrigo Cañete:

Me enviaron un video suyo que me pareció interesante y decidí dejar ahí una respuesta.
Dado que prácticamente nunca escribo en redes sociales y que la respuesta que dejé allí es extensa, la replico aquí para que no caiga en saco roto. Aquí va…

Usted se hace demasiadas preguntas que tienen respuestas que la mayoría de los artistas argentinos que forman parte del mal llamado “mercado” argentino, jamás responderían en público (tanto por cobardía como por complicidad). Lo mismo vale para los coleccionistas mal llamados “grandes” y para las galerías mal llamadas “importantes”.

Por empezar, no hay que confundir blanqueo, lavado y coima. Son tres prácticas diferentes. En la Argentina el blanqueo y el lavado son más comunes que la coima (siempre refiriéndome específicamente al mal llamado “mercado” del “arte” argentino).

Cualquiera sabe que Milo Lockett (o como sea que se escriba), Martín Di Girolamo y Carlos Regazzoni carecen de valor artístico (y carecen de valor de mercado apenas se cruza un charco). Di Girolamo era un pibe que hablaba como todo un tilingo de San Isidro en los 90, cuando trabajaba haciendo telas y bastidores. De hecho, me hacía las telas a mí (pues me lo había recomendado Yuyo Noé, como “un pibe que hace bastidores bien y barato”). Dejé de encargarle bastidores antes del 2000, cuando encontré alguien que los hacía de mejor calidad, un tal Daniel Arbel, que además hacía óleos buenos de manera artesanal. Por lo tanto, dejé de verlo, ya que el único interés que tenía Di Girolamo era el de hacer bastidores más o menos buenos y baratos. Años después, se me ocurre responder un post de un amigo en común en Facebook, Mario Salcedo (entonces dueño del bar Dadá), y en mi respuesta a Mario se me ocurrió criticar, futbolísticamente, a Bielsa. Sí, me animé a criticar (aunque sea desde el punto de vista técnico y sin hablar de política) a uno de los héroes kirchneristas: Marcelo Bielsa (lo que en fútbol se conoce como un gran “vende humo”). Y salta a responderme el tal Di Girolamo, con un nivel de violencia tan desmedida que decidí bloquearlo. (Era la época en la que yo todavía dialogaba con usuarios de Facebook.) Se me ocurre pues, buscarlo, a Di Girolamo en la red, para tratar de entender el porqué de tanta agresión, y descubro que se había convertido en el “escultor” pop del régimen.

No sé si el fanatismo de Di Girolamo está estimulado por los beneficios. Pero me recuerda a Eugenio Cuttica, que durante años era un antiperonista fanático y que mendigaba en lo de un galerista amigo mío que tiene casa de decoración… de un día para el otro desapareció de lo de mi amigo (ya no lo necesitaba para parar la olla) y, al reaparecer meses después, era rico y kirchnerista. Pura coincidencia, claro.

Pero la pregunta era… ¿Existe el lavado y el blanqueo en el “mercado” del arte en la Argentina? Bueno, en mi caso, siempre tuve tres reglas de oro: 1 – negarme sistemáticamente a blanquear y a lavar dinero; 2 – negarme sistematicamente a adherir a ningún partido político; 3 – negarme a hacer lobby. La consecuencia es clara: la última muestra que pude hacer en una galería argentina fue en 2002 (en Maman), la última vez que mostré obra en la Argentina fue en 2004 (en el Borges, y por una rara invitación del entoncer director, Aluá), y, aquí lo más “extraño”, para todo el comité de ferias, curadores y asesores de compras de los bancos soy una especie de apestado al que hay que evitar. Y no creo que mi obra sea peor que la de Milo Lockett (o como sea que se escriba) o que la de Daniel Santoro (la Leni Riefenstahl berreta y del subdesarrollo).